Familias confinadas: así es la vida una semana después

Con niños, mayores o discapacitados. Solos. En la ciudad, en la aldea. Los gallegos resisten, todos a una, tras la primera semana de confinamiento. Estos son los testimonios de unas cuantas familias que representan a tantas. Recluidas y aisladas, abren la puerta de sus cuarentenas a este periódico.

A LARACHA

UNA CUARENTENA CON CARIÑO Y SIN BARRERAS

Pedro tiene 17 años y discapacidad motora, cognitiva y sensorial. Su interacción en el colegio, el CEE María Mariño de A Coruña, y en sus terapias, es vital para él. Hasta hace una semana, asistía a su rehabilitación neurológica, a terapia ocupacional, piscina y caballos. También montaba en bici. Pero su mundo, como el del resto del país, se detuvo el pasado viernes en cuanto llegó con su familia de hacer el Camino de Santiago con la Asociación Enki. De la capital compostelana fueron directos al supermercado y, de allí, al confinamiento en su casa de A Laracha. «Para nosotros, estar 15 días encerrados no es tan caótico como para otras familias. Ya estamos acostumbrados a pasar temporadas largas en el hospital con Pedro aislado. Esto ya lo hemos vivido», cuenta su madre, Eva Ramil. Junto a su marido Alberto Maceiras y la pequeña Julia, de 8 años, tratan de enfrentarse al encierro con una sonrisa. Pero la preocupación por Pedro es máxima. «Tiene un riesgo altísimo. Si cogiese el coronavirus, con su sistema inmunológico, lo mandaría al hospital», cuenta su madre. Alberto salió los primeros días de cuarentena a trabajar para instalar cocinas a casas que lo necesitaban, y las precauciones fueron máximas. «Entraba por el garaje, echaba la ropa a la lavadora, se desinfectaba en la ducha con jabón especial y después ya venía a abrazar a los niños», relata Eva, que reconoce que con los pequeños toca poner una sonrisa, pero no esconde su incertidumbre por la economía familiar: «Los dos somos autónomos y estamos preocupadísimos».

A pesar de todo, esta familia celebra su suerte. «Somos unos privilegiados. Tenemos una casa con jardín para poder tomar el aire y todo lo que necesitamos. No estamos como tanta gente recluida en pisos pequeños o sola». Ese jardín también es la salvación de Pedro, porque su madre observa con intranquilidad que sus músculos empiezan a entumecerse. También su nerviosismo va a más. «No entiende mucho, pero sabe que algo raro pasa, y el otro día, por ejemplo, tiró toda la ropa del armario». Aquí los aplausos son al aire. «No hay vecinos, y al estar normalmente aislados, a Julia le cuesta entenderlo. No ve a la gente en los balcones ni las calles vacías como en la ciudad, pero le enseño los vídeos y lo hacemos igual», dice su madre. En esta casa, juntos y muy revueltos, son expertos en aplaudirle a la vida.

SANTIAGO

EL TIEMPO, ENTRE EL PASILLO Y LAS VIDEOLLAMADAS

Susana Arca Pichel convive con sus padres Eugenio y Carmen, de 89 y 88 años, en la rúa de San Pedro, donde los días de confinamiento pasan «mejor de lo esperado». Susana, que está teletrabajando en casa, reconoce que sus padres llevan bien lo de no salir a la calle, y ello pese a que Eugenio «es el relaciones públicas del barrio de San Pedro. Se encargaba de hacer los recados, y cuando bajaba al pan charlaba siempre con los vecinos y comerciantes». Pese a lo incómodo de la situación, el día que se anunció el confinamiento durante 15 días, «no lo dudó. Cuando le dijimos que seguramente serían más, su respuesta fue: el tiempo que haga falta». Eugenio Arca celebró esta semana su 89 cumpleaños, y lo hizo rodeado virtualmente de su familia. Sus cinco nietas y sus hijos hablan a diario con Eugenio y con Carmen por videollamada, y así también ven a sus cuatro bisnietos, que aún son pequeños. «Se están haciendo unos expertos en esta tecnología. Creo que acabaré poniendo turnos para hablar con cada uno», bromea Susana.

Esta vecina de Santiago considera que sus padres saben «lo importante que es para ellos cumplir las normas, y son muy disciplinados; así que lo llevan bastante bien». Hace unos meses, Carmen Pichel sufrió un ictus, del que se está recuperando, y «solo salía para pequeños paseos, que ahora hacen los dos por el pasillo con pequeñas competiciones». La casa de Eugenio y Carmen en la rúa de San Pedro llama la atención por su aspecto exterior, su balcón suele estar decorado durante todo el año. Ahora, por la crisis del coronavirus, junto a un cartel en el que se lee «Se chove que chova», colgaron otro con el lema: «Quédate en casa». Las manualidades les ocupan también parte de las horas del día. «No se aburren. Los carteles de la fachada son hechos por ellos mismos, y esto les mantienen animados», añade su hija. Cuando llegan las 20 horas están puntuales en el balcón para cumplir con «dos citas obligadas. Los aplausos para el personal sanitario, y para cantar Resistiré, que es ya el himno de estos días». La única razón por la que sale a la calle Carmen Pichel es para sacar a su perra. «Lucita no quiere salir con nadie que no sea ella; así que por la noche, salimos los cinco minutos que necesita y volvemos para casa», apuntan.

PONTEVEDRA

LA FAMILIA CON SEIS HIJOS QUE HACE CONCURSOS

La familia Pérez-Peleteiro, de Pontevedra, está acostumbrada a organizarse rápidamente. Es la única manera de llevar el día a día en una casa con seis hijos, cuyas edades van desde los quince años de los mellizos mayores a los ocho de Covadonga, la hermana más pequeña. Es habitual, a lo largo de todo el año, que establezcan turnos para poner la mesa, sacar los platos del lavavajillas o bajar la basura. Pero ahora están todos confinados en un piso de unos cien metros cuadrados con un único balcón para asomarse a la calle. Y Cristina, la madre, reconoce que, aunque tratan de mantener algunas rutinas, «hubo que bajar un poco la guardia, ser un poco más comprensivos con ellos, porque todos estamos en una situación difícil». ¿Y cómo se lleva el día a día con seis hijos bajo techo las 24 horas? «Pues tratamos de no desanimarnos. Yo estoy teletrabajando, porque soy funcionaria, y mi marido está más pendiente de ellos. Por las mañanas estudian, ya que cada uno tiene sus tareas. Y, luego, la verdad es que se entretienen bastante entre ellos. A veces hay que permitir la tele, la consola o comer cosas ricas como chocolate. Tienen una Play y una Wii para todos y, salvo algún conflicto porque uno está más tiempo que otro, no suelen pelearse mucho por ellas», indica la madre.

Cristina explica que hay momentos bien divertidos, como cuando los chiquillos se toman en serio el concurso de preguntas culturales que les propusieron los padres. «Lo que pasa es que les dijimos que el premio llegará cuando acabe esto y salgamos a la calle... y lo ven lejos. Pero tienen que darse cuenta de que el premio es seguir todos juntos y bien», indica Cristina. En casa de los Pérez-Peleteiro abundan los momentos de juegos de mesa, de futbolín y también de rezos conjuntos, siguiendo la misa por Internet o televisión. Igualmente, hay sesiones de películas familiares. Eso sí, suelen ser los padres los que eligen el filme tras escuchar las peticiones infantiles, porque de lo contrario tardarían horas en dar con uno que contentase a todos. Cristina reconoce que el momento más delicado es la última hora, cuando todos los ánimos están ya cansados. «Echo de menos, sobre todo al final del día, algún momento de calma, de estar yo sola», dice con sonrisa. Luego, vuelve a animarse enseguida: «Pronto volveremos a lo de siempre, tengo fe en que así sea», remacha.

A CORUÑA

CANTANDO A LA VIDA Y A LA CALLE CON SU BEBÉ

Marta Soto y Miki Aguilar ya se han hecho famosos en la calle coruñesa Marqués de Pontejos por salir todas las tardes a su balcón. Miki con su guitarra y Marta sosteniendo en brazos a su hijo Matías, de 16 meses, mientras canta. Disfrutar de la música es una de las terapias que utilizan para sobrellevar el confinamiento, que comenzó cuesta arriba. El pequeño Matías ya estaba acostumbrado a ir al parque a jugar y corretear, como apunta Soto, y el primer día de reclusión «iba hacia la puerta de casa y pedía salir. Sufríamos más por él que por nosotros». Pero con el paso de las jornadas consiguieron crear una «falsa rutina», comenta Aguilar: «Ella asume que tiene que teletrabajar y el niño que tiene que aguantar conmigo, y así nos vamos apañando». De hecho, Marta simula que sale de casa para encerrarse en la habitación a trabajar, aunque Matías no se deja engañar fácilmente. Mientras tanto, Miki cuida de su hijo y juega con él: «No tenemos una casa enorme, pero hay espacio. Entre ir a la cocina y al salón y corretear por el pasillo, el pequeño se mueve».

Aún así, tienen que tirar de la tecnología: «No estábamos muy a favor de que los niños pasaran mucho tiempo delante de una pantalla, pero ahora hay momentos en los que no existe otra forma de entretenerle», reconoce Soto. Antes de que se decretara el estado de alarma, ella acudía a un entrenador personal que ha grabado sesiones para que sus clientes puedan hacer ejercicio en casa. Su marido, sin embargo, es más aficionado a correr, y comenta que al no poder hacerlo «lo llevo un poco peor». Salir a cantar a su balcón les ha permitido conocer a sus vecinos: «Nunca tuvimos tanta vida social», bromea Marta. También usan mucho el teléfono, ya que son andaluces y su familia está lejos. Pero es que son conscientes de que «ante una crisis sanitaria tan grave» hay que ser responsables. Por ello pisan la calle lo justo: «Marta bajó ayer (refiriéndose al jueves) por primera vez a la frutería, y yo hace tres días fui al supermercado».

BARBANZA

TURNOS PARA SOBRELLEVAR EL AISLAMIENTO EN LA SIERRA

La situación de aislamiento en las zonas rurales tiene la ventaja de que, quien más y quien menos, dispone de una huerta junto a su casa a la que poder salir a respirar aire fresco. Sin embargo, no es la panacea, y menos si uno reside en una aldea enclavada en la sierra de Barbanza. Es el caso de Manuela, de 67 años, que vive en Mosquete con su madre, octogenaria y con problemas de movilidad. «Aquí si que estamos illados de verdade», cuenta, y explica cómo se las apaña sin poder salir de casa. En su caso, además, la reclusión empezó antes que el estado de alarma: «Estiven mal e vai para tres semanas que estou aquí encerrada».

Sus problemas de salud la obligan a tomar morfina, un inconveniente añadido que solventa, al igual que la provisión de alimentos, con ayuda: «Tanto o médico coma o farmacéutico xa me avisaron ben de que non saíra da casa para nada, pero eu sen morfina non podo estar, así que ma teñen que traer. Os meus fillos vanse turnando para traerme os medicamentos e alimentos básicos: aceite, leite, azucre...». A mayores cuentan con los proveedores habituales: «O dos conxelados aínda vén por aquí, e menos mal, porque como deixe de vir a ver... A peixeira tamén, e a panadeira, que se lle pides algo cho trae. E o outro día veu unha amiga deixarme patacas». A esto se suma una dificultad añadida, que no es ajena a otros vecinos de la zona, la mayoría personas de avanzada edad que no disponen de tarjeta de crédito: «O peor é que isto colleume sen cartos na casa, e ao banco non podo ir. Teño aos fillos, que me axudan. E aquí coñecémonos todos. Hai que colaborar os uns cos outros, se non nos axudamos cando as cousas van mal, non facemos nada». En cuanto a la vida diaria, no ha variado sustancialmente para Manuela y su madre, salvo por algunos detalles que ha incorporado a su rutina habitual: «Nada máis que vou á verdura para as galiñas. Gardo as distancias coa xente que vén traerme cousas, e ao entrar na casa, teño un bote deses de xabón desinfectante e limpo ben as mans, e bótollo tamén na pechadura da porta. Limpo todo moi ben, e usamos panos de papel en vez de tela».

OURENSE

RUTINAS, POCAS NOTICIAS Y MUCHO OPTIMISMO

Alejandra Saavedra Faraldo y Luis Dopazo Fernández viven en Ourense con sus dos niños, Javier y María, de 6 y 4 años. Desde que se confinó a las familias en sus casas, se han organizado para tratar que los días sean lo más normales y felices posible. Costó al principio, pero ahora todo va bien. «Los dos primeros días fueron de caos absoluto, porque entre que nos adaptamos a la situación y le explicamos a los niños que no iban a tener colegio durante una temporada y que las cosas eran así por el coronavirus, necesitamos un tiempo de adaptación. Ahora ya estamos muy bien. Tenemos buenas rutinas, aunque no descarto que haya momentos de crisis», explica Alejandra, que se hace cargo del cuidado de los pequeños gran parte del día, porque su marido, Luis, sigue yendo a trabajar. Es farmacéutico y tienen una pequeña empresa de ortopedia, así que «más que nunca» cumple con sus obligaciones laborales.

Para ocupar esas primeras horas del día, en las que los niños están más receptivos, ha organizado la madre una serie de tareas que están funcionando de maravilla. «Nos levantamos un poco mas tarde y desayunamos con más calma, porque así ya le ganamos un poquito al día. Después yo me pongo con ellos entre una hora y media y dos horas haciendo actividades: un poco de inglés, unas canciones o repasar los números o los colores; también hacemos casi siempre un puzle, para que ellos se entretengan, y leemos algún cuento», describe Alejandra. Al terminar, tiempo libre para los pequeños y momento para la organización de la casa. ¿Y cómo viven ellos esta situación tan extraña? «Saben que no podemos ir a ver a los abuelos, porque hay que protegerlos, y aunque yo trato de que no vean las noticias, el niño escuchó un día en la radio que ya había 65 personas curadas, y eso lo repite mucho», explica. Y en previsión de que el confinamiento dure más de quince días, Alejandra dice estar preparada: «Trato de guardar fuerzas mentalmente, por lo que pueda seguir pasando, no gastar todos los cartuchos», admite. Y mira las cosas con optimismo, por ellos y por sus hijos. «Pienso que si el fin del mundo llega, que nos pille bailando». Cuestión de actitud.

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