«Ya no me preocupa coger el virus, sino darle de comer a mis hijos»

Entidades benéficas duplican usuarios en un mes y superan los de la crisis del 2008


a coruña / la voz

«Sabe qué le digo. Que la gente le empieza a perder miedo al virus porque tiene cosas más importantes de qué preocuparse cuando se levantan de cama. Como darle leche a sus hijos, ponerles pañales y que se vayan con algo caliente a dormir». El autor de estas palabras es Antonio y no habla por él, sino por la mayoría de los que a diario forman una cola frente a las puertas de la oenegé Fonte de Vida. Abandonado por muchos de sus amigos y negado tres y más veces por los que en procesión desfilaron por el bar en el que trabajó durante los últimos 2 años, va sin mascarilla ni guantes como antes iba «al curro» sin contrato. Sin un céntimo que llevar a casa, esta semana tuvo que ir por primera vez en su vida a que le dieran comida. La pregunta era obligada. ¿Sintió vergüenza? «No es vergüenza. Es peor que eso. Es verte hundido».

Reyes es una mujer de 47 años, aunque el espejo de la habitación que habita en un piso compartido se empeñe en llevarle la contraria. Ecuatoriana, era empleada de hogar hasta que hace 20 días la pusieron en la calle. No tiene derecho a paro porque nunca cotizó. «Este mes mis antiguos jefes me pagaron el alquiler, pero no sé cómo lo voy a hacer en mayo», dice.

Reyes y Laura, aun teniendo tantos problemas en común, son como la noche y el día. Esta última lleva años sin trabajar pero recibe una pequeña ayuda porque tiene papeles. «Tengo familia que me ayuda, pero también lo están pasando mal y ahora no pueden como antes», explica.

Reyes, Laura o Antonio forman parte de la imagen de la crisis y se les puede ver todos los días junto a unas doscientas personas haciendo cola en la Sagrada Familia, donde en una manzana confluyen dispensarios de la Cocina Económica, Renacer, Fonte de Vida y Cáritas.

Si se les pregunta a los responsables cómo están sobrellevando está situación, responden lo mismo, que en el último mes duplicaron el número de bolsas de comida, según Fernández Pernas, presidente de Renacer. O que de pronto pasaron de «ayudar a 40 familias diarias a más de cien», según apunta Pablo Jorge, director de Fonte de vida. Jorge Sampedro, director de Padre Rubinos, alerta de lo mismo: «En un mes pasamos de dar 400 raciones de alimentos a más de 650».

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De una u otra forma, todos coinciden en una cosa, que esto no se vio nunca, que es muchísimo peor que la crisis que comenzó en el 2008. Tampoco se había visto nunca, dicen, la enorme solidaridad que están teniendo empresas de todo tipo, que «se han volcado con nosotros dándonos muchísimo más, a veces, de lo que necesitamos», destaca Pablo Jorge.

Lejos de situar en el podio de sus desvelos las vidas que se está llevando esta pandemia y que hasta puede llevarse la de uno de ellos, los usuarios de estas instituciones, que guardan más o menos cierta distancia en la larga cola que gira las esquinas de la Sagrada Familia, emprendieron un viaje asfixiante al pasado. A la crisis que parecía haberse quedado atrás. En esa cola ya no se habla del virus, del Gobierno, de la vacuna o hasta cuándo durará el estado de alarma. De lo que más se habla es del dinero. De la falta de dinero. A María ya no le «preocupa coger el virus, sino darle de comer a mis hijos».

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