Peter Turchin, el científico ruso que pronosticó hace diez años un gran caos global para el 2020

En la imagen, Peter Turchin
En la imagen, Peter Turchin

Peter Valentinovich Turchin es un científico nacido en 1957 en la ciudad de Óbninsk, en la parte más occidental de la estepa rusa. De su infancia en la Unión Soviética de Brézhnev no hay nada escrito, aunque no es difícil imaginar al pequeño Peter pasar los duros inviernos hincando los codos como un campeón, teniendo en cuenta que su padre era el prestigioso físico e informático Valentin Turchin, uno de los principales pioneros en el campo de la inteligencia artificial.

Peter se matriculó en la facultad de Biología de la Universidad Estatal de Moscú, pero cuando cursaba segundo de carrera toda su familia se tuvo que exiliar a Nueva Jersey. Turchin padre había comenzado a escribir sobre política en panfletos locales. En 1964 aceptó la dirección del Instituto de Matemáticas Aplicadas de Moscú. Ya en la capital, fundó el capítulo moscovita de Amnistía Internacional y trabajó en el equipo del también físico y después disidente Andrei Sajarov. En 1974 perdió su posición en el instituto y comenzó a sentir el aliento de la KGB, hasta que tres años después toda la familia huyó a América.

La vida del joven Turchin en EE.UU. es uno de los miles de ejemplos del sueño americano. Remató sus estudios de biología con honores cum laude en la Universidad Pública de Nueva  York y se doctoró en Zoología por Duke. Desde entonces, a finales de los noventa, el científico ruso consagró su vida a una materia que antes de él no existía: la cliodinámica. Esta disciplina mezcla la historia con las matemáticas para estudiar cómo evolucionan las sociedades y cómo, mediante complejos análisis estadísticos, acumulando datos previos a las caídas de grandes imperios como el romano o el británico, se puede llegar a predecir el siguiente colapso de una civilización. 

Oí hablar por primera vez de Turchin en un artículo publicado hace tres años en La Voz por el psiquiatra Luis Ferrer i Balsebre. 

Luis, uno de los grandes lujos que tenemos en Galicia y en La Voz, se hacía eco de una tertulia estival en la costa catalana, en la que se mencionaba la profecía de Turchin, según la cual el 2020 sería el año de mayor inestabilidad que ha vivido el planeta en toda su historia. El contexto de la charla de bar era la Cataluña incendiada de septiembre del 2017. Eran los prolegómenos del otoño de la infamia, en el que Junqueras y Puigdemont pusieron al estado de derecho al borde del precipicio. El psiquiatra catalán, gallego de adopción, escribía entonces: «La verdad es que mires donde mires, todo son tráileres del caos: el brexit, Cataluña, EE.UU. en guerra con el vino y el jamón, la decadencia de Europa, los yihadistas, los ultra todo, Venezuela, Irán, indios contra pakistaníes, el cambio climático, …».

La crisis del 2020

Luis, mecánico orfebre de cerebros y almas, predicó la mala nueva de Turchin durante cuatro años entre el círculo de quienes tenemos la dicha de ser amigos suyos. Pero admito que no volví a whatsappear con él sobre el científico ruso hasta esta semana. Ni tampoco a indagar nada sobre su profecía. Para darle valor, hay que ponerla en contexto: 2010. La crisis económica golpea como no se recuerda. Nadie está pensando en el 2020. Salvo Peter Turchin. La revista Nature publica un trabajo titulado «2020 visions». Es decir, cómo será el mundo dentro de diez años. Y Turchin envía una carta al director para el número siguiente, en la que se permite matizar: «La siguiente década estará marcada por el crecimiento de la inestabilidad en EE.UU. y Europa. Esto podría socavar los avances científicos que describen en su último número». 

«La siguiente década estará marcada por el crecimiento de la inestabilidad en EE.UU. y Europa», escribió Turchin en una carta al director de Nature

Y por primera vez, desarrolla su tesis para el gran público, aunque sea en una tímida carta al director de una revista. El análisis de la historia mediante modelos de big data revela que las sociedades complejas han sido siempre afectadas por olas recurrentes y predecibles de inestabilidad. Algunas cifras, como la caída de los salarios, el crecimiento de las diferencias entre ricos y pobres, la sobreproducción de jóvenes graduados con carreras universitarias o la explosión de las deudas públicas, metidas todas en la coctelera de Turchin, llevan a concluir que el 2020 se convertirá en el año más inestable de la historia. Aunque él no lo ha llegado a expresar como tal, algunos autores han continuado el trabajo del científico ruso y han concluido que si esto ocurre (ahora ya sabemos que está ocurriendo), será el colapso de la civilización actual.

En otoño del 2016, Donald Trump fue elegido presidente en contra de lo que anunciaban todas las encuestas. El mundo tembló, porque no hacía ni cuatro meses que, también contra todo pronóstico, el Reino Unido había votado a favor del brexit. «Parece que, desafortunadamente —escribió Turchin—, los pronósticos se están cumpliendo. Ya tenemos los vagones sobre las vías para dirigirnos al gran colapso del 2020».

«Ya tenemos los vagones sobre las vías para dirigirnos al gran colapso del 2020», escribió Turchin.

Estos días, Turchin, a quien se puede seguir en Twitter a través de su cuenta personal, @Peter_Turchin, se esmera en intentar convencer a la opinión pública estadounidense de que el coronavirus no es una gripe invernal, contrapesando el negacionismo inicial de Trump. Como ha explicado el politólogo búlgaro Ivan Krastev, esta crisis servirá para devolver a los científicos y, expertos en general, al pedestal del que nunca debimos haberlos bajado. Aunque en este caso también hay que esperar algo diferente de los políticos. La pandemia será más grave si la gente se la toma con demasiada calma. El trabajo de un político en cualquier crisis ha de ser siempre pedir calma a la población. Ante un atentado yihadista, porque precisamente causar pánico es el objetivo de los terroristas. Ante un crack económico, porque el pánico retrae el consumo y agudiza la crisis. En este caso, la receta es la contraria, y los políticos deberían de decir:  «Por favor, que todo el mundo entre en pánico». 

De todos los augurios, por cercano y optimista, me quedo con el que hizo también en La Voz Luis Ferrer mencionando el trabajo de Turchin: «Hay esperanza. Si no cristalizamos en ornitorrincos, puede ser un capítulo muy interesante de ver y vivir». Ojalá.

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