El arcón congelador, la salvaguardia de las aldeas durante el confinamiento

Los vecinos de O Porto do Cabo, entre Cedeira, Valdoviño y Cerdido, tienen la despensa llena y una tienda a mano


En O Porto do Cabo honran a la Virgen del Camino. «Tiñamos que ir buscar a santa a Liñeiro [Vilarrube], prestábanola unha señora e montábase aquí un altar provisional. Pero a xente cansou, empezaron a pedir cartos, un señor doou o terreo e fixemos a capela», cuenta una vecina. De esto hace poco más de dos décadas y desde entonces casi todos los años celebran sus fiestas, el 8 de septiembre, con churrascada la víspera, misa, procesión y verbena, y sardiñada de despedida.

Son apenas medio centenar de vecinos, repartidos entre las dos orillas del río das Mestas. La margen izquierda, la más habitada, pertenece a Valdoviño; «os do lado de aló», a Cedeira; y en la parte alta hay alguna vivienda de Cerdido. El confinamiento ha alterado poco la vida de esta aldea. «Aquí todo o mundo ten un arcón conxelador, cando non dous, e quen non tiña polo ou costeletas foi comprar antes do estado de alarma», comenta un vecino.

La matanza es memoria, salvo en la casa de Manuel Grandal López, camionero de la cantera de Pantín jubilado, que cría dos o tres cerdos. «Case todo vai para o conxelador, curamos algo e facemos chourizos», detalla Esteban, uno de sus tres hijos, confinados con sus padres. «Meus avós tiñan porcos, pero ao ter que mandalos ao matadoiro todo son problemas e documentación, e para a xente maior iso é un lío», apunta Emilio Quintiana.

«Tes ovos e algo de verdura»

Emilio tiene 24 años y trabaja en el monte cortando madera, vive en un piso en Valdoviño por empeño de su novia, pero se desplaza a O Porto do Cabo casi a diario para cuidar una vaca y varios caballos: «Gústame a terra, aínda que beneficio non lle saco, crieime alí con meus avós e tírame o rural». Sus bisabuelos, de 88 años, viven en la aldea con una de sus tías. «Meus avós maternos [Julio y Marisol] teñen horta, repolo, leituga, tomates... E galiñas. Iso xa é un punto a favor nestes días, tes uns ovos e algo de verdura. Cando mataban os porcos enchíase o conxelador. Un xa case se comía na celebración da matanza», ríe Emilio. Julio fue albañil y Marisol, empleada de una conservera en Cariño, además de atender la casa y el ganado.

El aislamiento obligatorio los ha dejado sin la comida familiar de los domingos. «Xuntámonos uns quince. Como a cociña da avoa non hai en ningún lado!», proclama este joven, con ganas de abrazarla y comer unos huevos fritos con patatas. Por cierto, en el lado de Valdoviño no pueden cosecharlas, por la polilla guatemalteca, pero en la parte de Cedeira, sí. Basta con atravesar el río por el puente romano.

«Aquí somos uns privilexiados todo o ano, e agora aínda máis, podes saír ao patio ou á horta», comenta Laura Rey, la tendera. Añora el bullicio del bar, O Porto, que mantiene el servicio de alimentación y el estanco. «As ventas multiplicáronse porque a xente agora compra aquí, procuran andar por onde hai menos movemento, por mor do virus», explica. «Eramos moitos, casas con máis de cinco —evoca— e agora se hai dous...». En verano crece la población y aumenta la clientela de paso. «A ver como será, hai moita incertidume [...] Miña irmá é carteira e non se baixa do coche no reparto, por ela e pola xente, moi envellecida».

Más pan, menos empanadas

El pan llega fresco a diario a O Porto do Cabo de la tahona Prados, de San Román (Cedeira) y de otras. Esta va por la cuarta generación de panaderas. «Agora xa non vai haber relevo, unha filla é matemática e a outra vai para policía», señala Pilar Prados, una de las tres hermanas que están al frente del obrador y de la distribución a domicilio, con tres empleados. «Coa crise véndese máis pan, e algo de eses [galletas típicas de Cedeira, tal vez de origen italiano], mantecadas ou cocadas, envasadas, pero as celebracións de 200 euros de empanadas acabáronse», constata.

En la Casa do Morcego, el establecimiento de turismo rural de O Porto do Cabo, amasan y cuecen su pan. «Ahora y el resto del año, para los huéspedes», indica José Picallo. Él y su mujer rehabilitaron la vivienda, de cinco habitaciones. El COVID-19 «fastidió el puente de San José y la Semana Santa [ya estaba casi llena todos los días], y a ver qué ocurre con el verano». Para ejercitarse durante el confinamiento no necesitan recurrir a YouTube: «Estamos trabajando en la huerta, plantando tomates, cebollas... Es lo que damos a los clientes, nuestra filosofía de kilómetro cero».

Si se cortara el suministro de alimentos, en O Porto do Cabo sobrevivirían durante semanas. Sin truchas ni reos, al menos hasta que se levante la veda, «pero cos arcóns cheos de carne, quen non ten medio becerro ten porco, chipiróns do porto de Cedeira ou pescadas», enumera uno de los privilegiados a los que aludía Laura, la tendera de esta aldea de gente hospitalaria y afable.

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