Un gallego en cuarentena: «El momento más intenso del día es cuando te tomas la temperatura»

«Alejarte de los seres queridos, lo llevas bien, porque los quieres», señala uno de los últimos españoles que voló a Italia antes de que la crisis del coronavirus le confinase en casa


LA VOZ

Tuve la suerte de tomar uno de los últimos vuelos entre Italia y España. La fortuna por salir justo a tiempo. Leo lo que están pasando los españoles que se han quedado y lo siento tanto por ellos. Yo salí y al llegar me alcanzó otra complicación lógica, la necesidad de ponerme en aislamiento en casa, aunque no presentaba síntomas. Pero es el momento del civismo. Y todos los grupos de riesgo deben de hacer lo mismo. Van 96 horas de aislamiento, y las que quedan. El aislamiento, o arresto domiciliario, es casi como una religión. Exige paciencia infinita y provoca mucha introspección y toneladas de reflexión sobre los asuntos más diversos. La existencia es uno de ellos. Meditación pura, a veces dura, y siempre pensando en la salud.

El aislamiento hace que te parezca que de pronto descubres tu casa. Llevas años viviendo en ella y, poco a poco, las habitaciones que no dejas de recorrer y de limpiar se te dibujan distintas. Además de estar en aislamiento, llevo 96 horas de teletrabajo. Pero esa parte la explico luego.

No tengo la sensación de estar en una cárcel. Es mi casa. Un espacio conocido. Pero el tiempo se ralentiza de forma bestial, cuando el teletrabajo no aparece para rescatarme. El momento del día más intenso es cuando te tomas la temperatura. Te levantas, compruebas que no tienes tos, que respiras como un búfalo y llega el termómetro. Hoy, 35,2, casi frío. Mejor, Todos asintomáticos y a seguir así.

Un compañero de aislamiento en Lugo ha empezado a tener fiebre y mucho catarro y está en una situación en la que no me quiero ver: intentando contactar con los servicios sanitarios para pedir una prueba que lo sumirá en la incertidumbre. Quiero que me hagan cuanto antes la prueba, y luego pienso que prefiero no saberlo. Cuando estás asintomático también piensas si no sería mejor hacerse ya la prueba. Pero sabes que los protocolos no son esos y que debes ceñirte a las disposiciones médicas y obedecer. Es lo que toca y lo que debemos hacer todos.

El aislamiento tiene sus momentos calcados del aislamiento que ya practicamos todos en la vida normal desde que vivimos en la dictadura de las pantallas. Todo el rato con el móvil, con grupos de guasap, muchas preguntas de amigos, de familias, muchas bromas, muchísimas. A veces hacen gracia y ayudan. El humor es clave para catorce días así. Otras molestan. Cualquiera que esté en aislamiento reza mucho para que no pase nada y, sobre todo, para que las conexiones wifi, la fibra y los cargadores funcionen. La dictadura de las pantallas. Las plataformas se están forrando. Si antes veías series, ahora ves series o ves series. Si antes leías libros, ahora lees libros y lees libros. No entiendes que La peste de Albert Camus sea un súper ventas. Será que a los humanos les va regodearse en el masoquismo. Todo se multiplica, decías, Limpias más. Pones más lavadoras. Todo está impoluto, nunca estuvo esta casa tan como un piso piloto, listo para el estado de revista, listo para venderlo.

Los telediarios y los programas especiales los visitas, te incumben, nos incumben a todos, pero es un picoteo nervioso. Quieres saber y no quieres saber. Te agobian, y algunas exageraciones que escuchas aumentan tu angustia. Huyes de los tertulianos y solo quieres escuchar a científicos.

Al ver que España está entrando en una fase italiana, te asusta que tu lógico aislamiento de catorce días, no sea más que el primero de una colección. Igual no importaste el virus, sigues asintomático, pero lo puedes pillar luego aquí. Mejor no caer de nuevo en el bucle infinito de las elucubraciones. Los días se consumen lentos, pero el termómetro ya por la noche te vuelve a dar la mejor noticia: 35,5 y sin malestar. Un consejo: no se les ocurra contar los días. Menos las horas. Dejen que fluyan. Ah y alejarte de los seres queridos, lo llevas bien, por algo muy sencillo: los quieres. Y es lo mejor para todos.

«Nunca pensé que iba a echar tanto de menos a mis compañeros»

Llevo esos cuatro días en aislamiento y teletrabajo desde casa. Mi empresa gallega está tomando estas medidas ante el crecimiento de la amenaza del coronavirus y para facilitar la conciliación, ahora que los chavales se han quedado sin colegio. En mi caso he sido el primero por regresar de Roma justo el último día en el que salieron vuelos, de ahí mi condición doble de practicar el aislamiento y el teletrabajo, al estar asintomático.

Como otras compañías, la producción no se puede detener. Como muy bien he leído en las redes y en los grupos de compañeros que ya existen y que están en mi misma situación, los conductores de autobús no podrán hacer su labor desde casa, porque la teletransportación aún no existe y un autocar no se mueve solo. Pero quedarse en casa, si se puede, como medida preventiva es un ejemplo de civismo y es a lo que hay que agarrarse. Llevo 96 horas en teletrabajo, y cuando digo 96 horas es que casi han sido 96 horas. Hay muchos tiempos muertos. Ves series, lees libros. Pero estás siempre conectado al trabajo. En el fondo lo necesitas.

Nunca pensé que iba a echar tanto de menos a mis compañeros. Tengo hasta mono de las vídeoconferencias. Cada vez que convocan una, me pongo contento como un niño al que dejan salir al recreo. La vida al revés. Necesito que me pidan cosas. Que me den órdenes. Estar ocupado. No es que sea adicto al trabajo. Es un mecanismo de defensa. Mientras soy útil a mi empresa de servicios no pienso en el aislamiento.

A veces, como también te pasaba en las jornadas normales en el trabajo, te agotas. Y deseas apagar el ordenador y la conexión. Pero cuando lo haces te entra miedo a que mañana no puedas reconectarte. Somos como ratones que necesitamos correr sobre la noria.

Una persona que normalmente trabaja desde su casa me da un sabio consejo para manejar los tiempos del teletrabajo: «Acuérdate de parar para comer». Es cierto. Llega un momento que sigues y sigues resolviendo dudas y colaborando con lo que puedes que sin darte cuenta la única luz que hay en la habitación es la de la pantalla del ordenador. Te duele el cuello. Tranquilo, no es coronavirus. Son demasiadas horas con el pórtatil y el móvil. Un dolor conocido. Te animas. Casi ha pasado un día más de teletrabajo, o sea, de aislamiento. Te animas más. He ahorrado en gasolina. He ahorrado en peajes. Y, sobre todo, tal y como se está italianizando España: he ahorrado en contactos gratuitos y, probablemente, en salud pública.

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