«Vine a ver cómo está mi madre, pero sólo puedo preguntarle desde el portal»

Pablo Varela Varela
pablo varela OURENSE / LA VOZ

SOCIEDAD

MIGUEL VILLAR

En Oímbra, vecinos de la comarca como José Antonio Fernández se las apañan para no perder el contacto con sus familiares

14 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

En la parroquia de San Cibrao, en Oímbra, el silencio de las calles solo lo altera la bocina de la furgoneta del panadero. Para algunos vecinos, puede que sea uno de los pocos momentos del día para hablar. Sobre qué, da más o menos igual. En las aldeas de la comarca, donde el tiempo suele pasar despacio, las rutinas de siempre son casi las mismas salvo en el bar, cerrado. Julia González, de 74 años, aprovechaba el sol del mediodía para poner un pie fuera del portal y echar agua a sus flores. Lo hacía sin prisa. Un pequeño placer del día a día para plantar cara a la cuarentena.

A escasos metros de allí, en la rúa do Campo, estaba aparcada la camioneta de José Antonio Fernández, repartidor de paquetes a domicilio. Se despedía de su hermano tras una visita fugaz a su casa. O más bien, al porche. En su ruta diaria de trabajo, Fernández dedicó quince minutos para saber cómo se encontraba su madre, que se recupera de una enfermedad. Pero esta vez, como en las últimas semanas, tocaba hacerlo desde el portón de entrada. «Vine a ver cómo está, pero solo puedo preguntarle desde aquí, a cuatro o cinco metros de ella», decía. El confinamiento de muchos ha traído consigo alguna que otra ironía: en el esfuerzo por estar cerca de los seres queridos, darles un abrazo no siempre es una opción.

Desde lo alto de la casa, en la segunda planta y con vistas a la plaza, se despedía su hermano, apoyado sobre la barandilla. A José Antonio, mientras, le toca seguir su ruta de distribución. El suyo es uno de los pocos vehículos que circulan estos días por la zona, además de la sección de Tráfico de la Guardia Civil, que vigila con la megafonía a última hora de la tarde para evitar que algunos vecinos se salten la cuarentena a la torera. Alguno lo hace, pero aporta sus argumentos. «A miña casa está alí, a 25 metros. Pero eu teño aquí o meu galpón e alguén terá que darlle de comer ós animais. Outra persoa non vai vir por min», contaba un vecino.

Alimentos para 36 familias

En la Casa do Concello de Oímbra trabaja estos días por las mañanas Ana Villarino, alcaldesa del municipio por el Partido Popular (PP). Pero como en otras localidades próximas, son jornadas más apagadas. De contacto por teléfono. Y aún así, hay quien acude físicamente por gestiones relacionadas con la fe de vida. «Es lo que solemos encontrarnos estos días. Vecinos que estuvieron emigrados en Francia o Suiza y vienen para cobrar su pensión correspondiente», dice la regidora.

A mayores, desde el Concello están realizando llamadas diarias a los habitantes de los pueblos para saber cómo están. «A unas cinco o seis personas al día y de cada pueblo», dice. La idea, sobre el papel, es tener un termómetro de cómo transcurre la vida en cuarentena de cada aldea. Y si algún vecino necesita algo, que el boca a boca haga el resto para echar un cable.

MIGUEL VILLAR

En el polideportivo, mientras, se extendían varias lonas, palés y sacos con latas de atún, garbanzos, leche y potitos. Irán destinados a 36 familias que viven en la zona, gracias a la intervención del Banco de Alimentos. Mientras se colocaban sus mascarillas, dos voluntarios hacían un conteo de lo quedaba por repartir. E Isabel Salgado, una vecina que salía de una oficina móvil de banca tras retirar dinero para toda la semana, resumía: «E aquí, ó final, do que se trata é de ter sempre para comer».