Felicitación de cumpleaños bajo las bombas del coronavirus

El padre de Paula Pérez, miembro de la Brilat, nunca se pierde su aniversario. Hace cinco años volvió de Afganistán y ahora aprovechó su misión en Santiago para lanzarle un beso desde la calle


Santiago

Hace cinco años, cuando Paula Pérez cumplió 18 años, su padre, que es militar en la Brilat, regresó por sorpresa desde Afganistán para felicitarla. La emotiva escena ocupó la contraportada de La Voz de Galicia y aquel reportaje forma parte desde entonces de la historia de esta familia de Vilaboa (Pontevedra). «La tengo enmarcada», confiesa Rocío, la madre de esta joven estudiante de Traballo Social en Santiago que tampoco olvidará jamás su 23 aniversario, confinada en su piso del Campus Norte, lejos de los suyos, con la incertidumbre de cómo afectará el estado de alarma a sus estudios y con la única compañía del chico con el que comparte la vivienda. Esta vez la guerra no está lejos, sino que se libra en casa y el enemigo es el invisible y temible coronavirus. Las bombas caen en nuestras calles, sobre nuestras cabezas, y a su padre, el cabo primero José Manuel Pérez Gómez, le han movilizado. Por fortuna, porque quiso el destino que justo el día en el que su hija tenía que soplar las velas el Mando de Operaciones le incluyera en el despliegue que el Ejército hizo en Compostela. No pudo besarla, ni tocarla, pero al menos tuvo dos minutos para apostarse frente a la ventana de Paula, gritar un feliz cumpleaños y lanzarle un beso con la precisión de un francotirador.

De su padre, Paula Pérez ha heredado muchas cosas buenas, pero sin duda que una de ellas es la moral de victoria y el afán de combate que debe fluir por el ADN de todo buen militar. La sorpresa que le dio poder verle aunque fuese de lejos le ha insuflado nuevos ánimos. «La verdad es que no contaba con poder verlo, así que cuando me llamó y me dijo que en diez minutos se pasaba me puse muy contenta y algo nerviosa. Pude salir a la ventana y verle y fue muy especial, porque en esos dos minutos pudimos celebrar, todo junto, mi cumpleaños, su santo, porque él es José Manuel, y el día del padre», explica.

Colocó un cartel en la ventana en el que se leía en letras bien grandes: «En este piso estamos de cumple»No hay adversidad que no pueda superarse con ingenio y, a falta de tarta de cumpleaños, Paula improvisó una con un bizcocho que decoró con un dos que aún andaba por casa y tres velitas para formar el 23. Para suplir la ausencia de invitados, hizo videollamadas con su madre, su familia y sus amigos y colocó un cartel en la ventana en el que se leía en letras bien grandes: «En este piso estamos de cumple». Y como si de un mensaje en una botella se tratara, no tardó en recibir respuesta desde el edificio de enfrente, en el que apareció otro letrero con un «felicidades» gigante. De regalo, unos arándanos que le dio su compañero y la promesa de los suyos de que la fiesta queda pospuesta al final de la guerra, cuando el coronavirus suplique el armisticio derrotado por millones de corazones como el del padre de Paula, que como tantos y tantos policías, guardias civiles y militares se juegan estos días la vida para que las nuestras permanezcan seguras en casa.

El padre de Paula lleva 32 años de servicio en el Ejército. Ella solo tenía quince días cuando ya tuvo que hacer el petate rumbo a Bosnia. Ha estado también en Pakistán, Afganistán, Mali y Mauritania. En algunos de estos destinos, varias veces, y cada ausencia ha cortado el aliento de la familia hasta que le han vuelto a ver bajar del avión en el aeródromo militar de Lavacolla. «Hasta que no lo tienes delante y lloras todo lo que tenías que llorar no las tienes todas contigo», afirma esta estudiante de Traballo Social que no sabría decir qué misiones de su padre le han dado más miedo. «Cada situación es diferente. En Afganistán estuvo una de las veces justo después de que mataran a Bin Laden, en Mali hubo un atentado en su base y ahora es algo distinto, de mucha incertidumbre y no saber qué va a pasar», reflexiona.

Cada día envía un vídeo a los chicos y chicas de la asociación Aspas a los que da clase de bailePor el momento, Paula dice estar llevando bien el confinamiento. Lee, escucha música, ve la tele, hace alguna tutoría por Skype —está en su último año de carrera— y habla mucho por teléfono o videollamada con los suyos. Y no se olvida cada día de enviar un vídeo por WhatsApp a los chicos y chicas de la Asociación de Padres de Personas con Discapacidad Intelectual (Aspas) a los que da clase de baile. «O te animas, o te desesperas», asegura esta joven. Y para ella lo segundo no es una opción, porque desde muy niña ve el mundo como le enseñó su padre: Con vocación de servicio y sabiendo que, como en la Brilat, en la vida no hay que dejar nunca a nadie atrás. «Si le pasa algo a uno, le pasa a los demás», le dijo su padre el día de su cumpleaños.

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