Contra el encierro y la soledad, los pasodobles y las fotos de una vida

Dos vecinas de Ourense y Xunqueira de Ambía que viven sin compañía tiran de sus costumbres para el confinamiento

Brígida Barrio posa en el salón de su casa con una foto familiar
Brígida Barrio posa en el salón de su casa con una foto familiar

ourense / la voz

A Brígida Barrio, por un momento, parecía que se le había olvidado la cuarentena. Su casa, a las afueras de Xunqueira de Ambía, huele a hospitalidad. Mientras invitaba a entrar a los recién llegados sostenía una foto familiar en blanco y negro, una de las muchas que pueblan su salón. «Se me levan de aquí, morro», dice.

A sus 84 años, es una de las vecinas de la localidad que vive en soledad. Uno de sus hijos reside en Allariz, así que técnicamente no está sola porque en su día a día salva el paso con el teléfono. No usa el wasap y solo usa una línea fija. En esa capacidad para evadirse está uno de los trazos identitarios de quien habita en el rural, porque el tiempo parece detenerse. A lo lejos, salvando a un niño que jugaba a la pelota ante el portón de su garaje, apenas se escuchaban los ladridos de un perro. «Aquí, nos arredores, temos de todo. Eu non me iría nunca á capital porque non necesito máis», dice Brígida.

Con ella está Luis González, jefe de servicio del personal sanitario en la comarca de Allariz. La media de visitas diaria del médico es de aproximadamente una durante estos días de cuarentena, porque hay pacientes que no pueden acercarse a los centros de salud. «Ben coidada estou, porque o día que nos falten eles...», indicaba Brígida mientras revisaba que en su cocina todo estuviese en su sitio.

Mercedes y el séptimo arte

En Ourense, que vivir sin compañía no tiene por qué ser un hándicap lo atestigua Mercedes Fernández, de 73 años. En su congelador siempre hay comida por lo que pueda pasar, así que tampoco se ha obligado a llevar una rutina de salir al supermercado. Su día a día, en realidad, pasa entre la música de la radio. «Si son pasodobles o mambos, pues eso. Y si son las pachangas que os ponen ahora, pues también», dice mientras se ríe.

Mercedes Fernández, en el portal de su casa en Ourense
Mercedes Fernández, en el portal de su casa en Ourense

Mercedes, que al jubilarse se matriculó en la universidad para adultos de la UNED, tiene otra de sus debilidades en el cine. Cuando el coronavirus aún no había llegado a la provincia, era una asidua de las sesiones del Cineclube Padre Feijóo a las seis de la tarde. Y si no había ciclo mensual, se iba al Ponte Vella a investigar lo que ofreciese la cartelera. «Nunca me han gustado las de fantasía. Y eso que Julio Verne tenía mucha y acertó con muchas cosas», cuenta. En el momento de la llamada, descansaba en el sofá. «A lo de estar sola, aunque esto sea un encierro, te acostumbras. Sin poder ir al gimnasio, hago estiramientos en casa. Y uno de mis dos hijos vive aquí, así que hacemos videollamadas a diario para que pueda ver a mi nieto», explica. Y mientras dura el confinamiento, ella sale al terreno trasero a arrancar las malas hierbas y no perder el contacto con la realidad exterior. Porque aunque Verne no llegó a predecirlo, esto también podría parecer una película de ciencia ficción.

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