Confinamientos diferentes: del monasterio a la fortaleza, pasando por el velero y el santuario

Muchas personas pasan su aislamiento en Galicia en lugares bien distintos a pisos, casas y fincas


El confinamiento mantiene a todos en sus casas. ¿Todos? No, un pequeño grupo de personas afronta estas difíciles jornadas desde lugares singulares de Galicia. Hay vigilantes a turnos en embalses, parques naturales y monumentos, pero también otros que han elegido aislarse solos o en grupo allí donde su vida les ha llevado.

Carlos Parra, en el castillo de Maceda

«Es un poco agobiante, parece que llevase días asediado»

Defendido por una torre, gruesos muros y hasta foso, este cocinero y empresario hace frente al coronavirus. «Llevo desde el día 13 sin salir y estoy deseando hacerlo, pero las noticias son terribles», afirma Parra, quien dispone desde hace siete años de la concesión de esta fortaleza, que es un hotel monumento de cinco habitaciones en el que se han pospuesto o cancelado muchos eventos reservados antes de la pandemia. «Es un poco agobiante, parece que llevase días asediado, pero no me aburro: cuido el jardín y las hortensias, limpio los fosos, quito las hierbas de los muros, arreglo el almacén,...», explica.

Madre Cruz, desde el convento de Ferreira de Pantón

«Tenemos miedo, claro, todas tenemos edades avanzadas»

En el monasterio de Santa María viven ocho madres bernardas en clausura estricta, «pero estamos muy unidas a la humanidad por el sufrimiento y la angustia que estamos viviendo en estos días», explica la madre Cruz, superiora de la comunidad. «Ayudamos con la oración, la súplica y el cariño», señala, antes de agregar: «Tenemos miedo, claro, tratamos de hacer todo lo posible por si nos toca, que nos puede llegar, y aquí todas tenemos edades avanzadas, de 60, 70, más de 80, y una de 59», relata antes de explicar que están guardando más distancia en el coro, y son aún más escrupulosas en la higiene personal y del convento. «Nuestro medio de vida es hacer dulces, pero estos días no los hacemos, porque no los vendemos, no viene nadie, es normal», afirma.

Estrella Busto, en el Camping Brandoñas

«Hicimos un escrito a unos alemanes por si se lo pedían en la frontera»

Hasta hace una semana, vivían en el cámping, además de sus propietarios, una pareja de alemanes a los que el confinamiento sorprendió de vacaciones. «Los tratamos como si fueran de la familia, yo misma les hacía la comida y tenían toda la instalación para ellos», relata Estrella Busto, quien explica: «Tenían una autocaravana y, como no había nadie más, la llevaron a la zona de acampada, con el toldo y todo, estaban como ministros, pero con miedo a lo que pudiera pasar». Por eso, tras hablar con el puesto de la Guardia Civil, se marcharon antes de que cerrasen las fronteras. «Les hicimos un escrito, conforme habían estado aquí, por si se lo pedían. Nos llamaron al llegar a su casa», relata.

Manuel Liñeiro, desde A Virxe da Barca

«Echo de mucho de menos no poder ir al santuario»

El párroco del Santuario de A Virxe da Barca acaba de cumplir 91 años y está teniendo un reposo obligado sin poder moverse de la casa parroquial. «Estoy enclaustrado», se ríe, mientras admite que solo se escapó la semana pasada a la casa donde nació, en Moraime, que ahora es de una sobrina y tiene unos cien frutales, «y necesitaban un poco de poda». Pero este hombre, que cuando cumplió 90 recibió el homenaje de sus vecinos, añora dar misa: «Echo de menos ir al santuario, es amplio, pero cómo haces para separar a la gente», se pregunta. Manuel Liñeiro se reconoce preocupado: «Tengo miedo a contagiarme, pero no poder acercarse a confortar a una familia en una muerte es algo aún más doloroso. Yo soy un ancianito, pero veo el futuro muy difícil».

Juan Manuel Méndez, a bordo de un barco en Sanxenxo

«Soy un privilegiado, vivo en el mejor jardín del mundo»

Amarrado al puerto de Sanxenxo vive un vecino de la villa que hace cinco años convirtió un velero de 12,5 metros de eslora en su casa. «No echo nada en falta, vivo con la cuarta parte de las cosas de antes, pero con todas las comodidades, tengo una tele de 42 pulgadas, conexión a Internet, lavadora,...», explica Juan Manuel Méndez, quien comparte el pantalán con una pareja de suizos en otro barco y el guarda. «Hay otro chico como yo en Combarro, pero en el confinamiento está prohibido navegar», dice como mayor pega de su situación. «Soy un privilegiado, vivo en el mejor jardín del mundo, la dársena de Sanxenxo, y no me aburro: hago ejercicio o pequeñas reparaciones en mi barco», añade.

José Antonio Crespo, en el santuario de As Ermidas

«Los domingos grabamos la misa y la enviamos por WhatsApp»

Tres curas y once laicos, la mayoría por motivos espirituales, pero también los hay con problemas familiares o de adicciones, o simplemente estudiantes, están confinados en el santuario de As Ermidas, en un complejo de edificios antiguos que hasta hace un lustro era seminario menor. «Nuestro lema de vida es oración, trabajo y obediencia», relata el padre José Antonio, diocesano de Astorga, quien relata que las labores agrícolas, disponen de fincas y animales (ovejas, gallinas y patos), ayudan a la subsistencia de la comunidad. «No tenemos miedo, no vemos a nadie más, así que nuestro encierro es relativo. Tenemos una pequeña emisora de radio, pero tiene poco alcance, y lo que hacemos los domingos es grabar la celebración de la misa y la enviamos por WhatsApp».

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