Los voluntarios del comedor de Cáritas resisten: «No falla ni uno»

La entidad organiza turnos y da las comidas en mesas individuales para evitar contagios


Ourense

En el comedor social de Cáritas están acostumbrados a resistir. Así sobreviven a la morosidad del Concello de Ourense, que lleva años pagando con retraso su aportación anual. Y también sobrevivirán al coronavirus. Y eso que esta crisis está siendo toda una prueba de resistencia para el servicio, que da de comer todos los días a más de 250 personas. La afluencia desde que se ha declarado el estado de alarma es prácticamente la misma que en circunstancias normales, pero la situación es claramente excepcional, al igual que las medidas adoptadas en las instalaciones.

Los usuarios que comen presencialmente se han repartido en cuatro turnos de doce personas y se sientan en mesas individuales para evitar posibles contagios. Los que se llevan el menú en táper a sus casas van entrando a cuentagotas para garantizar que no hay aglomeraciones en el interior. Los trabajadores y voluntarios van equipados con guantes y desinfectan las instalaciones continuamente.

Estas medidas no pasan desapercibidas para los usuarios, que no pueden evitar sentirse abrumados e incluso señalados, por mucho que los responsables del comedor insisten en aclararles que todo lo que hacen es para protegerles a ellos de un posible contagio. «Desde el viernes pasado, este es el único servicio que les está atendiendo», explica Ángel Mirón, delegado de Cáritas en Ourense. De hecho, los servicios sociales municipales ya no atienden presencialmente. Han difundido un numero de teléfono de contacto (988 388 133) y los vales para el comedor los entregan vía telemática.

La entidad ha tenido que cerrar otros servicios a raíz de las restricciones impuestas por el Gobierno, como actividades formativas o centros de día, y muchos de los voluntarios y trabajadores que normalmente están adscritos a esas tareas se han incorporado al comedor social. Esa ayuda es esencial porque, por precaución, algunas de las personas que ayudaban a servir los platos eran de avanzada edad y ahora están en sus casas por ser un grupo de riesgo en caso de contagio.

Son los únicos que han fallado por el miedo al coronavirus. Todos los voluntarios que ayudan en la cocina siguen yendo y hay quienes incluso han reforzado su compromiso. «No falla ni uno», cuenta Ana, una de las trabajadoras del servicio. Un ejemplo de lo que dice es José Antonio, que normalmente va como voluntario los fines de semana. Ahora, con la paralización de la actividad general, tiene más tiempo y acude a diario para echar una mano. «No les importa el virus. Para ellos es más importante seguir ayudando. Es la caña», resume Ana.

El comedor es una ayuda indispensable para un colectivo que, precisamente en estas fechas de incertidumbre, está más necesitado que nunca. Ahora desde allí se asume incluso el trabajo que habitualmente realiza la Red Madre para el reparto de pañales y potitos a familias con bebés.

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