Dos mundos a 50 metros: el supermercado español, sin productos; el chino, sin gente

Ambos locales tienen alimentos habituales en todas las casas como pasta, legumbres o carne, pero el que regenta una familia asiática no deja de perder clientes mientras su homólogo se queda sin existencias


El pasado lunes, muchos gallegos atendían morbosos a esas imágenes que familiares, amigos o conocidos les hacían llegar vía WhatsApp. Supermercados con baldas arrasadas y carros más rebosantes que cualquier 23 de diciembre se encargaban de llenar el carrete del móvil de escenas apocalípicas. Los comentarios, a 600 kilómetros de la capital, no diferían mucho de los que se repiten cuando uno observa un accidente de tráfico, una foribunda discusión de pareja o cualquier otra especie de mal ajeno del que, cada cual tiende a pesar, se encuentra exento. Bastaron 48 horas. Fue el tiempo que hizo falta para que la psicosis, una vez desatada la locura por el coronavirus en la esquina noroeste peninsular, diera un bofetón a aquellos que desde la silla de su oficina respiraban dos días antes tan tranquilos. El contagio, y no de la enfermedad, si no de la histeria (pese a que desde los supermercados avisaron de que no había problemas de desabastecimiento y de nada servía arrasar con los víveres), llegó hasta Galicia. Y de una forma, en algún caso, no poco llamativa.

El aumento de los casos de infectados en la comunidad gallega sembró el pánico; y con él los arrestos domiciliarios en clave laboral para evitar que el virus campase a sus anchas por centros de trabajo. Antes de que especialistas sanitarios pidiesen a la población que se quedase (en la medida de lo posible) en casa, ya estaban esos muchos que prefirieron curarse en salud a su manera. La imágen que dejaba el Mercadona de la Ronda de Outeiro, en A Coruña, el miércoles a última hora de la tarde, era igualita a esas fotos lejanas de la ciudad del Oso y el Madroño. No había pollo. No había pavo. No había patatas. Ni tampoco cebollas ni ajos. Y con suerte te podías llevar una ensalada preparada. Las conservas aún resistían en las estanterías, pero a tenor del volumen de gente que circulaba por el supermercado, no quedarían muchas, seguro, a la hora del cierre.

Todo el caos y el gentío que pudo verse en uno de los supermercados de referencia de los herculinos no se reflejó, en absoluto, a no más de 50 metros; distancia a la que se encuentra el Supermercado Amigo. Conocidísimo en el barrio de la Sagrada Familia por contar con alimentos asiáticos de todo tipo, también latinos, y esos productos quizás más comunes que en los anteriores en todas las casas gallegas, no tenía diez minutos después de la visita a Mercadona ni un solo cliente. Hubo que esperar al menos lo que se tarda en fumar un pitillo en la puerta para que entrara una pareja. De rasgos asiáticos. En ese momento, una trabajadora del establecimiento, con mascarilla, salió de su ostracismo para indicarle a sus clientes dónde se encontraban los productos que necesitaban. Pagaron. Y de nuevo el supermercado vacío. Pollo, legumbres, arroz, pasta, salsas de todo tipo, verduras y frutas: muchos de los productos que los expertos recomiendan comprar de cara a una posible cuarentena y, sin embargo, ningún interesado. Parece que los prejuicios, y en cierto modo la xenofobia, se han mantenido incluso ahora que parece que el gigante asiático ha logrado controlar el brote. 

En el supermercado chino los trabajadores colgaban este cartel, a través del cual pedían disulpas por trabajar con mascarillas
En el supermercado chino los trabajadores colgaban este cartel, a través del cual pedían disulpas por trabajar con mascarillas

Lo poco que quiso comentar la dependienta del local es que, efectivamente, esta última semana habían notado mucho el descenso en el número de clientes. El goteo empezó desde que a principios de febrero saltase la alarma de la gravedad del coronavirus, donde en su país de origen cada día se disparaban los casos de infectados. Y de muertos. Lo contaba con su cara protegida por una mascarilla quirúrgica (de papel, que solo es útil para evitar el contagio si se tienen síntomas); pero a la pregunta de si el hecho de que tanto ella como su compañero llevasen la cara protegida podía generar cierto nerviosismo, ya no quiso contestar. Con, parece comprensible, cierto hastío. Sí le respondió, sin embargo, al niño de alrededor de seis años que entró en ese momento y le preguntó: «¿Puedes respirar con eso puesto?». Por supuesto podía.

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