China aisló a menos de un 10 % de su población en su momento más crítico con el coronavirus

Las medidas extremas afectaron solo a algo más de 60 millones de personas en dos provincias

Personal médico atiende a pacientes enfermos de coronavirus en un hospital de Wuhan, el pasado 6 de febrero
Personal médico atiende a pacientes enfermos de coronavirus en un hospital de Wuhan, el pasado 6 de febrero

Pekín / E. La Voz

Esta semana China ha vivido la noticia que esperaba desde hace dos largos meses y que ahora Europa sueña también con poder celebrar en el futuro: la constatación de que no hay contagios locales y de que la epidemia del COVID-19 está bajo control para los más de 1.300 millones de habitantes del país. De ellos, únicamente menos del 10 % fueron sometidos a duros confinamientos por las autoridades.

Los once millones de ciudadanos de Wuhan, que llevan desde el 23 de enero confinados en sus casas, empiezan a ver el final de la crisis que ha trastocado sus vidas y las de todo el país. De forma lenta y escalonada recuperarán algo de libertad. El gobierno de la ciudad ha anunciado que se permitirá salir de casa a las personas que viven en complejos residenciales donde no se han registrado casos nuevos en los últimos siete días. Juntarse no está permitido. La ciudad sigue cerrada, pero en el resto de la provincia de Hubei, que cuenta con cerca de 59 millones de habitantes, se han ido relajando las restricciones de tráfico y movimiento para facilitar una vuelta gradual al trabajo.

En Wuhan, el epicentro del brote, y en toda la provincia de Hubei, que suman más de cincuenta millones de personas, se ha aplicado una dura cuarentena que prohibió la circulación de vehículos privados y confinó en sus casas a la población. En muchas ciudades solo se permitía salir a una persona por familia cada dos o tres días para realizar compras de primera necesidad. Estas medidas extremas se aplicaron en otros lugares donde se detectaron focos agudos, como en algunas zonas de la provincia de Zhejiang, que tiene unos 58 millones de habitantes.

En el resto del país se aconsejó a todo el mundo permanecer en aislamiento y salir lo menos posible de sus casas, aunque no estaba prohibido. Y la medida se ha cumplido a rajatabla. La mascarilla es obligatoria. El país entró metafóricamente en hibernación pendiente del avance de la epidemia.

La cuarentena se decretó en vísperas de la fiesta del Año Nuevo chino. Es un período de vacaciones en el que el país baja la persiana y la mayoría de la población se desplaza para visitar a la familia. El momento contribuyó a propagar la epidemia, cinco millones de personas salieron de Wuhan, pero también ayudó a paralizar China, ya que la mayoría de las empresas estaban cerradas, y los colegios, de vacaciones. Se prohibieron las reuniones en las calles y cerraron los lugares de ocio, desde restaurantes a museos. En la mayor parte del país la situación sigue igual.

Las vacaciones se prolongaron, se controló el transporte y se limitaron los desplazamientos. Luego se anunciaron cuarentenas para todos los que regresaran a las ciudades. La gente ha ido volviendo escalonadamente y ha sido sometida a controles de temperatura y seguimiento médico. Las tres primeras semanas la parálisis fue prácticamente total. Después, se ha intentado reanudar la actividad muy poco a poco. Se apoyó el teletrabajo y se escalonó, por turnos, el regreso a las fábricas y oficinas, siempre bajo medidas de desinfección y la obligación de controlar la temperatura, junto a otros datos sanitarios, de los trabajadores.

Los colegios abrirán en abril

Las escuelas permanecen cerradas desde enero y los estudiantes ya llevan cuatro semanas haciendo clases online. No se espera una vuelta masiva a las aulas hasta mediados de abril. Ocho semanas después, el brote parece controlado y la prioridad del Gobierno es recuperar la actividad.

Pekín funciona a medio gas, aunque la llegada de la primavera ha inyectado vida. La gente ha empezado a salir. Han reaparecido los niños —siempre con mascarilla— jugando en parques o zonas comunitarias. También han ido abriendo pequeños negocios y restaurantes, con muchas limitaciones, como máximo se permiten tres personas por mesa.

China pone en valor el sacrificio de la población para controlar la epidemia. Es evidente que en Oriente los valores culturales fomentan la cohesión social y rechazan el individualismo, pero tampoco hay que olvidar que el Estado ha desplegado grandes medidas de vigilancia para mantener a la gente en sus casas.

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