Así se lucha desde una ambulancia: «Entras en esos domicilios y hay un silencio que...»

Los técnicos de emergencias sanitarias integran la primera línea de contacto con el virus

Fernando Martínez, Diego Cobos y Raquel Cundíns, técnicos de emergencias sanitarias de ambulancias
Fernando Martínez, Diego Cobos y Raquel Cundíns, técnicos de emergencias sanitarias de ambulancias

Ellos le aguantan la mirada al COVID-19. Son el primer impacto contra el virus. «Cuando entras en esos domicilios hay un silencio que...». Se le entrecortan las palabras a Diego Cobos, presidente del comité de empresa de Ambulancias Sasu. «Llegas tú en plan... ‘tenemos que marchar’», añade.

Galicia, resiliente, introspectiva, sufre a su manera el dedo del coronavirus en la llaga del alma. No es la vida la que se va. Es la memoria de un pueblo. El protocolo impide ahora que el paciente vaya acompañado en la ambulancia, camino del hospital. Las despedidas en el ámbito rural son silenciosamente desgarradoras. «Ves alejarse en el paisaje a la pareja de la persona mayor a la que desplazas... con la mano en alto...», dibuja Cobos. «Quizás por eso, empatizamos más. Nos cuentan sus miedos: ‘Voy para no salir’, dicen. Y les intentamos tranquilizar», añade.

La ruta no es menos sobrecogedora. «Las carreteras vacías impresionan mucho», cuenta Cobos. La llegada al hospital de referencia es otro frente en esta particular guerra contra el enemigo invisible. «Hay médicos y auxiliares curtidísimos, y tú les ves las cariñas... y es desolador», confiesa. El café gratis da una tregua «en un desgaste largo, que va calando».

Sasu da servicio a A Coruña y su área de influencia. Contra pronóstico, el número de servicios ha disminuido notablemente, debido, con toda probabilidad, al pánico de la gente a acudir a un hospital o subirse a una ambulancia temiendo un contagio y el filtro telefónico por parte de los servicios de emergencias y médicos. «No es el número de salidas lo que desgasta, la propia dinámica del trabajo, después de tantos años, ayuda a mantener distancias, pero lo que hace mella es lo sostenido en el tiempo», analiza. Esto incluye el ámbito familiar, en el caso de Cobos. Su esposa, Silvia Astray, es auxiliar de enfermería, otro sector muy castigado. Enviaron a sus hijos pequeños con la madre de Silvia, que no pertenece a ningún grupo de riesgo. «Lo decidimos porque tenemos la constante sensación de que cada vez que regresamos a casa ponemos el contador del confinamiento a cero. ‘¿Me lo estaré trayendo a casa?’, me pregunto», reflexiona. En su labor de enlace sindical, Diego Cobos no desconecta del virus ni en día libre: «Cargo el móvil tres veces al día. Los compañeros consultan sus dudas, te preocupas por su bienestar».

Esa empatía es el poso que está dejando la crisis sanitaria. «Se echaba de menos. Últimamente, cada uno iba a lo suyo. Estábamos en el limbo, desaparecidos. Ahora incluso nos aplauden por la calle y dicen: ‘No quiero molestar si estáis ocupados ‘. Hay hasta sentimiento de culpa», relata. «Por eso es importante corresponder a los aplausos, también por los niños. Se te saltan las lágrimas, afloran las emociones reales», dice. «Merece la pena, a pesar de las penurias», concluye.

«Y mi esposa, embarazada»

Fernando Martínez Vilaro, Pato, está en la base de Sasu en Cambre. «Aunque hay menos servicios, son más arriesgados y la carga emocional es mayor. Trabajas al 200 % para no meter la pata y no contagiarte sin querer por quitar mal un guante. Y aunque intentas desconectar en el día libre, es difícil porque se actualiza el protocolo constantemente y hay que interiorizarlo», describe.

«La incertidumbre es lo peor. Y cuando te toca alguien conocido, intentar no instalar esa situación en tu cabeza, dar lo mejor de ti y ser amable con el paciente. Y ellos quizás no están para contar chistes, pero ahora no abundan las malas palabras», relata.

Pato es técnico en emergencias sanitarias vocacional. Ya desempeñaba esta labor hace décadas como voluntario en Protección Civil. «Estamos para esto. Incluso en las múltiples épocas en las que el sueldo no lo compensa y muchos no pueden resistirlo», matiza.

«No tengo miedo, pero sí respeto. Y más por mi familia que por mí. Mi esposa está embarazada. Temes contagiar a tu gente y después tener que aislarte de ellos», explica. «Los protocolos siempre estuvieron ahí. Hemos hecho callo con las vacas locas, el ébola, la gripe aviar y porcina... pero esto es otro volumen», compara. «Por eso, procuramos ir por zonas distintas para agradecer los aplausos incluso con la megafonía, porque para la gente, sobre todo para los niños, es una inyección de moral», afirma.

«¿Medo? Non as temos todas con nós»

La prevalencia del ámbito rural en Galicia condiciona el escenario en el que se manejan los técnicos de emergencias sanitarias respecto a grandes ciudades en las que la afectación es máxima. Raquel Cundíns, de Ambulancias María Pita en Vimianzo (cuyo centro de referencia más cercano es el Virxe da Xunqueira de Cee), destaca que «se nas cidades vive moita xente maior soa, no ámbito rural é raro, porque sempre hai un veciño, pero os contaxios propáganse en familia». Aprecia «moita psicose», plasmada durante los traslados en la constante petición: «¿Fasme a proba? Lévame onde ma fagan».

La expansión del COVID-19 alteró las rutinas sobremanera. «Os equipos de protección individual (EPI) co buzo, doble mascarilla, pantalla ou gafas, doble guante... case non che deixan nin moverte para manexar ó paciente. Estás casi máis pendente de respirar, porque é coma se che tapasen o nariz e a boca», relata. Las desinfecciones integrales suponen una carga de trabajo extra. Y, aunque dolencias antes frecuentes ahora han disminuido su presencia, aparecen nuevas incidencias: «A xente ponse a facer obras na casa e aumentaron os accidentes domésticos».

La escasez de material obliga a gestionar el uso de los EPI, «porque a xente cando chama non sempre di a verdade e, se o usas en balde, é un menos que dispós cando o precises». Enfrentarse al riesgo de contagio a cada minuto supone un grado más de presión emocional. «¿Medo? Non as temos todas con nós. A verdade é que si, temos. E pensar que se cae un de nós, este servizo deixa de ofrecerse...», analiza antes de apuntar otro factor: «No ámbito rural é probable que traslades a alguén que coñeces de toda a vida e iso xestiónase diferente a nivel mental. Acabas interesándote despois». «Hai accidentes que nunca esquecerei, pero isto é como a tortura da gota de auga na cabeza», dibuja.

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