Con el confinamiento decaen las confesiones y se multiplican las consultas telefónicas

Los sacerdotes se reinventan para mantener la relación a distancia con sus feligreses durante el aislamiento


Un aserto popular dice que «iglesia cerrada, ni culto ni nada». No sirve para resumir el día a día en los tiempos que corren, toda vez que algún templo abierto sí que hay. Y también porque, haciendo de la necesidad virtud, van apareciendo alternativas.

Los fieles están dispensados de asistir a las celebraciones eucarísticas. No hay confirmaciones ni comuniones hasta nueva orden. Los funerales se adaptan a la fórmula de las exequias sin misa. Pero los sacerdotes siguen a pie de obra, si bien sin apenas contacto con los feligreses. Como todos, no recuerdan nada igual y se aplican en hacer frente a las circunstancias.

Área metropolitana

José Manuel Guldrís. José Manuel Guldrís es el párroco de Milladoiro. Junto con otros tres compañeros atiende un área pastoral que incluye Biduído y el municipio de Teo, excepto Os Tilos, además de la capellanía del CHUS. Echa mucho de menos «el calor humano», pero la ausencia obligada de los feligreses no es óbice para que el día a día esté muy ocupado.

Son muchos los frentes que atender. Entre otros, enumera los que siguen: «Prestar asistencia a los más necesitados con todas las medidas y cautelas; mantener la catequesis a través de Internet, que está funcionando a pleno rendimiento; entre varias personas nos turnamos para llamar cada día a 29 personas que viven solas; ocuparnos de la capilla virtual que hemos puesto en marcha en nuestra web...». Es esta una iniciativa de la que se siente especialmente orgulloso: «Colgamos la misa, ponemos música para la esperanza, salmos comentados, reflexiones que pueden ayudar a nuestros fieles... Empezamos con unas cien visitas y ya hubo algún día en el que llegamos a más de mil, algo que parecía impensable».

Reorganizar la agenda va a requerir encaje de bolillos: «En las catorce parroquias llevamos suspendidas unas noventa celebraciones, entre aniversarios, bodas, bautizos, bodas de oro...». Y estaría a punto de empezar la temporada de comuniones. De momento, ya han reprogramado unas cuantas nupcias porque «los restaurantes les piden una nueva fecha para el banquete».

Tampoco es tiempo de confesiones: «Cuando alguien necesita hablar, cogemos el teléfono y hablamos, como mi querida Lourdes, que tiene ansiedad, o algunos mayores que llevan el encierro con dificultad. Más que confesar, lo que hacemos es acompañar. Ya habrá ocasión para las absoluciones, aunque en los casos urgentes nos hacemos presentes».

Galicia interior

Antonio Domínguez. Tiene 82 años y vive en la rectoral de Vilalba junto con don Uxío García, que tiene 91, y Juan Pablo Alonso, el más joven y, por lo tanto, el único que sale a los entierros, que se celebran bajo mínimos. La prohibición de oficiar misas no les exime de celebrar la Eucaristía, pero lo hacen sin fieles. «Lo hacemos en casa, en el centro parroquial, tenemos un altar y un oratorio privado y nos encontramos así más a gusto. Las iglesias están cerradas, menos una capillita dedicada a san Roque y otra en las afueras, la de Guadalupe, que están abiertas por si la gente quiere ir a poner una vela o a rezar, pero no pueden estar más de tres personas juntas».

Antonio Domínguez se reconoce en el grupo de riesgo, así que prefiere no ponerse en peligro y atender las recomendaciones de las autoridades sanitarias. «Yo nunca en la vida vi algo así, me da mucha pena ver las calles de Vilalba vacías. Fui muchos años cura en zonas rurales y me dan mucha envidia, porque en el campo te puedes mover con mayor libertad».

Los tres párrocos de la unidad pastoral siguen en contacto con sus fieles, pero por teléfono. «Sobre todo llaman porque necesitan hablar, no para confesarse. Y si alguno quiere hacerlo, no tienen que exponerse, porque en estas circunstancias, una persona puede pedir perdón y rezar con el propósito de confesarse cuando tenga oportunidad, y el Señor le perdona igual, sin que se ponga en peligro».

Galicia rural

Félix Villares. Bibliotecario del Seminario de Mondoñedo, archivero de la Catedral de Mondoñedo y de la diócesis Mondoñedo-Ferrol, además de delegado diocesano de Patrimonio Artístico, Félix Villares está acostumbrado a viajar por razones laborales. Pero atendiendo a las recomendaciones sanitarias, suspendió todo tipo de desplazamientos y permanece confinado en San Martiño de Belesar, su parroquia natal y en la que cuida de su padre, de 96 años. Atiende, además de la suya, otras dos parroquias rurales de Vilalba. Las tres cerradas, sin culto. «Estou na casa. Teño 73 anos e pertenzo aos grupos de risco, así que apenas vou a Vilalba porque teño que coller medicamentos para o meu pai e ir ao súper».

Villares consulta los archivos de la parroquia y repasa otras plagas del pasado, como la gripe del 18 o la epidemia de varicela que se vivió en el siglo XIX, «na que tamén morreu moita xente».

Vivir en el rural es una ventaja: «Que eu saiba, aquí non hai casos de coronavirus, pero na costa da Mariña chegou moita xente de Madrid, e xa sabemos o que pasou en Madrid», se lamenta.

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