Después de esto, nada volverá a ser igual

Hace décadas que el biólogo alemán Ludwig von Bertalanffy enunció la Teoría General de los Sistemas. Esta teoría supuso la aparición de un nuevo paradigma científico basado en la interrelación entre los elementos que forman los sistemas. Es desde esta teoría y desde la cibernética aplicada a los sistemas humanos, desde donde ensayo estas reflexiones.

La Tierra es un sistema que cumple a rajatabla las leyes de Bertalanffy. Una de ellas señala que el equilibrio de cualquier sistema se consigue a través de dos mecanismos distintos de autorregulación cibernéticos. Los primeros buscan mantener el equilibrio existente y corregir cualquier desviación del mismo aplicando estrategias que vayan en contra de la desviación -como cualquier termostato de casa, si baja la temperatura más allá de lo fijado, la calefacción se enciende; y si es al revés, se apaga-.

Los otros hacen todo lo contrario: cuando ya resulta imposible contrarrestar  el desequilibrio que generan las grandes crisis, buscan cambiar la estructura del sistema para poder adaptarse al nuevo medio. Muchos dinosaurios lo consiguieron así, transformándose en lagartijas, camaleones, cocodrilos... hasta adaptarse a la catástrofe ambiental que sufrieron. Otros lucharon por mantenerse igual y se extinguieron. 

La crisis provocada por el COVID-19 es una crisis sistémica que va a gatillar mecanismos de cambio estructurales con los que de nada sirve luchar para seguir viviendo como hasta ahora. No podemos seguir siendo dinosaurios, estamos obligados a cambiar. El virus ha caído como una piedra en el estanque sin fronteras de la humanidad y las sucesivas ondas que va a provocar irán expandiéndose  poco a poco hasta conseguir un nuevo equilibrio. La teoría nos da la certeza de que el cambio va a producirse, lo que no nos dice es cuál será el sentido del cambio.

Hace tiempo que el planeta llevaba avisando del desequilibrio que sufría -en gran medida provocado por el hombre-. Muchos movimientos sociales lo alertaron, pero los mecanismos aplicados por el egoísmo humano resultaron totalmente insuficientes e ineficaces. Ahora es el propio sistema quien ha im/puesto en marcha el mecanismo de cambio necesario para restablecer el equilibrio, y éste pasa por diezmarnos, dispersarnos y cambiar cualitativamente nuestra actual forma de vida.

Que nadie dude de que después de esta pandemia nada va a ser igual. La mayoría de nosotros está sintiendo por primera vez en su vida ese miedo a lo real que jamás se olvida y obliga a vivir de otra manera. El virus se va a llevar la falsa sensación de invulnerabilidad y seguridad en la que hemos crecido las últimas generaciones y que ahora nos toca olvidar para adaptarnos a vivir con él.

El virus -ya lo hicieron otros agentes infecciosos- dispersará las aglomeraciones y nos devolverá a un entorno más natural, a lugares con menos riesgo de trasmisión. Las ciudades perderán habitantes y los vacíos volverán a colonizarse, solo que ahora lo harán conectados a Internet, inaugurando lo que va a ser nuestro nuevo hábitat.

Hasta ahora hemos conocido tres entornos: el natural, el urbano -desarrollado en el siglo XIX con el advenimiento de la sociedad industrial- y el virtual, construido en el siglo XXI. Ahora vamos a vivir en un cuarto que fusiona el retorno a la naturaleza con la red; un entorno más humano y aséptico donde la hipomanía adictiva y consumista, la atmósfera pesada de la polución, la impulsividad y la enajenación de nuestros tiempos, se atenuarán forzadamente.

Dejaremos de ser nómadas enloquecidos patinando sobre una fina capa de hielo que si se paran, se hunden; volviendo al modo sedentario y prudente del colono de un nuevo entorno. En este entorno cibernatural, el ritmo de vida será más lento, consumiremos menos, las compras se harán por la red y probablemente nos la traiga un dron a casa. Al vivir más despacio y separados, contaminaremos menos, bajará el nivel de CO2 atmosférico y la tierra se enfriará -la Agencia Espacial Europea ya ha confirmado un descenso significativo en el norte de Italia-. Disminuirá la sobrexplotación y contaminación de mares y tierra. Nos desplazaremos mucho menos y se racionalizará el turismo masivo que deja latas en el Everest y continentes de plástico en el Pacífico. El núcleo relacional primario sobre el que se desarrollará la convivencia volverá a ser la familia y las viviendas serán más para vivir y trabajar que para recibir.

¡Claro que nos iremos de fiesta! Pero la fiesta será tamaño verbena no superbowl; con la amenaza de nuevos virus patrullando, las multitudes se convocarán por streaming.  Los niños volverán a ser niños y dejarán de ser proyectos de inversión o de lujo. Los abuelos regresarán a casa porque recuperaremos tiempo, afectos y espacios disponibles.  

El entorno de la red nos dio la llave de acceso a todo el conocimiento, pero apostamos por el entretenimiento. La sociedad líquida volverá a solidificar gracias a la recuperación de las emociones que nos hacen más humanos. Ya lo estamos viendo estos días de clausura en los que las manifestaciones espontáneas de solidaridad, el arte, la lectura, el cine y la comunicación en modo slow food han recuperado el placer del conocimiento. 

En el entorno cibernatural pasaremos de estar enajenados a cultivar el ensimismamiento. Pascal medía la salud mental del ser humano en base al tiempo que un individuo era capaz de permanecer en una habitación solo y en silencio. Cuando controlemos la pandemia habrá mucho menos ruido, el silencio del actual aislamiento será curativo y prevendrá las locuras. Desterrados en la paz de estos desiertos, volveremos a pasar el rato conversando con difuntos y escuchando con los ojos a los muertos.

 Sobre el autor

Luis Ferrer i Balsebre es psiquiatra y académico de la Real Academia de Medicina de Galicia.  Aquí puedes leer todos los artículos que ha publicado en La Voz

Votación
264 votos
Comentarios

Después de esto, nada volverá a ser igual