El «sí quiero» en tiempos de coronavirus y sin salir de casa

Manuel Quintana y Lucrecia Cuadrado contrajeron matrimonio ayer en Cerdeira, una pequeña aldea de A Fonsagrada, pero sin poder celebrar los festejos previstos

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Boda en A Fonsagrada durante el confinamiento por el coronavirus Boda en A Fonsagrada
Manuel Fernández
A Fonsagrada / La Voz

El amor en los tiempos del coronavirus. Así podría comenzar el relato de la boda de Manuel Quintana y Lucrecia Cuadrado, una pareja de A Fonsagrada que ayer, sin salir de casa, se dio el sí quiero en una ceremonia que poco tuvo que ver con la que llevaban meses preparando, pero que sirvió igualmente para celebrar su unión. Cerdeira es una pequeña aldea de la montaña lucense a la que se llega por una carretera llena de curvas sinuosas. En una de las casas viven Lucrecia y Manuel.

Se conocieron el pasado verano y fue un flechazo. «Amor a primera vista», dice ella. Desde el minuto cero comprendieron que estaban hechos el uno para el otro y decidieron oficializar su unión. Cursaron los papeles y fijaron la fecha para el 21 de marzo. No contaban con una pandemia mundial que les obligaría a alterar sus planes.

El sábado anterior, cuando se decretó el estado de alarma, recibieron el primer revés. El restaurante en el que tenían contratado el banquete les informó que tenían que cerrar. «Logo pasou co fotógrafo e tamén co músico que tiñamos contratado. Estaba todo organizado e foise ao traste. É unha pena, pero é o que hai», contemporiza Manuel.

Visto el curso de los acontecimientos, tenían dos opciones. O aplazar el casamiento, o seguir adelante, pero cambiando la gran celebración por un acto íntimo que encajara con las normas del gobierno. Apostaron por lo segundo y se lo consultaron al alcalde, Carlos López, que se iba a encargar de oficiar la ceremonia. Él dijo que no tenía problema siempre que se respetase la legalidad, así que el casamiento siguió para delante. «Decidimos que fuese el día previsto, aunque nos tocó cancelar todo. Es algo que nunca se nos habría pasado por la cabeza, pero hay que seguir adelante», explica Lucrecia, «nos casamos así y es lo que hay, la vida continúa». 

Habrá gran fiesta

En un anexo a la vivienda que comparten, los novios han dispuesto una mesa, preciosas flores y vino para brindar tras el enlace. Las grandes puertas abiertas sirven de mirador a la montaña lucense, teñida del color morado del brezo. El alcalde, con su mascarilla y sus guantes, se sitúa tras el improvisado estrado y a un lado, manteniendo la distancia de seguridad, espera Manuel. Luce con garbo su traje azul, su corbata roja y sus lustrosos zapatos. De la puerta de casa sale Lucrecia, que camina elegante con su vestido blanco. La sonrisa se le intuye en los ojos, puesto que la boca la lleva tapada con una mascarilla, un complemento que jamás imaginó utilizar el día de su matrimonio. En las manos, recubiertas con guantes, sostiene un pequeño ramo de flores silvestres de vivos colores. A la vista de que las floristerías están cerradas, se lo ha hecho ella misma.

El alcalde, cumpliendo con su cometido, lee las disposiciones y oficia el matrimonio. También les dirige unas palabras en las que habla de amor. Se intercambian los anillos, se los colocan momentáneamente sobre los guantes, y sellan su esponsal con un beso de mascarilla a mascarilla cuando el fotógrafo les insta a hacerlo. Se ríen y lo toman con humor. Saben que es imprescindible en estos tiempos.

A unos metros de ellos, manteniendo las distancias, el escasísimo público que les acompaña: sus vecinos y testigos, estos, también improvisados. Los familiares que iban a ejercer como tal no pudieron ir por la restricción en los desplazamientos, así que hubo que buscar un plan B. «Lo que más echamos de menos es a la familia. La mía iba a viajar desde Colombia, pero fue imposible por el cierre de aeropuertos, y las hermanas de él tampoco pudieron venir al no poder moverse», lamenta Lucrecia.

Tras el sí quiero, felicitaciones en la distancia, fotos para enviar a la familia, vino, champán y comida, algo que jamás falta en toda boda que se precie. En cuanto se levanten las restricciones tienen claro que celebrarán su amor con su gente. La luna de miel deberá esperar. «Cando eu collese as vacacións tiñamos previsto ir quince días a Colombia, pero agora haberá que agardar», dice Manuel, camionero de profesión y que estos días está teniendo más trabajo que nunca. Quieren que su amor dure para toda la vida, así que habrá tiempo para todo.

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