Desconocidos que llevan 300 horas juntos

Abel y Ana comparten piso desde que comenzó la cuarentena. Pese a que ni se saludaron con dos besos cuando él se mudó, apenas se han separado unos minutos

Pese a vivir juntos no se olvidan de respetar la distancia de seguridad recomendada
Pese a vivir juntos no se olvidan de respetar la distancia de seguridad recomendada

Si fuera el guion de una película, probablemente acabarían enamorados. Tiempo al tiempo, o no, la historia de Ana Fernández y Abel Lucera tiene miga, sofá, manta, Netflix, y copas de ron. El caso es que como tantos millennials ambos llevan años con la casa a cuestas. De manera más activa Abel, eso sí, pues aunque se estableció hace seis meses en Madrid va ya por su segunda mudanza en la capital. Este murciano, oriundo concretamente de Alcantarilla, aprovechó las horas antes de que Pedro Sánchez anunciase el estado de alarma para organizar su marcha. Como explica, se acababa de quedar solo en un piso de dos habitaciones, «y me olía que el confinamiento iba a durar muchas semanas; así que tenía que irme porque no podía mantener un piso de estas características yo solo, habría sido mi ruina económica». Consiguió, no sin alguna complicación, establecerse en el apartamento que ahora comparte con Ana, una politóloga coruñesa de 28 años, y otra tercera compañera.

Si la cuarentena es nefasta para el amor, como deja patente el aumento de los divorcios en China tras semanas viviendo las parejas confinadas, qué no puede ocurrir en un aislamiento con un desconocido. A priori, a pocos les apetece el plan, pero ellos garantizan que tiene su punto. Precisamente Abel pudo hacerse con su nueva vivienda gracias a que unos días antes de la delicadísima situación que en la actualidad vive España, otro chico dejó su habitación en la que ahora es su casa para volver al hogar familiar. Aunque Ana lo aceptó de buen grado (el piso no se paga solo), la coruñesa reconoce que le invadió cierta psicosis al pensar que podía estar contagiado. «No nos conocíamos, así que era inevitable pensarlo. Pero bueno, decidimos limpiar toda la casa y desinfectar, porque hasta ese momento además yo aún iba a la oficina. También optamos por dejar los zapatos en la puerta, y desde ese momento prácticamente no nos hemos acercado; de hecho ni nos saludamos con dos besos para presentarnos, que la situación ya era muy preocupante».

Ahora, que llevan casi 300 horas juntos, pueden hacer cierto balance de este extravagante inicio de convivencia. Se ríen porque, si lo piensan, para los dos hace mucho más tiempo que se conocen; y casi puede notarse a través del teléfono una complicidad impropia de quienes podrían considerarse dos desconocidos. Ambos pasan prácticamente, como el resto de españoles, todo el día en casa. Uno empleado de una empresa de cátering y la otra gestora de compras en una compañía de transporte, trabajan desde el salón. Solo se separan para dormir y para hacer la compra, acontecimiento para el que se van turnando. 

Mejor que en soledad

No niegan que han montado algún que otro guateque, piscolabis y copazo mediante, para conocerse mejor. Y ha surtido efecto. Los dos agradecen, al menos en lo que llevan encerrados, estar junto a un desconocido porque no se aburren, siempre hay algo nuevo por descubrir. Además, concretamente Abel agradece tener compañía porque su alternativa era «estar solo en mi otra casa, con el móvil y la tele. Ya está. En cambio de esta manera siempre tengo compañía y aprovechamos para cocinar y comer juntos... Me recuerda a lo que puede estar haciendo una familia».

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