La Semana Santa más extraña de mi vida

Alberto Blanco relata como afronta un cambio de rutina por primera vez en los últimos 25 años


Afrontar el reto de organizar un torneo con 25 años supongo que fue una locura. Pocos conocimientos, poca red de recursos, mínima capacidad de leer lo que hacías y por encima de todo, atreverse a quedar enredado en una telaraña que creció sin parar. Sin duda alguna, hoy es un día rarísimo en mi vida. Me falta la adrenalina de la Basket Cup.

Ya te extraño de más. El bullicio, el ruido de balones, niños corriendo sin parar, silbatos, los aplausos, el estrés y así un largo etcétera. El no dormir esta pasada noche repasando mentalmente cada aspecto que debes atender. Tratar de minimizar los errores que vas a tener. Anticiparse a lo que supone contentar a 3.000 personas. Y así miles de cosas.

Que más te puedo decir. Es como si el primer amor durara para siempre. Porque así han sido estos 25 años de Basket Cup. Sabiendo que hoy rompemos una tradición. Faltamos a nuestra cita. Fallamos a esa parte de nosotros. Porque aún suspendiéndola hace más de mes y medio, ya estaba todo organizado. Batiendo nuevamente récords de participantes, de equipos desplazados desde toda España, de crucigramas para cuadrar calendarios, pistas, hoteles, horarios de buses, actividades paralelas. Y una exposición. Y sorpresas.

Supongo que es un escollo más de este camino. Porque siempre los hubo. De todo tipo. Incendio incluido. Mover a más de 1.000 personas para terminar un partido. España-Argentina sub-17. De Fexdega a Fontecarmoa. Retornar al punto casi inicial. Este COVID-19 es una piedra más. Un obstáculo a bordear.

También fue irnos de Castelao a Fontecarmoa. Ese pabellón nevera que jamás se llena. Esa cuesta maldita. Esos 200 metros que dicen separan al público del pabellón. Pero hubo años, y muchos, que esa subida era un hervidero de coches, de aparcamientos de fiestas patronales, de colapso en las Pistas. Porque ese será siempre nuestro legado.

Los nostálgicos recordarán aquella nube de humo en las alturas de Fontecarmoa cuando fumar estaba permitido. Cuando la cerveza era parte de la cultura de los partidos de basket. Cuando había colas en las puertas del pabellón para pelear por un asiento antes de las finales y el concurso de mates. ¿Quién no recuerda las mojaduras para estar allí? ¿Quién no se ha visto en esa puerta para pasar la tarde del sábado de Semana Santa?

NBA, Euroliga, ACB...

Poner nombres de jugadores NBA, Euroliga, ACB sería lo sencillo para entender lo que la Basket Cup significa en nuestra humilde historia. Pero mejor entenderlo desde el plano cuando el torneo variaba las vacaciones de mucha gente. Se convertía en el epicentro de jóvenes que venían a verse a Vilagarcía con la excusa del torneo. La de parejas que este torneo ha generado. De dificultades para encontrar hotel, de restaurantes llenos de gente, de famosos por la ciudad permitiendo que hosteleros puedan tener ese recuerdo en sus paredes.

La Basket Cup fue pionera en una cosa. Convertir un torneo de jóvenes (que hay muchos en toda Europa) en un evento de primera magnitud, concentrando deporte, junto con espectáculo que sólo veíamos por la tele. Mascotas, cheerleaders, bailes de salón, gente que cruzaba el charco para ofrecer sus malabarismos con 20 balones a la vez. Ahora todos se quieren unir al Circo. Todos.

Nunca se quiso copiar a nadie. Ese es el mérito. Hacer algo diferente. Como el más difícil todavía. El reinventarse cada vez. Mudarse de piel ante las circunstancias y sobrevivir. Estar a 48 horas de empezar y quedarte sin un equipo. Remover cielo y tierra para tapar un hueco. El Barreirense, con aquel Betinho, aquel chico de pelo afro que se dio a conocer en el mundo en la Basket Cup. Un parche antológico.

O en el año 2007, cuando estrenando Fexdega, a diez minutos de empezar la final, se colapsa el marcador principal por los sistemas de los coches de las autoridades. Y ves a gente subiéndose a una escalera para hacer una conexión vía cable y que todo vaya en tiempo y forma para la tele. También, saber que las roscas de Pascua, las croquetas de Pili y la estupenda vida que había detrás del comedor de A Lomba han sido los verdaderos artífices.

Preparando la exposición por los 25 años hay un apartado muy complicado de resumir. Los agradecimientos. Porque siendo benévolos, han sido más de 350 personas las que a lo largo de este tiempo han influido en ser lo que somos y lo que hemos sido. Y no hay forma de terminar ese panel. De ajustarlo en la medida necesaria. En dejar una huella en la historia de Vilagarcía. Ese será el recuerdo.

Es una Semana Santa muy extraña. La que más en mi vida. Y algo que nunca podremos olvidar. La soledad de este confinamiento y el drama de muertes que vive nuestra sociedad estos días, es sólo pasajero. Porque todos los días sale el sol. Chipirón. Todos los días. Aún con nubes y tormenta, el sol siempre está ahí. Y volverá a brillar.

Por Alberto Blanco Organizador de la Vilagarcía Basket Cup

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