Gérmenes que matan más que las armas

Las pandemias han condicionado el devenir político y social desde la época clásica


La sociedad asume la situación con una inversión de ciertos valores o prioridades. Mar de Santiago destaca alguna de estas paradojas provocadas por el COVID-19. «La preocupación por nuestros mayores, antes grandes olvidados; el transporte individual frente al colectivo recomendado por sostenibilidad; el lado bueno del uso de internet, frente a las restricciones por prescripción médica, social, pedagógica o simplemente parental.

Y como añade Miquel Seguró Mendlewicz, profesor colaborador de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC, esta crisis hace tambalear la sensación de control, la idea de individuo y la relación libertad-obligación.

De este modo inmediato ya ha cambiado a la sociedad el coronavirus. Pero no es la primera vez que una epidemia o pandemia ha cambiado el curso de la historia de las civilizaciones. Estos son algunos ejemplos:

la peste negra

Gran paralelismo con el COVID-19, con unos controvertidos efectos. El análisis de la expansión de la enfermedad que irrumpió en 1347 y que mató en siete años a cincuenta millones de personas en Europa (contando los fallecimientos indirectos, 200 millones en todo el mundo) guarda gran paralelismo con la evolución del coronavirus. Pero eran otros tiempos, afortunadamente.

Hay quien localiza su origen en la India, con un salto a Crimea, colonia italiana. Génova fue la vía de entrada en Europa, que tardó dos siglos en recuperarse del golpe demográfico. Venecia y Barcelona quedaron diezmadas.

La mera contraposición entre la peste blanca (tuberculosis, dolencia de nobles) y la negra (la bubónica, de la que se culpaba a las ratas como transmisoras) retrataba la diferencia de clases. Esto tuvo una relación directa con la alta mortandad (60 %). Además, hay que tener en cuenta que hasta la época contemporánea existían menos medios de combate contra las pandemias, incluidos organismos como la OMS, los hospitales apenas eran lugares donde se iba a morir y no a recuperar la salud, y las explicaciones médicas eran todavía rudimentarias, de modo que la religión ocupaba ese vacío e incrementó su presencia (hasta 1894 no se descubrió el bacilo que la provocaba y hasta el 2011 no se confirmó el origen real de la enfermedad).

Por otra parte, el ingente número de fallecidos alivió la superpoblación que sufría Europa en esos momentos y que había empujado a los habitantes del campo hacia las ciudades en busca de sustento.

Un efecto directo fue la mejora de la calidad de vida de los supervivientes, que además gozaron acceso a una dieta antes inalcanzable para la mayoría. Esta variación en la demanda provocó unas oscilaciones en la relación de precios (desde los de los alquileres a los de los insumos) que llevaron a los gobernantes a controlarlas, así como a regular los derechos de la escasa mano de obra superviviente (cuyos salarios también se estaban incrementando por la ley de la oferta y la demanda), entre ellos, el la movilidad (para detener las masivas migraciones, también hacia las ciudades, lo que dejaba a las cosechas sin nadie que las recogiese). El Estatuto de los Trabajadores en Inglaterra fue un intento de ello, pero acabó derivando en agitación social. La clase media fue la gran beneficiada.

Era la segunda vez en la historia que la peste negra alteraba el rumbo político-social, ya que su primer azote masivo fue el inicio del declive del Imperio Bizantino.

CONFLICTOS BÉLICOS

Las epidemias causan más muertes que las armas. Pese a tratarse de momentos puntuales, las enfermedades desequilibraron la balanza en ciertos conflictos bélicos, lo que cambió el curso político de la historia. Desde la peste de Atenas en las Guerras del Peloponeso hasta el tifus que derrotó a Napoleón en Rusia,

GÉRMENES EUROPEOS

La viruela y la conquista de América. Antes de la llegada de los europeos, el continente americano estaba poblado por unas decenas de millones de habitantes. El 95 % falleció en el primer siglo y medio desde el descubrimiento debido a enfermedades como la viruela, el sarampión, el tifus y la gripe.

GRIPE ESPAÑOLA

Segundo aviso, tras la peste negra y antes del COVID-19. En 1918 morían más soldados con esta gripe que en el frente de la Primera Guerra Mundial. Se le llamó así porque los contendientes la censuraron y no le dieron importancia para no dar moral al enemigo y solo la prensa española informaba sobre ella. Cincuenta millones de muertos, el sistema médico colapsado y, de nuevo, un giro hacia la fe como escapatoria. Aflojó en verano y repuntó en otoño. Fue la puntilla a una economía devastada y a un mundo estancado.

SIDA y cólera

La estigmatización de las víctimas. Judíos y mercaderes se llevaron la culpa de la expansión de la peste negra, pero mucho peor fue el ataque contra las clases bajas tras el brote de cólera de 1832 en París que hizo tambalear el concepto de salud pública y Estado como su tutor y, más reciente, el pico de sida en 1981, por el que se señaló directamente a homosexuales, heroinómanos, hemofílicos y haitianos.

OTROS MOMENTOS

Amenazas cíclicas con epicentros concretos. Azotes recientes fueron el ébola (en el 2014, con una tasa de letalidad del 90% en sus cepas más mortales en África), el síndrome respiratorio agudo grave (SARS) del 2002 (familiar del coronavirus, también originario de Asia y mucho más letal); la gripe aviar-porcina (influenza) del 2009; el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (2012); y el zika que amenazó los Juegos Olímpicos de Río 2016.

Sin fútbol también se vive

Manuel Mandianes

Nuevos proyectos que hasta ahora no se instalaban por falta de espacio, a partir de que vuelva la normalidad se instalarán sin espacio físico porque el virus nos ha obligado a marchas forzadas a poner en práctica el teletrabajo que favorece la flexibilidad y la libertad de los trabajadores con ventajas para la empresa y la vida familiar y las relaciones sociales. Habremos aprendido a utilizar las pantallas para comunicarnos, para interesarnos del estado de los otros, para acompañar a los solitarios y socorrer a los aislados. Habremos aprendido a escuchar música como alimento espiritual, a cantar juntos para darnos ánimo, ayudarnos, combatir la soledad. Habremos aprendido que el otro es un amigo necesario para poder seguir viviendo, y un enemigo potencial, portador de peligros. Las escaleras habrán dejado de ser un lugar de encuentro con desconocidos sino con amigos y ocasiones de chalas.

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