Pepy y su confinamiento con rutina de gimnasio a los 85 años

Esta octogenaria de Pontevedra,  que pasa sola el aislamiento, dice que vivió mucho como para rendirse ahora


pontevedra / la voz

Pepy G. Clavijo, una pontevedresa de 85 años en el DNI y bastantes menos en la mente, es un chute permanente de optimismo. Defiende ella que sonríe siempre porque vive «en paz con el mundo». Y estos días, aunque al mundo le ha dado por ponerse patas arriba, Pepy, mujer de sanas rutinas, le perdona y sigue a la suya: a ser feliz. Vive sola y en solitario pasa el confinamiento, aunque ayudada por una vecina y en contacto con la familia. Escuchándola queda claro que, el que quiere, puede no aburrirse. Como ella; que hace de todo, hasta rutina diaria de gimnasio con sus 85 primaveras. Y no es lo único en lo que pasa el rato esta mujer que, como bien señala, ha vivido mucho. Pero no demasiado.

Vayamos a los inicios. Pepy es pontevedresa de adopción. Ella, en realidad, nació en Los Barrios, en Cádiz. Pero al ser hija de militar pronto acabó trasladándose de residencia. Su familia se afincó en Marruecos y allí ella se convirtió en una muchacha aventurera con melena al viento por las calles de Tetuán. Luego, llegó el traslado del progenitor a Pontevedra, una ciudad en la que al principio Pepy llamaba la atención con sus atuendos modernos y desenfadados. Se hizo maestra, se casó, tuvo hijos... Y nunca dejó de ser feliz.

Cuando enviudó, se quedó sola. Pero la tristeza nunca entró de lleno en su casa. O, si lo hizo, cogió a Pepy demasiado ocupada para hacerle caso. Porque Pepy no pierde un minuto. Escribe, escribe todo lo que se pueda escribir; desde recetas de cocina antiguas a poemas pasando por libros enteros o lo que surja. Tiene redactada hasta su propia esquela con la mayor alegría del mundo, simplemente para que, si le pasa algo, la necrológica «esté bien redactada». Además, heredó por su marido la afición a la pintura, así que también es habitual verla con el pincel y el lienzo.

Solo con esas aficiones, ya llenaría su día a día. Pero es que, encima, con esto del confinamiento, se ha hecho casi una rutina militar para estar entretenida y en forma siempre. Ayer, contaba como es su día a día «desde que el coronavirus ese impide pasear» y los cómplices que ha encontrado para que su soledad se sienta siempre bien acompañada.

Pepy cuenta que se levanta y, tras el pertinente desayuno y aseo, enseguida se pone en acción. Ella acude regularmente a clases de gimnasia en Pontevedra. Así que, ante el confinamiento, le ha pedido al monitor que le diese pautas y tablas para realizar en casa. Se las entregó y ahí está ella, día tras día, con su chándal y sus ejercicios. «Me lo paso divino haciéndolos, pero acabo cansada», cuenta.

Analíticas para enmarcar

Luego, se prepara a conciencia su comida. Porque ella tiene claro que vivir solo no puede ser sinónimo de jugar con lo que se lleva a la boca. «Ahora mismo ando aquí con una chuleta y un arrocito blanco que está buenísimo. Hoy me toca esto, mañana será otra cosa», señalaba ayer. ¿Y quién le lleva la compra? Su cómplice y ángel de la guarda está siendo su vecina Sita, que evita que ella baje al súper y le trae lo que haga falta aunque Pepy es previsora y aún tiene un buen número de víveres en casa. Suelta una carcajada descomunal cuando se le pregunta si necesita también medicamentos de la farmacia: «¿Pastillas yo? Yo no tomo ni una. Tengo unas analíticas de enmarcar», espeta.

Luego, se pasa el día escribiendo o pintando. Y, además, se ha embarcado en una gran empresa: quiere ordenar sus poesías, y ya ha contado más de 500. El único problema que tiene es que para a cada paso para por culpa del teléfono: «Mis hijos y mis nietos me quieren y me llaman todo el rato. Son magníficos, pero tienen que dejarme trabajar», dice y vuelve a reírse a pierna suelta.

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