El Nobel que dio clases en Galicia

John Goodenough, uno de los padres de la batería que se usa en el móvil o en el ordenador, colabora de forma asidua con investigadores gallegos y, a sus 97 años, se convierte en la persona con más años en lograr el galardón


redacción

El nuevo profesor apareció por sorpresa en el aula. Era un hombre alto, de avanzada edad, próximo a los 80 años, embutido en una camisa rosa y pajarita, con pantalones grises y una chaqueta azul que cubría sus anchas espaldas. Con una educación exquisita empezó a impartir la lección a los alumnos. Les habló de que la batería que tenían en sus móviles y en sus ordenadores había nacido de un experimento suyo y de otros colegas a mediados de los años 70. Y empezó a dibujarla con tiza en el encerado. «¡Oh, Dios Mío!», exclamó más de un alumno ante la certeza de que se encontraban ante una eminencia. Pero muy pocos de los alumnos de la asignatura de Ciencias Materiales de la Facultad de Ciencias de la Universidade da Coruña (UDC) podía imaginarse que su inesperado profesor acabaría convirténdose casi veinte años después en el nuevo Premio Nobel de Química. Es el reconocimiento que acaba de recibir John B. Goodenough,  junto con M. Stanley Whittingham y Akira Yoshino, los padres de las baterías de ion de litio que «han revolucionado nuestras vidas desde que llegaron al mercado en 1991», según la Real Academia de Ciencias de Suecia.

«Soy ya muy mayor para que me den el Nobel»

«Lo llevé a clase 2 o tres veces y quedó encantado con los alumnos. Impartió las clases como un profesor más de Ciencias Materiales y fue muy participativo con los alumnos», recuerda la catedrática de Química Inorgánica María Antonia Señarís, que realizó el posdoctorado con una beca Fullbright entre 1993 y 1994 en el laboratorio de Goodenough en la Universidad de Austin (Texas) y con el que aún mantiene una estrecha relación. Tanto ella como Socorro Insua también colaboraron con otro de los galardonados, Stanley Whittingham. Pero lo que ni ella ni nadie entiende es que el Nobel le hubiera llegado tan tarde a Goodenough, cuando desde hace más de 20 años era uno de los principales candidatos. El premio le llegó a los 97 años, con lo que se ha convertido en la persona con más edad en recibir el galardón. «El clamor era tan grande que sería escandaloso que no se lo hubieran dado», asegura Señarís.

Francisco Rivadulla, investigador del Ciqus de la Universidade de Santiago, estaba seguro que este año tocaba. «Tenía el correo de felicitación preparado y nada más oír su nombre en la retransmisión en directo se lo envié. Creo que debí ser el primero en felicitarlo», explica. Rivadulla es un asiduo colaborador de Goodenough, con el que ha participado en 20 artículos científicos, desde que entre los años 2001 y 2003 realizara el posdoctorado en su laboratorio, también con una beca Fullbright. Tal y como era costumbre desde hacía unos años, el científico gallego le envió un correo unos días antes del fallo del Nobel expresándole su convencimiento de que, este año sí, le iban a dar el premio. Pero el químico alemán, que en realidad es matemático de formación y que realizó su tesis en Física, no lo esperaba en absoluto. «Soy ya muy mayor para el Premio Nobel y tengo claro que no me lo van a dar», le contestó. Se equivocó.

«Era de xustiza total que lle deran o Nobel -mantiene Rivadulla- e non so polas baterías de litio, se non tamén por moitos outros traballos que fixo e que tamén merecían o premio. É, con moita diferencia, a persona máis intelixente que coñecín na miña vida e o investigador máis influínte en química do estado sólido da segunda metade do século XX». Aparte de una colaboración científica que aún se mantienen, ambos guardan también una amistad personal. «Cando veu a Santiago estivo na miña casa e todolos anos -dice Rivadulla- envíame unha tarxeta por Navidad, que agora vou ter que gardar porque podo presumir que mas enviou un Nobel».

También mantiene una relación de amistad con el galardonado el catedrático de Electromagnetismo José Rivas, que fue el padrino de Goodenough cuando tomó posesión como doctor Honoris Causa por la Universidade de Santiago el 5 de abril del 2002. No fue, ni mucho menos, la única vez que el premiado visitó Galicia. Lo hizo en varias ocasiones, tanto a Santiago, sobre todo, como A Coruña, tanto para asistir a cursos, seminarios como para impartir conferencias. Es, probablemente, el Nobel que más contacto ha tenido con Galicia y que más ha colaborado con los investigadores gallegos. Y siempre, en todos los casos, mostró un especial interés en tratar con los alumnos. «Cuando Manuel Andujar, ahora profesor en la UDC, estaba haciendo la tesis Goodenough quiso pararse con él y le ofreció un montón de ideas que fueron cruciales para su trabajo», relata María Antonia Señarís.

«Aos seus 97 anos segue a traballar como o primeiro día e recordo que cando viña a Santiago tamén se quedaba a traballar o domingo. É unha auténtica autoridade mundial, e o que non entendo é porque non lle deron antes o Nobel. Quizás porque para os físicos era un químico e para os químicos un matemático, aínda que en realidade era matemático», expone José Rivas, quien no tiene dudas de que se trata de un reconocimiento «moito máis que merecido». Señarís tiene otra visión sobre tan tardío reconocimiento: «No es -dice- una persona políticamente correcta, no le gusta trabajar en lobbys. Es un verso suelto que hace lo que quiere».

Tanto Rivas como Jorge Mira, también catedrático de Electromagnetismo, realizaron trabajos junto con él. «Uns cuantos investigadores galegos podemos presumir agora que fixemos traballos co Nobel Goodenough», destaca Mira quien, en su calidad de promotor del programa ConCiencia, confía en poder traerlo de nuevo a Santiago. Esta vez ya distinguido con el mayor reconocimiento científico. «Aínda que ten 97 anos sigue en activo, polo que esperamos que se anime», apunta Mira. Sería como regresar a su casa.

Las carcajadas de un sabio

«A verdade -advierte Rivadulla con sorna- é que agora xa non traballa tanto. Hai pouco tivo problemas con unha perna e agora xa descansa as fines de semana». Ya no mantiene el ritmo de hace años, cuando «era el primer en llegar al laboratorio y el último en salir y siempre tenía tiempo para los estudiantes», recuerda Señarís. Goodenough, con problemas de cadera, ya no podrá cumplir con una de sus aficiones: bailar. Pero sí conserva su optimismo y su buen humor. Sus estruendosas carcajadas, que chocan con sus modales de gentleman, «se oyen a varios kilómetros», según recuerda Señarís. En esta ocasión lo han oído hasta en la Real Academia Sueca de Estocolmo.

El jurado del Nobel reconoce tanto a Goodenough como a Whttingham y Yoshino por sus  «importantes descubrimientos» por separado, aunque todos ellos juntos fueron los que dieron lugar a la actual batería de iones de litio, que «en cierto sentido ha servido para hacer el mundo recargable».

Wittingham construyó la primera batería de litio funcional a principios de la década de 1970, aprovechando el impulso de ese elemento químico para liberar su electrón exterior, aunque tenía un problema importante: explotaba. Incluso, ante el fracaso, estuvieron a punto de cerrar su laboratorio. Fue entonces cuando John Goodenough retomó el proyecto y cambio de planteamiento. Creía que el potencial del cátodo de la batería podía multiplicarse si en vez del sulfuro se usaba un óxido metálico en lugar de sulfuro metálico. Tras probar diversos materiales, en 1980 demostró que el oxido de cobalto con iones de litio intercalados producía hasta cuatro voltios. «Este fue un avance importante que conduciría a baterías mucho más potentes», explica la Academia Sueca en un comunicado.

 Más tarde, Akira Yoshino creó la primera batería de iones de litio viable comercialmente. Eliminó el litio puro para sustituirlos por iones de litio, más seguros. Pero los tres son los padres de las baterías del móvil o de los ordenadores portátiles. Las mismas que también pueden utilizarse para recargar el coche eléctrico o para almacenar cantidades significativas de energía solar y eólica.

Nobel de Química para John B. Goodenough Stanley Whittingham y Akira Yoshino, padres de la batería de litio recargable

la voz

Sus aportaciones revolucionaron el mundo de la tecnología de uso masivo, como los teléfonos móviles

El alemán John B. Goodenough, el británico Stanley Whittingham y el japonés Akira Yoshino son los ganadores del Nobel de Química 2019 por el desarrollo de las baterías de ion-litio, anunció hoy la Real Academia de las Ciencias Sueca. El anuncio es el tercero en la ronda de estos prestigiosos galardones, tras haberse dado a conocer el de Medicina y el de Física, el lunes y el martes, y a la espera de los de Literatura, la Paz y Economía, en los próximos días. 

Las baterías de ion litio, que ofrecen un alto rendimiento y hoy son de uso común en la industria electrónica de gran consumo, fueron propuestas por primera vez por M.S. Whittingham, químico inglés actualmente en la Universidad de Binghamton. Whittingham utilizó sulfuro de titanio y metal de litio como electrodos.

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