Pedro Pagán, relojero: «Esta es una profesión de paciencia»

Heredero de una saga de relojeros que inició su abuelo en 1921 en Murcia, su padre llegó a Vigo en 1952 para emigrar en barco a América, pero mientras esperaba montó un taller; y ya nunca se fue

Pedro Pagán, tercero de una saga de relojeros, trabaja en su taller, donde ya no tiene empleados
Pedro Pagán, tercero de una saga de relojeros, trabaja en su taller, donde ya no tiene empleados

A los 4 años, Pedro Pagán rompió el cristal de un reloj «porque quería andar en las agujas, como papá». Y a los 10, según confiesa, desmontó en casa del abuelo, relojero también, su primer despertador. Se podría decir que ahí comenzó su formación, al lado de dos artesanos, en familia. Le gustaba y adquirió experiencia, pero generacionalmente le pilló el despegue de los ordenadores, y se decantó por una formación profesional que lo llevó a estrenarse laboralmente como profesor de informática y vendedor de Apple.

Su padre, Fulgencio Pagán, con taller en Vigo, llevaba por aquel entonces el servicio técnico de ITR, los relojes de control de IBM, y ofreció a su hijo hacerse cargo de él porque «empezaban a ir conectados a un ordenador», recuerda.

Fue así como Pedro regresó al oficio familiar, aunque admite que no alcanza la profundidad de conocimientos a la que llegaban su abuelo y su padre. «Hoy en día nadie se pone a hacer un eje de volante en el torno», dice como ejemplo de piezas que ya ni los artesanos fabrican. «Cada vez quedamos menos relojeros. Me parece que yo soy el más joven de Vigo», elucubra este vigués de 50 años que explica que su fuerte son los relojes de pared, la «relojería gruesa», subraya. «Hay más de uno y de dos que también saben, pero no creo que pasemos de media decena», advierte.

A pesar de su especialidad, su labor se diversifica por medio mundo. «Ahora estoy con un proyecto para un hospital en Panamá, y he puesto relojes y sistemas desde Puerto Rico a Camerún». Y en toda España, agrega, además de -por supuesto- colocarlos por toda Galicia para industrias, iglesias, ayuntamientos, centros comerciales o bancos. La antigua estación de tren de Vigo y su museo de arte contemporáneo, el mercado de Cangas, las catedrales de Lugo y de Tui, la Escuela Naval Militar de Marín, la Brilat de Pontevedra, el edificio de Correos de A Coruña, la iglesia de Esgos, la sonorización de las campanas de Bastavales y casas consistoriales en las cuatro provincias son algunos ejemplos de su trabajo.

Pero en un momento de la historia en el que casi todo el mundo consulta la hora en el móvil y los más jóvenes no saben leer la hora en una esfera, confiesa que en su día a día le llegan a la tienda taller de la calle María Berdiales de Vigo, sobre todo, clientes que quieren renovar pilas o para arreglar desfeitas de los que creen que su oficio se puede suplir con tutoriales de YouTube, hasta que la lían tanto que tienen que acudir a un profesional. «Queremos todo ya, y esta es una profesión de paciencia, de hacer las cosas con calma». El experto relata cómo la gente se queja con frecuencia del precio de un arreglo de 40 euros porque, dicen, por 20 compran un reloj nuevo.

A Pagán le gustan las comparaciones automovilísticas. «Por 20 te compras un coche, pero no un Ferrari. Si es bueno, merece la pena», arguye para alegar que cualquier servicio técnico de electrodomésticos tiene tarifas mucho más elevadas. «Ahora los relojes son como los coches. Se programan desde el ordenador y desaparecen necesidades que sí había antes, pero siempre requieren un mantenimiento que hay que hacer bien», aduce.

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