«Los alumnos se están adaptando poco a poco al nuevo sistema»

El profesor del Mestre Vide Javier Souto prepara las clases desde su casa y sube el contenido a la plataforma virtual

Javier Souto, trabajando desde casa.
Javier Souto, trabajando desde casa.

Ourense

El ourensano Javier Souto Lamas es uno de los docentes del colegio Mestre Vide y, desde que se declaró el estado de alarma por coronavirus, desarrolla su trabajo desde casa. Es profesor de inglés en tercero y cuarto de Primaria y en Educación Infantil. También coordina las TIC del centro y se encarga de gestionar el Edixgal. «Es un programa de la Xunta que pretende informatizar toda la educación. En nuestro cole se lleva a cabo con los alumnos de quinto. Para ellos el hecho de recibir tareas telemáticamente es algo a lo que están acostumbrados y se nota», explica. Para el resto de alumnos el cambio ha sido un poco más complicado. «Nuestros escolares están acostumbrados a recibir contenidos digitales, en general, pero otra cosa es que sean capaces de gestionarse, acceder a ellos y realizarlos solos desde casa. Se están adaptando poco a poco al nuevo sistema», afirma.

A Javier también le toca acostumbrarse, aunque admite que por el momento lo lleva muy bien. «Dedico las mañanas a buscar contenido, nuevos entornos virtuales que ofrecerles a los alumnos y a preparar las clases siguientes. Una de las cosas que tiene trabajar desde casa es que a pesar de que tú les marques una hora a los peques para que se conecten, muchos lo hacen en ese momento, así que me paso desde las nueve de la mañana, hasta las nueve de la noche respondiendo dudas», dice. «En el fondo lo agradezco porque así me siento en contacto con ellos más tiempo. La fuerza que te dan los niños no te la da nadie», añade.

El docente ourensano pasa el confinamiento junto a su mujer ya que sus dos hijos viven juntos pero fuera de Ourense. «Me considero un privilegiado. Tengo la posibilidad de trabajar desde casa y además con unas vistas preciosas al río. Por el contrario mi esposa tiene que salir cada día porque es farmacéutica», explica. «Lo estamos llevando bien. Disfrutando de cosas que nos encantan, como el cine y la lectura, y tirando mucho de videollamadas. Estaríamos mejor si supiéramos que todo el mundo está igual de protegido», finaliza.

En la imagen, los hijos de Miguel Diéguez.
En la imagen, los hijos de Miguel Diéguez.

«El cronograma de mis hijos es igual al del colegio»

El confinamiento ha llevado a algunas familias a plantear hojas de ruta diarias con deberes y juegos

Miguel Diéguez, abogado de profesión y padre de dos niños, se sentó días atrás con su mujer y ambos expusieron a los pequeños la situación: «Uno de ellos, de 15 años, va a Salesianos. El otro, de 12, al Concepción Arenal. En su momento les avisamos de que esto no eran vacaciones, porque ellos querían quedar con sus amigos», dice Diéguez. Él alude a la necesidad de tomarse en serio el impacto del coronavirus, así como el decreto del estado de alarma, que se ha prorrogado: «Tenemos que asumirlo. Y los padres tenemos la responsabilidad de ejecutar estas decisiones, porque mis hijos están sanos, pero por culpa de la gente irresponsable puede llegar a bloquearse la sanidad».

Ahora, su frente de batalla se abre en casa. Sus dos hijos seguirán en las próximas semanas «un cronograma y una serie de horarios exactamente iguales a los de los días de colegio», cuenta Miguel. Él ve una ventaja en las posibilidades que ofrecen ahora las plataformas digitales para el aprendizaje a distancia, aunque sea de forma temporal. Pero entre otras cosas, también mirará de reojo el uso de la Play Station. «Entre semana, como hasta ahora, la tendrán guardada», dice riendo.

Los Hangouts de Lucas

Para Lucas Fírvida Sotelo, de nueve años, el confinamiento invita a explotar al máximo las posibilidades de las videollamadas por los Hangouts de Google. Así es como mantiene el contacto durante estos últimos días con su abuela, pero también con sus amigos. A media mañana, seis de ellos se reúnen ante el ordenador para ponerse al tanto de cómo van todos. Y quién sabe, también para citarse seguramente en el Fortnite.

Lucas Fírvida Sotelo y su madre, Mónica, durante la cuarentena.
Lucas Fírvida Sotelo y su madre, Mónica, durante la cuarentena.

Mónica, su madre, se lo toma con filosofía. «Es un niño bastante responsable, así que no suelo agobiarle demasiado. Se está levantando casi todos los días entre las nueve y las diez y tiene tiempo para todo». Ese todo implica, por ejemplo, leer libros de castellano por las mañanas y de gallego por las tardes. Entre medias, juega al parchís. Y mientras tanto, avanza en la rehabilitación de una dolencia reciente en un brazo.

Al otro lado del teléfono, Lucas pide puntualidad a la hora de llamar. «Puedo hablar a las tres. A las tres y cuarto ya no», dice riendo. Porque incluso con el tiempo libre de estos días, él se ha marcado su agenda. Y al final del día, cuando llega su padre a casa, él le ayuda a hacer los deberes mientras su brazo le impide seguir por sí solo.

Las clases por Skype, el recurso para mantener la actividad en un centro de inglés

Carmel Sherrington, natural de Wigan (Inglaterra), lleva dieciséis años en Ourense, donde dirige la academia de inglés The Language Geek. Desde el inicio del confinamiento ha visto como se ha reducido drásticamente su número de alumnos, han pasado de 120 a 20, pero ella no se ha quedado de brazos cruzados. Las clases por Skype están siendo una salida para seguir manteniendo activo el negocio, aunque sea con menos ingresos, hasta que las cosas mejoren. «En cuanto vi la situación, se me ocurrió que podríamos hacerlo así», explica Carmel, que reconoce que «salió la noticia de que cerraban los colegios y en dos horas tuve cincuenta bajas». Así que puso en marcha un plan b: clases por vídeo conferencia. «Los mayores enseguida se animaron, porque no quieren perder lo que saben, quieren seguir formándose, pero con los pequeños es más complicado, porque necesitas estar muy pendientes de ellos y si no es de forma presencial, es imposible», explica. Y aunque son menos horas, y unos ingresos más bajos —una de las dos profesoras contratadas ya se ha ido al paro con un ERTE— confía Carmel en poder seguir tirando, echando mano de los ahorros del banco, eso sí. «Si se alarga esta situación confiamos en que más gente se anime, porque para muchos es una forma de estar entretenidos y no perder lo que saben», asegura la profesora, que reclama una reducción de la cuota de autónomos y del precio de los alquileres.

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