Los líquenes pueden alertar sobre la velocidad del calentamiento global

Investigadores utilizan la vegetación como indicadores de alteraciones ambientales


redacción / la vozmadrid / europa press

Cuando Paula Matos era una niña se imaginaba a sí misma como bióloga y formando parte de una expedición a la Antártida. Este año ha podido cumplir el sueño de su vida. «Para mí es el lugar más bonito de la Tierra y he estado en muchos debido a mi campo de investigación, como en la selva amazónica. Las condiciones de trabajo son muy duras por las bajas temperaturas. Mis manos sufren mucho porque tengo que estar tomando muestras con frecuencia, aunque poder investigar en un sitio así compensa cualquier sacrificio. Todos los días me acuesto con una sonrisa», confiesa esta científica de la Universidad de Lisboa.

En el extremo sur de la Tierra no hay demasiada fauna y flora. Sin embargo, la escasa vegetación que se puede encontrar en un ambiente tan hostil merece toda la atención por parte de la comunidad científica. Paula y Bernardo, su estudiante de doctorado, han recorrido medio mundo para estudiar los líquenes. En la Antártida existen especies como la Rhizocarpon, que parece resistir en los ambientes más extremos. Y no solo de la Tierra. «Hace unos años los llevaron al espacio, abrieron una cápsula donde estaban los organismos y los dejaron expuestos durante quince días. Increíblemente los líquenes sobrevivieron. Este experimento trataba de probar la teoría de la Panspermia», comenta.

Esta tesis propone que la vida o la menos los ingredientes que dieron paso a los seres vivos en el planeta pudieron llegar, en realidad, del espacio exterior. Durante su infancia, la Tierra fue bombardeada por miles de meteoritos y cometas que eran los restos de un sistema solar que acababa de formarse. Esos cuerpos llegados del universo pudieron enriquecer el repertorio de moléculas que después interactuaron entre sí y dieron paso a la vida. «Los líquenes son al mismo tiempo muy resistentes y muy sensibles a cualquier cambio ambiental. Por ello es tan importante estudiarlos. Debemos verlos como una especie de esponjas. Realmente no tienen la capacidad para regular su contenido en agua y en nutrientes. Esto significa que viven en equilibrio con lo que hay en la atmósfera en cada momento», confiesa Matos.

Si un liquen vive en un lugar seco, como un desierto por ejemplo, se mantendrá en sintonía con esas condiciones. Pero si se vuelven más húmedas, absorberá esa humedad. Y esto ofrece a la ciencia un mecanismo para investigar alteraciones ambientales. «Nuestro trabajo en la Antártida se basa en usarlos como indicadores de cambio climático. Estamos en un lugar prístino que quiere decir que no hay mucha contaminación y por ello no los usamos para aportar información sobre la calidad del aire, aunque sí para que nos aporten datos sobre el clima. Por ejemplo, la forma que adquieren, lo que llamamos arquitectura, determina la manera en la que van a absorber agua o la manera de relacionarse con la temperatura ambiente. Si observamos una mayor presencia de un determinado liquen en una zona de la Antártida donde antes no estaba, podemos recopilar muestras de ese liquen que nos permitirá crear modelos que señalen dónde y cómo cambian las condiciones. Una estación que mida la temperatura puede darte mucha información sobre el clima, pero no sobre cómo los cambios afectan a los ecosistemas y por ello es tan importante estudiar la vegetación», explica.

Además, los líquenes revelan información muy valiosa sobre los cambios rápidamente. Mientras los climatólogos necesitan escalas temporales de al menos treinta años para poder extraer conclusiones, estudiando este tipo de vegetación se pueden obtener datos significativos en períodos mucho más cortos, de tres años. «Estamos ante una nueva forma de medir los efectos globales del cambio climático», sostiene la investigadora.

 

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