Ni un beso ni un abrazo en el funeral, al que solo asisten cuatro familiares

Los participantes en un entierro se protegen con mascarillas y guantes y guardan un metro y medio de seguridad entre ellos


lugo / la voz

Cuatro familiares situados cada uno a metro y medio frente al cura, alejado incluso más de ellos. La caja cerrada en mitad de la iglesia. Detrás, a la entrada, dos amigos de la infancia y un empleado de la funeraria. Una oración de no más de diez minutos antes de trasladar el féretro al cementerio. Allí, la distancia de seguridad vuelve a imponerse entre todos. Ni un beso, ni un abrazo. Ni siquiera una mano en el hombro. Así es un funeral bajo las restricciones del estado de alarma impuesto para evitar contagios por el coronavirus.

Yolanda García reconoce que en el funeral de su abuelo Carmelo Gómez al que asistió el pasado viernes 20 de marzo fueron todo excepciones porque todavía era muy reciente la orden de confinamiento y no se habían prohibido aún determinadas costumbres vinculadas a esa despedida.

La primera que mostró cierta flexibilidad fue la funeraria, que permitió a los cuatro familiares que se tomaran el tiempo que fuese necesario antes de trasladar el féretro a la iglesia. La nieta, su marido y sus padres habían viajado en coche desde Bilbao hasta Becerreá (Lugo), un desplazamiento que a día de hoy sería amonestado en el caso de resultar interceptado por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, debido al decreto que obliga a repartir a cuatro personas en dos coches, de manera que uno conduce mientras otro viaja en los asientos de atrás.

En la funeraria, todos los empleados iban protegidos con guantes y mascarillas y guardaban en todo momento la distancia de seguridad respecto a ellos.

Sin velatorio

Hasta el edificio a donde llegó el féretro procedente de la residencia en la que murió Carmelo se acercaron amigos íntimos de la familia y dos vecinos que conocían al hombre del municipio de Cervantes. No accedieron a la sala en la que estaba su nieta y sus padres y estos solo pudieron saludarlos desde lejos, sin llegar a intercambiar una palabra.

Cuando llevaron el cuerpo a la iglesia, el cura hizo una excepción y, en lugar de trasladarlo directamente al cementerio, quiso detenerse para pronunciar una breve oración. No fue una misa de funeral, sino solamente unas palabras en memoria de la persona fallecida que duraron en torno a unos diez minutos. El cura hizo en este caso una excepción porque había tratado al fallecido, que ejerció como sacristán durante 30 años en esa misma iglesia.

Los cuatro familiares escucharon la oración a una distancia de seguridad de metro y medio entre ellos y también respecto al sacerdote. Los amigos de la familia y los empleados de la funeraria permanecieron en la puerta de la iglesia o fuera de ella.

Una vez terminada la despedida en el templo y ya en el cementerio, cuando los empleados de la funeraria procedían a introducir la caja fúnebre en el nicho, el cura la bendijo, pero también guardó una distancia de seguridad.

La familia precisó en la esquela que no habría misa de funeral y celebrará una ceremonia en agosto para que pueda acudir el mayor número de personas. Creen que para entonces todas las restricciones habrán terminado.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
1 votos
Comentarios

Ni un beso ni un abrazo en el funeral, al que solo asisten cuatro familiares