Noemí López Trujillo retrata a las mujeres de entre 25 y 35 años: «A lo mejor, nuestra mili es la crisis»

«El vientre vacío», sin querer, es un libro generacional que habla de cómo la precariedad atraviesa la maternidad


santiago / la voz

Noemí López Trujillo se leyó a sí misma en las ideas que Silvia Naclares derrama en Quién quiere ser madre. No inyectan en ella ninguna idea nueva, pero las palabras, de pronto, se vuelven espejos. Quizá, en un gesto inconsciente, en esa lectura refleja se haya llevado la mano al vientre, del que no han nacido hijos todavía, pero sí un relato al mismo tiempo desgarrador y balsámico. Lo ha gestado en El vientre vacío (Capitán Swing), un montoncito de reflejos hechos prosa de una generación en la cuerda floja. Trapecistas de entre 25 y 35 años.

 «Me sentí identificada». Se identificó en el relato de la precariedad laboral, en la obligación que sentirse agradecida por tener un trabajo, cualquier trabajo. En los diminutos sueldos con propiedades elásticas. Y en la perplejidad ante el falso relato, ante «toda esta ficción que nos han contado de la clase media y el ascensor social». Asomada al abismo de la treintena, se sintió identificada con ese eterno aplazamiento, «como que cada vez que daba un paso, retrocedía dos. Y esa idea me aterrorizó». Ella también es parte de una generación preparada. Siempre preparada para salir corriendo al siguiente trabajo, al siguiente piso. A la siguiente cola del paro. ¿Cómo encaja ser madre en todo esto?

-Fue algo sin intención de que otras mujeres se sintiesen reflejadas ni de hacer algo generacional.

-Pues ha quedado un libro muy generacional.

Porque El vientre vacío, que hoy sale a la venta, nació como una carta desde el pasado a la periodista del futuro. A la Noemí de después del aplazamiento. Un diario subjetivo de los años precarios. Palabras furiosas sobre una realidad oculta a plena vista: el retraso de la maternidad es una consecuencia de la crisis. «El marco siempre era el eje político izquierda-derecha, la crisis o la precariedad, pero nunca es la maternidad o la imposibilidad de la maternidad. Y yo quería crear un nuevo marco».

 Un marco en el que por fin soltar con sorna un «nos encantaría, pero no podemos» a todos esos análisis superficiales y apocalípticos sobre el invierno demográfico. El debate empieza a emerger y también las estadísticas: la generación trapecista no tiene hijos porque no tiene futuro. Ni trabajo. «Pero quizá el debate no se está enfocando bien, porque no son solo las causas». Son también las consecuencias de una maternidad robada por el tiempo. O por su ausencia. Por el dinero. Sobre todo por la falta de dinero.

«Nos falta disputar el propio concepto de la maternidad». No es solo la cuestión de que queremos tener hijos. Es cómo queremos tenerlos. «¿Queremos tener hijos a los 40 con tratamientos de fertilidad que solo se puedan costear unas pocas? ¿O queremos una maternidad que podamos asumir desde la juventud?»

«La sociedad te invita a que tu cuerpo sea una fábrica de mano de obra pero por otro lado se te cuestiona desde un montón de ángulos: la edad, la cuestiones materiales, el sacrificio de la carrera». La idea imperante de maternidad ha quedado obsoleta. «Los estilos de vida y nuestras necesidades y expectativas han cambiado y por tanto la maternidad tiene que cambiar».

«No se habla de la infelicidad de querer llevar adelante un proyecto vital y no poder, del bajo índice de bienestar social». De la empresa privada que ha capitalizado «de manera brutal» ese deseo siempre postergado. Del terror irracional a ser estéril. A que llegado el momento, sea demasiado tarde. Y el cuerpo ya no responde.

No se habla de esa «disciplina muy bien pensada y muy inteligente» para hacer mirar hacia abajo. Hacia atrás. Siempre hay gente que está peor. Mira a tus padres, que no pudieron estudiar. Y tú sí pudiste. La mirada nunca se dirige «hacia lugares que puedan cuestionar el propio sistema». En vez estallar las costuras, hay que intentar encajar en esta estructura de porvenires famélicos.

 La generación blandita

«Sí, la generación blandita». Esta cohorte atravesada por la precariedad todavía guarda un minuto para la risa. Incluso de esa «imposición caricaturesca externa de que somos blanditos, que siempre nos estamos quejando». De que no queremos crecer. Los eternos adolescentes sin casa, ni familia, ni contrato. La generación blandita. Blandita porque no ha pasado una guerra. Ni una dictadura. Esta es la generación que no ha hecho la mili. «Pero es que en la línea temporal, el siguiente gran evento que marca a nivel social, político, económico, es la crisis. A lo mejor nuestra mili es la crisis. Puestos a comprar ese marco de pensamiento, que no me gusta, es que estamos intentando sobrevivir a una crisis».

«Dar la teta en público es un acto político»

Tamara Montero

Esther Vivas viene a conciliar, en este caso feminismo y maternidad. «Mamá desobediente» es un libro que reinvidica la necesidad de acabar con las tensiones históricas entre el movimiento feminista y el hecho de ser madre

¿Cómo es una madre feminista? Esther Vivas (Sabadell, 1975) lo contesta con dos palabras, las que dan título su libro: Mamá desobediente (Capitán Swing), una llamada a la reflexión y a la transgresión de los dos únicos modelos de maternidad que se presentan: la abnegada y la neoliberal.

-Pues eso. ¿Cómo es una madre feminista?

-Una maternidad feminista significa rebelarse contra estas maternidades impuestas y reivindicar la maternidad sin idealizaciones, poder vivir la experiencia materna al margen de las imposiciones del sistema.

-Este libro es una llamada la conciliación, en este caso entre el feminismo y la maternidad, que tienen una relación complicada.

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