¿Es el COVID-19 un virus estacional?

Una investigación del Instituto de Salud Carlos III y la Aemet encuentra una correlación entre la temperatura media y la propagación por comunidades autónomas


La ciencia trabaja a contrarreloj para poder conocer mejor al responsable del mayor confinamiento de la historia de la humanidad. En las últimas horas se ha publicado un artículo fruto de la colaboración entre la Agencia Estatal de Meteorología y el Instituto de Salud Carlos III que confirma algo que otras investigaciones que se han publicado durante las últimas semanas venían señalando: las altas temperaturas pueden frenar la propagación del coronavirus.

Los resultados preliminares de un estudio en el que se comparó el índice de incidencia acumulado en los últimos 14 días de nuevos contagios diarios por cada 100.000 habitantes con la temperatura media por comunidades muestran una correlación negativa: a menor temperatura promedio mayor incidencia. Esta investigación refuerza la idea de que el COVID-19 pueda ser un virus estacional. «Esta es una de las grandes preguntas que actualmente se plantea en el mundo científico y hay argumentos tanto a favor como en contra. El CDC (Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades) de los EE.UU. afirma que todavía no se sabe si el clima o la temperatura afectan a la propagación de COVID-19. Algunos otros virus, como el del resfriado común y el de la gripe, se propagan más durante los meses de clima frío. En general, los coronavirus sobreviven durante períodos de tiempo más cortos a temperaturas más altas y mayor humedad que en entornos más fríos y secos», explica la investigadora Cristina Linares, del departamento de Epidemiología y Bioestadística del ISCIII.

Si esta correlación está en lo cierto, la primavera y sobre todo el verano podrían ser aliados naturales frente a la pandemia, tanto por el progresivo aumento de la radiación ultravioleta como de la temperatura media. «Hay datos ecológicos curiosos, como la diferente velocidad de propagación entre zonas geográficas con factores climáticos diferentes. La propagación en las zonas más cálidas de China ha sido más lenta que en la parte continental. La extensión por el hemisferio norte parece no encontrar resistencia en una determinada franja climática: Irán, Corea del Sur, norte de Italia, centro y norte de España, Francia, Suiza, Países Bajos, parte de Alemania y Gran Bretaña y últimamente Norte América. En los países del norte de Europa, el proceso parece ser más lento y también en países del hemisferio sur, África o América central. Todos estos datos sugieren que la temperatura se podría relacionar con la propagación del virus, aunque podrían deberse también a diferencias en movilidad entre zonas o al efecto de medidas de control», sostiene Linares. 

Claro que esta situación puede tener dos caras. Si el calor frena la transmisión, la pérdida de radiación solar a partir del otoño y el descenso progresivo de la temperatura media podría reforzar al virus, como ocurre con la gripe, especialmente en condiciones de tiempo gélido y seco. «Lo que sabemos acerca de por qué muchos virus respiratorios son estacionales en invierno en regiones templadas es que en los países templados se ha demostrado que la humedad absoluta (la cantidad de vapor de agua en el aire) afecta mucho a la transmisión de la gripe. Por eso, las condiciones más secas favorecen la transmisión, como ocurre en el invierno, que es un período en el que la humedad es más baja. Además hay que tener en cuenta el sistema inmunitario del huésped: Es posible que la condición del sistema inmunitario de una persona promedio sea sistemáticamente peor en invierno que en verano. Una hipótesis se ha centrado en la producción de melatonina. Otra propuesta se centra en los niveles de vitamina D, que modulan nuestro sistema inmunológico de manera positiva. También influye el agotamiento de los hospedadores susceptibles. Incluso sin ninguna variabilidad estacional, las epidemias de enfermedades infecciosas aumentan exponencialmente, se nivelan y disminuyen porque hay más gente con defensas frente al agente infeccioso. Por el momento, cualquier predicción de riesgo de COVID-19 basada únicamente en información climática debe interpretarse con cautela. Hay mucho más que aprender sobre la transmisibilidad, la gravedad y otras características asociadas con COVID-19», reconoce la investigadora. 

El trabajo también indica que la humedad del aire puede incidir en la propagación y transmisión de la enfermedad, principalmente en el sentido de que las altas temperaturas y la alta humedad reducen significativamente la transmisión y propagación del virus. Por otro lado, se analiza como otro tipo de factores ambientales, como la contaminación atmosférica y en especial las concentraciones de material particulado PM10, pueden agravar la enfermedad.

Previsiones estacionales

Si las altas temperaturas pueden ayudar a combatir la transmisión de la enfermedad, resulta importante conocer las previsiones estacionales. Y las noticias son buenas porque el servicio Copernicus de la Comisión Europea sigue insistiendo que los próximos meses serán cálidos. Según el modelo europeo existe una probabilidad superior al cincuenta por ciento de que se registren anomalías térmicas positivas (valores por encima de la media). «Las previsiones siguen insistiendo en que mayo y junio deberían ser algo más cálidas de lo normal. Sobre lluvia, el americano da un pronóstico de normalidad para mayo y junio, pero el consenso de los modelos europeos da una probabilidad alta de que en el trimestre mayo-junio-julio las lluvias estén algo por debajo de lo habitual», confirma Jua Taboada, de MeteoGalicia

Si el calor frena la pandemia, esto podría ocurrir en Galicia

Xavier Fonseca

Si por cada grado que aumenta la temperatura media disminuye la propagación un 3,8 por ciento, así podría evolucinar el coronavirus en cuatro ciudades gallegas hasta julio

La ministra de Transición Ecológica y Reto Demográfico, Teresa Ribera recordó el jueves la importancia que tienen en estos momentos los servicios meteorológicos, que incluso se han reforzado mientras dure la crisis sanitaria. Y no solo para tratar de anticipar el impacto de un posible fenómeno extremo. «Las previsiones estacionales aseguran que en la primavera habrá temperaturas más altas de los valores climatológicos. Esto quizás nos puede ayudar a discriminar mejor, por reducción de variables, otro tipo de gripes y catarros que nos permita ver con mayor claridad a qué nos enfrentamos», explicó Ribera.

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