Cruzando las aguas más hostiles de la Tierra a bordo del BIO Hespérides

El buque oceanográfico cumple este año un cuarto de siglo viajando por al Polo Sur para apoyar a la comunidad científica

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Cruzando las aguas más hostiles de la Tierra a bordo del BIO Hespérides El buque oceanográfico cumple este año un cuarto de siglo viajando al polo sur

Antártida / La Voz

Para desplazarse por el mar helado de la Antártida, los investigadores españoles cuentan con el soporte del Buque de Investigación Oceanográfico Hespérides, operado por la Armada. Una embarcación cuya historia empieza por su nombre. «Cuando se decidió la construcción, a finales de los años 80, se barajaron varios. Uno era Mar del sur, como se conocía antiguamente al océano Pacífico. Finalmente se optó por Hespérides, que hace referencia a unas ninfas de la mitología griega que cuidaban el jardín de la sabiduría, una alusión directa al CSIC, cuyo símbolo es el árbol del conocimiento», explica el comandante Emilio Regodón.

El barco lleva tres décadas surcando los océanos del planeta y un cuarto de siglo viajando por las gélidas aguas del Polo Sur para apoyar a la campaña antártica española. Este año celebra sus bodas de plata y lo hace con muy buena salud. «Al Hespérides podemos verlo como un Ferrari, antiguo, pero un Ferrari al fin y al cabo. El casco resiste y el interior se ha modernizado notablemente», señala Regodón.

Uno puede perderse por los 83 metros de eslora y 14 de manga tantas veces como quiera. El tamaño equivale a un piso de ocho plantas en el que hay once laboratorios. En total concentra unos 350 metros cuadrados dedicados a la investigación. Por supuesto, también hay espacios para el ocio. Recorriendo sus pasillos resulta fácil encontrarse con salas donde algunos tripulantes dedican su tiempo de descanso a ver una serie o una película.

Una de las salas de trabajo que hay disponible a bordo para los científicos
Una de las salas de trabajo que hay disponible a bordo para los científicos

Neutralidad política

El ambiente a bordo es excelente, al igual que la hospitalidad, tanto por parte de los científicos como del personal de la armada, que nos miman durante nuestra estancia rumbo a la isla Livingston. En el Hespérides gobierna, además, la neutralidad política, uno de los pocos lugares del mundo donde existe este concepto. «No se permite ningún tipo de manifestación política ni falta de respecto a los símbolos. Aquí venimos a navegar y a hacer ciencia», apunta el comandante, que reconoce que viajar por la Antártida representa para él la mezcla de un sueño personal y profesional. «Es de las últimas fronteras que todavía permanecen en la Tierra. Un lugar prístino y razonablemente inalcanzable. Para todos supone un privilegio estar aquí».

Gallegos a bordo

La financiación del BIO Hespérides corre a cargo del Ministerio de Ciencia y la Unidad de Tecnología Marina del CSIC (UTM) se encarga de su logística. Una de sus sedes está en Vigo y, por tanto, resulta habitual cruzarse con gallegos. «Isto é unha marabilla. Aquí ves cousas que non existen en ningún outro lugar. As condicións son duras, pero ao final acábaste adaptando», comenta Gabriel Campos, que acumula seis campañas trabajando en la mecánica que requieren los proyectos. «Nos primeiros anos quedaba abraiado mirando a paisaxe. Agora vir aquí xa o asumo máis coma un traballo, aínda que dende un punto de vista profesional tamén supón unha experiencia única xa que moi pouca xente pode vir ata este lugar do mundo», añade Pirri Delira, un veterano entre la tripulación. «Para chegar á Antártida, antes vas pasando por portos de Brasil, Chile e Arxentina, todos eles moi fermosos. Podo ver mundo grazas ao meu traballo. Logo chegas aquí e te quedas sen palabras para expresar a emoción que se sinte», reconoce Alfonso Caínzos, sargento y contramaestre del buque.

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Xavier Fonseca
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Cangas, 1 de enero del 2020, 04.30 de la madrugada. Pocas horas después de las uvas, arranca el viaje a la Antártida. Una odisea que durará finalmente más de nueve días. El destino es la base científica española Juan Carlos I, situada en la isla Livingston, que forma parte de las Shetland del sur.

Todo comenzó, en realidad, muchos meses antes porque llegar al polo sur no es algo que uno pueda realizar por sí mismo ni contratar en una agencia de viajes, a no ser que se esté dispuesto a pagar 15.000 dólares por una estancia de unos pocos días. Para superar los 60 grados latitud sur hay que acudir al Comité Polar Español, el organismo científico competente que se encarga de seleccionar los proyectos de investigación y divulgación que participan en cada expedición antártica, que este año suma 33 campañas. Aprobadas las propuestas, los candidatos tienen que pasar un exhaustivo reconocimiento médico que incluye todo tipo de pruebas que deben superarse. Si se obtiene el apto médico, llega el carrusel de vacunas: meningitis, hepatitis a y b, gripe y fiebre tifoidea. Superada esta fase hay que empezar con el equipamiento necesario para la aventura. En la Antártida se impone la moda de la cebolla, que es una forma coloquial de decir que siempre hay que llevar encima al menos tres capas, y en función de la temperatura exterior, uno puede ir quitándose o poniéndose. Resulta imprescindible hacerse con unas buenas botas y un abrigo antiviento para combatir la intensa sensación térmica de frío que genera el aire antártico. Durante esta etapa de preparación del viaje uno espera, además, a conocer las fechas de la estancia, siempre entre enero y marzo, durante el verano austral. También saber cuál será la ciudad de salida. Las opciones son Punta Arenas (Chile) por vía aérea hasta la isla Rey Jorge, el lugar donde existe lo más parecido a una pista de aterrizaje en la Antártida o Ushuaia (Argentina) a través del paso de Drake. En este caso será por aire.

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