Los héroes anónimos en la diana de la pandemia

Por trabajo, vocación o altruismo están en la zona cero del contagio, con riesgo para su salud y la de sus allegados

Las autoridades sanitarias, los responsables gubernamentales y las fuerzas del orden repiten con insistencia a la población que debe cuidarse y cuidar a los demás manteniéndose lejos de la zona de contagio del coronavirus. Pero hay colectivos que, bien porque su trabajo consiste en atender a los enfermos y grupos de riesgo, bien porque decidieron de forma altruista prestar su ayuda a los más débiles, están en la zona cero luchando contra el implacable virus. Son enfermeras, cuidadores, limpiadoras, médicos, policías, cajeras, taxistas, voluntarios... Son los héroes anónimos en la diana de la pandemia.

JOSÉ MANUEL FANDIÑO

JEFE DE URGENCIAS EN EL CHUAC

Evita hablar de sí mismo. «Esta es una situación de emergencia y para esto es para lo que estamos preparados nosotros», dice así, en plural. Como vicepresidente de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias (Semes) en Galicia, José Manuel Fandiño asegura que los servicios de urgencias en Galicia llevan tiempo preparados para la pandemia y han habilitado sus unidades para auxiliar a cualquier víctima que entra por la puerta, separando los posibles casos de coronavirus de otras emergencias, que siguen llegando, aunque en menor medida. «La gente está actuando muy bien; de hecho, el porcentaje bajó un 40 %». Solo pide tres cosas: equipos de protección individual para evitar contagios; un drenaje correcto en los hospitales para optimizar el servicio, y que se cree un comité autonómico con capacidad ejecutiva, «un mando único». Consciente de que el personal de urgencias es humano, «ya nos hemos puesto en contacto con los psicólogos, porque nosotros estamos en el foco de la catástrofe y a veces no nos damos cuenta de lo que hay alrededor. Tratamos los casos más graves, que son el 20 %, y no percibimos el 80 % restante. Y también tenemos familia». Si pide, pide para sus compañeros. Su situación personal, quizás superada por la tensión y el estrés, se la guarda para sí. «Lo llevo bien», se limita a decir. Y sigue trabajando.

INÉS RÍOS

TRABAJADORA DE AYUDA A DOMICILIO

«Se traballas no sector da saúde, co que está a pasar, isto é o que hai». Inés Ríos es empleada de una de las empresas de ayuda a domicilio que operan en Santiago, y en su trabajo, el contacto físico con las personas mayores es inevitable por sus problemas de movilidad. Entra dentro de sus funciones y ella es consciente, lo que no quita que le preocupe la posibilidad de un contagio. Está en el comité de empresa y recoge también las inquietudes de sus compañeras. «Unha delas está preocupada porque ten a súa nai encamada e non quere contaxiala, normal». La empresa les dota de material de trabajo, pero los medios suelen resultar escasos. «Temos batas, luvas e máscaras desbotables, unha para cada domicilio, pero usámolas toda a semana porque non hai máis». Si su trabajo ya conlleva habitualmente el riesgo del contagio, con el coronavirus la situación se complica, y no solo por la capacidad de propagación del virus, sino también porque el confinamiento de las familias conlleva que, en las casas, no se encuentren solo los usuarios, sino también sus allegados. «Hai casos nos que está en corentena toda a familia, e cantos máis, peor». En cierto modo, su situación y la de sus compañeras se está aliviando en los últimos días porque un importante número de usuarios se está dando de baja. «As familias están na casa e xa os coidan eles».

PATRICIA FERNÁNDEZ

TÉCNICA SANITARIA DEL HOSPITAL DE OURENSE

Lleva año y medio en el Hospital Universitario de Ourense y ahora, como sanitaria, es una de las trabajadoras situadas en primera línea de batalla contra el coronavirus. «Lo llevo bien. Está previsto que lo más fuerte llegue a finales de mes, y ahí sí que comenzaremos a hacer más horas y a doblar turnos cuando sea necesario», afirma. Patricia es técnica sanitaria, auxiliar, y trabaja en hospitalización, ahora en el área de traumatología. «El centro está reorganizándose para poder acoger y atender al máximo a los casos de coronavirus. Nos estamos esforzando para que las cosas salgan bien», explica. Ella vive con su hija y, por el momento, las dos están tranquilas, una sensación distinta a la que se respira en el hospital. «Es cierto que existe incertidumbre con respecto a las semanas que nos esperan, porque además el material de protección escasea». Pese a todo, la joven ourensana está satisfecha por poder hacer su trabajo y por la actitud de los pacientes: «Es increíble ver cómo las urgencias han disminuido de forma brutal. Solo tenemos casos realmente graves, y eso es porque la gente se lo está tomando en serio. Estoy muy agradecida a esos ciudadanos que cumplen las normas porque eso nos permite realizar bien nuestro trabajo».

VANESA SÁNCHEZ

TRABAJADORA EN UNA RESIDENCIA DE MAYORES

Pese a que lleva siete años trabajando como cuidadora en una residencia de mayores, Vanesa Sánchez está siendo testigo de una experiencia nueva en su vida, con la confirmación el viernes de varios casos de coronavirus entre los residentes de DomusVi San Lázaro, su centro de trabajo. Nerviosa, preocupada y molesta por algunas informaciones que trascendían poniendo en duda las medidas de seguridad del centro, la cuidadora, que además forma parte del comité de empresa, insiste en que tanto los responsables de la firma como los trabajadores se volcaron en la atención a los afectados y en el aislamiento de los demás residentes, unos 150, aproximadamente. Pero al margen de la vorágine de los últimos días, a Vanesa Sánchez le duele que se haya puesto ahora el punto de mira en las residencias de mayores por la cantidad de personas fallecidas en sus centros a causa del coronavirus. «Los residentes están abandonados. ¿Alguien se preocupó por nuestros mayores hasta ahora?», se pregunta. Admite que trabaja con una cierta angustia «porque hay una histeria colectiva», pero que, por encima de todo, al personal de las residencias le preocupan los usuarios. «No me puede el miedo, me puede la vocación de cuidar de ellos». Por eso es reivindicativa en todo lo que se refiere al personal, a los medios y a las medidas de protección. «Siempre estamos bajo mínimos; la Xunta habla de ratios, pero la ratio es el mínimo. Si hacemos una huelga, nos quedamos los servicios mínimos, y los servicios mínimos somos todos». A esa situación habitual, el coronavirus le añade su dosis de estrés y preocupación. «Sé que cuando vuelva a trabajar me voy a encontrar un escenario diferente del que dejé cuando me fui». Vive el caos día a día.

SUSO SILVA

POLICÍA LOCAL DE CULLEREDO

A sus 52 años y con 28 al servicio de la Policía de Culleredo (A Coruña) Suso Silva nunca habría imaginado que tendría que parar por la calle a algún vecino para preguntar a dónde iba o de dónde venía. Él es uno de los cientos de agentes municipales que velan porque se cumpla el estado de alarma, es decir, de los que se pone en primera línea de contagio para evitar que el virus se propague. «Aún tenemos que oír a alguno diciéndonos que a él nadie la prohíbe salir de casa», señala Silva, quien matiza que son los menos. Hasta el momento, le han bastado las palabras para reconducir la situación. Sabedor de que no todos los policías locales de Galicia disponen de medios de protección, destaca que en Culleredo sí cuentan con mascarillas, guantes de látex, «e incluso gafas especiales por si tenemos que acompañar a los sanitarios a algún domicilio». Estos días su rutina pasa por vigilar que haya orden en los supermercados o centros de salud, que se guarden las distancias de seguridad. Ya es un veterano, por eso le salta a la vista la pillería de algunos vecinos. «Le pregunté al dueño de un perro dónde vivía, al darme la dirección le dije que eso estaba a dos kilómetros, y le expliqué que eso no está permitido», dice Suso, al que también le llama la atención la cantidad de hombres con bolsas del súper. «Algunos bajan hasta tres veces».

FRAN GÓMEZ

VOLUNTARIO QUE AYUDA A MAYORES

Al igual que muchos otros que en medio de la crisis sanitaria se ponen al servicio de los demás para hacer lo más llevadera posible esta situación, al rianxeiro Fran Gómez le parece exagerado que hablen de él como un héroe. «Non é para tanto», dice. Pero lo cierto es que su trabajo como voluntario permitió que una mujer que vive en el rural de Rianxo pudiera tener en su casa todo lo que necesitaba y que no podía adquirir por sus propios medios. «Para a xente que estamos nesta situación isto é unha gran axuda», reconocía la beneficiaria del primer servicio que le tocó a Fran cuando le dejó la compra en la puerta de su casa. Mascarilla y guantes constituyen el equipamiento para realizar su labor, que consiste fundamentalmente en llevar productos de primera necesidad a quien no puede salir a buscarlos. Fue un amigo de la Asociación Barbancesa de Axuda e Solidariedade quien le pidió colaboración, y Fran no lo dudó. «Non me custa nada. Fágoo por axudar un pouco neste momento. E egoistamente, tamén é un xeito de ter o tempo ocupado e saír da casa». Aunque suponga pasarse la mañana de arriba abajo con el coche o soportar largas colas en el súper.

NICO SOBRADO

LIMPIADOR DEL CHOP

Nico Sobrado, de 32 años, se resiste a enfadarse por tener que ir a trabajar a un hospital, concretamente al Provincial de Pontevedra, en plena crisis del coronavirus. «Es mi trabajo y en este momento es más importante que nunca, así que le dije a mis jefes que haría lo que hubiese que hacer. Y creo que todo el mundo está reaccionando como yo. Es momento de ayudar, para reivindicar cosas tenemos todo el año», afirma con rotundidad. Limpia en la zona de laboratorios y dice que las condiciones de trabajo están a expensas de lo que va marcando el Sergas. «El último día que me tocó trabajar [el miércoles] se debatía lo de llevar mascarillas o no. Hoy [por el vienes] veremos qué pasa». En todo caso, Nico seguirá su hoja de ruta: tratar de hacerlo lo mejor posible, centrarse en la limpieza y desinfección de las zonas donde más personas tocan, como los pomos de las puertas, y mantener la calma. Se declara optimista. Trabaja con cautela ante lo que pueda venir, pero no con miedo. Reconoce que le costaría más salir de casa para ir al hospital si tuviese cargas familiares. De hecho, no mantiene contacto con sus padres; va y viene de su hogar al trabajo y, a lo sumo, se presta voluntario para hacerles recados a vecinos mayores aprovechando sus salidas de casa. Eso sí, manteniendo las distancias de seguridad.

DELIA CID

CARNICERA DE UN SUPERMERCADO

Delia es un ejemplo de todos los trabajadores de supermercados y pequeños establecimientos de alimentación que han visto crecer su trabajo como nunca antes. Ella trabaja como carnicera en Gadis. «La situación fue peor al principio porque había demasiada gente y resultaba tremendamente estresante. Ahora lo llevamos un poco mejor, nos vamos adecuando poco a poco», explica. «Lo peor es lidiar con la inconsciencia de la gente. Hay ancianos que vienen varias veces al súper en un día y muchas personas se olvidan de ponerse los guantes. No puede ser», dice. Vive con su marido, funcionario, que sigue yendo a trabajar, y sus tres hijos. «Ellos están bien, aunque me rompe el corazón no poder besarles como querría», cuenta emocionada. Al tratar con tanta gente a diario tiene que ser muy estricta en la prevención cuando llega a su casa. Igual que Magda Fernández, cajera del mismo Gadis que Delia desde hace 31 años. «Estamos trabajando a destajo y necesitamos que se sigan las normas a rajatabla, incluso por parte de la propia empresa: no pueden desbordarse las cajas o superar el número de personas permitido en el súper. Por lo demás, no nos podemos quejar, somos optimistas y estamos muy orgullosos de poder ayudar a la gente con nuestro trabajo en un momento así», explica. Magda vive con su marido y con su hija, aunque llega a casa exhausta: «Estamos haciendo muchas horas extra, así que todo mi tiempo libre lo dedico a descansar».

JOSÉ MANUEL FRANZA

TAXISTA QUE TRASLADA GRATIS A SANITARIOS

José Manuel vive con incertidumbre su exposición al virus. Consciente de lo reducido del espacio de un coche, continúa ofreciendo sus servicios e, incluso, alguno más. Él es uno de los taxistas que en Radio Taxi Compostela se han ofrecido a trasladar gratuitamente a los sanitarios. «Sí, estoy dispuesto y me he sumado voluntariamente. Todos tenemos que arrimar el hombro en esta situación. Además, tengo un taxi adaptado para las sillas de ruedas y quiero colaborar, con las autoridades y a nivel particular, porque hay muy pocos de este tipo», señala. Tanto es así que ya ha recibido la llamada de clientes discapacitados para pedirle que los traslade. No se quiere ni imaginar, tras el anuncio de que tan solo puede viajar un pasajero por taxi -salvo en casos de acompañar a un menor o persona dependiente, que se ampliaría a dos- en la situación de unos padres que quisieran coger el taxi con su niño ante una urgencia. «Espero que no se me dé un caso así, la verdad, porque no sabría cómo actuar ante esa situación», indica antes de señalar el gran problema al que se enfrenta el colectivo: «Estamos desesperados para encontrar desinfectantes. Tenemos que desinfectar el coche después de cada servicio, y nos está resultando casi imposible encontrarlos. Necesitaríamos que nos garanticen el suministro. Pasa lo mismo con las mascarillas y los guantes, y aquí mantener el metro de distancia es muy difícil», advierte.

SILVIA RUBIANES

VOLUNTARIA EN UN COMEDOR SOCIAL

Quizá de haber vuelto a nacer hubiera sido monja misionera, confiesa. Cree que ayudar a los demás es una de las grandes satisfacciones que te puede dar la vida y, aunque sea al lado de casa, no renuncia a experimentarlo en carne propia. Silvia Rubianes es voluntaria en el comedor de Cáritas de Arousa (Vilagarcía) desde hace poco, tan solo dos meses, y la crisis del coronavirus no la va a apartar de su puesto. Su turno de los lunes por la noche ha sido anulado porque la organización ha suspendido las cenas durante el estado de alarma, pero los sábados tiene previsto estar al pie del cañón, en horario de 12 a 14 horas, para servir las mesas, hacer bocadillos para llevar y todo lo que sea necesario en la cocina. Cáritas ha prescindido de sus voluntarios de más edad por razones obvias, de modo que las manos de Silvia (49 años) y de otros voluntarios, son estos días especialmente necesarias para atender al medio centenar de personas que comen allí a diario. «Nadie está libre de verse en la situación de no tener comida o un lugar donde dormir. Hay que ayudar, por dignidad y por humanidad, y especialmente deberían hacerlo los jóvenes. Hay gente muy egoísta. Lo que hago yo es un grano de arena, pero te sientes útil y feliz». ¿Miedo al contagio? «Miedo ninguno, respeto sí, pero alguien tiene que ayudar a esa gente», dice Silvia, que cuenta con el apoyo de la familia en su decisión.

Información realizada con las aportaciones de M. Doallo, M. Gómez, T. Silva, M. Hermida, N. Silvosa y Bea Costa

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