El niño de Siberia que se enamoró de Galicia

Una pareja de Maceda dio el primer paso para acoger críos afectados por la radiactividad de Chernóbil


ourense / la voz

A María Fernández, vecina de Maceda, la conocen como la señora María. Podría sonar aristocrático, pero nada más lejos de la realidad. Ante la llegada de las cámaras, rehúye el protagonismo y explica que «eu sempre quixen facer as cousas con humildade e sen dicilas en voz alta». Quizá porque ni siquiera ahora es consciente de que, en su momento, puso el embrión de la solidaridad con los niños de Chernóbil que hizo crecer en Galicia la asociación Ledicia Cativa. En el año 1993, y por medio de un matrimonio cántabro que había explorado la opción de acoger a niños rusos en riesgo de exclusión social, María y su marido, Eustaquio, dieron el paso. Y se encontraron con Fansel.

«Ese neno si que foi un mártir», dice María. Fansel Khiretdinov llegó, con seis años, de un orfanato en la ciudad siberiana de Nijnévatorsk. Un crío de tez morena, de la estepa y con cara de pillo. Pero también lleno de miedo. «Era o pequeno de catro irmáns e a nai cebábase con el, tiña queimaduras na cabeza e o pai, cando os deixou a todos no orfanato, foise con outra muller que tiña tres fillos», recuerda María. Tanto ella como su hija, Mari Mar, tienen grabado cómo tras llegar al aeropuerto de Barajas e ir a su encuentro en Palencia, el niño se pasó todo el viaje hacia Galicia en silencio.

Hubo una transición de cerca de cuatro días hasta que se rompió el hielo. El niño rechazaba acercarse a la ducha y solo Pepe, el marido de Mari Mar, dio con la tecla. «Le traía comida del huerto a diario y, poco a poco, logró que se metiese en la bañera porque Pepe lo hacía antes. Creemos que en el orfanato sufrían algún tipo de castigo en ellas», reflexiona.

Una vida paralela en Galicia

Juan Conde, antiguo presidente de la organización Ledicia Cativa, cuenta que antes de expandir su actividad a las cuatro provincias gallegas, solo en Ourense llegó a haber 43 niños durante el mismo año. Algunos venían directamente de zonas próximas a Chernóbil, pero la radiactividad tras la explosión del reactor nuclear fue mucho más allá de Ucrania y Bielorrusia, por lo que niños como Fansel venían con problemas derivados del incidente. «Al principio, cuando hacía pis, el color llegaba a parecerse más al del coñac», ilustra María. Galicia, en cierta forma, fue un antídoto temporal para mitigar su dolor. A menudo, físico. Casi siempre, unido a lo psicológico. «Nos decían los médicos que dos meses de estancia aquí podían servirles para alargar su vida dos años más», expone Conde.

María despliega sobre la mesa de su salita de estar un álbum y varias fotos en las que, entre Eustaquio, ella misma y el resto de la familia, aparece Fansel sonriendo y enfrentándose a sus primeras experiencias en una piscina. «Moito do que se atopou era novo para el. Non coñecía o leite. Co tempo, contounos que cando tiñan un almorzo -e non era sempre- consistía en mondas das mazás fervidas en auga», revela María. Su hija recuerda con nitidez que alguna vez guardaba trozos de pan bajo la almohada: «Los traductores que venían con ellos desde Moscú nos explicaban que ellos sabían que ese día podían tener comida, pero que al volver a su casa quizá no».

El rastro de Fansel se pierde en las redes sociales, con una cuenta no activa desde el 2015

La familia de María acogió a Fansel hasta los 17 años, siempre en Navidad, Semana Santa y los meses de verano. «A semente de todo isto que fixo Ledicia Cativa é ela», señala Juan Conde, que consiguió tiempo después que algún ayuntamiento e incluso la Xunta les echasen una mano para fletar un autobús e ir a recoger a los niños. María, mientras tanto, se quita méritos y alude a que su solidaridad incondicional se trata de una tradición familiar: «Ensináronmo os meus pais. Do que tiñamos, había que repartir. Non do que sobraba». Esa filosofía de vida arraigó en Fansel, que intuyó en María y Eustaquio el tipo de padres que el azar le había robado.

Una promesa por cumplir

De Fansel, que a finales de agosto cumpliría 32 años, no saben si está vivo o muerto. El adiós al orfanato era definitivo con la mayoría de edad y tanto Juan como María encontraron un rastro en las redes sociales que se perdió en el año 2015. Antes de irse, Fansel había prometido que «voltaría para coidar de todos os membros da familia», dice María. Su plan pasaba por conseguir algún tipo de transporte o incluso hacer dedo desde Rusia hasta España, sin desfallecer.

«Fansel tiña moitas ilusións, e unha delas era converterse en tradutor. De feito, ó tempo de chegar xa falaba algunhas palabras en galego», cuenta María. Su relato, plagado de nostalgia, habla también de maletas llenas. Las que portaba el niño al irse de vuelta a Rusia, con ropa y algún reloj que, al regresar, ya no tenía. «Sospeitamos que o pai ía ó orfanato e llo roubaba. Porque Fansel contaba que nos mandaba cartas tódolos meses, dáballas xunto cun diñeiro para remitilas e nunca chegou ningunha. Cremos que o pai llas retiña», dice.

La organización Ledicia Cativa tiene presencia en las cuatro provincias de la comunidad

Pero la historia de Fansel también es la del forastero que encuentra en Galicia su paz en el camino. Cuando se acercaban las fechas de su partida, la familia percibía que el niño perdía las ganas de comer. El estómago se le cerraba por la pena del adiós. Y él, quizá por la inocencia de la edad y su instinto de supervivencia, trazaba un plan rocambolesco para quedarse: excavar un hoyo en el jardín de la finca, esconderse debajo y, con una pajita, coger aire de la superficie. «Dicíame: ‘Yo no quiero que te lleven a la cárcel, pero podemos hacer eso cuando vengan a buscarme’», narra.

Juan Conde, que aún mantiene contactos en Moscú para buscar su paradero, no pierde la esperanza pese a que el paso del tiempo y la incertidumbre de qué camino tomó se pierden en un limbo de casi quince años. María, en un gesto inconsciente, se despedía de él dando un beso a una de las fotos dispersadas por la mesa, como si retornase por un momento a otro pasado, a uno mejor. «Canto daría por saber novamente algo de el», concluía.

De Skopje a A Coruña: los niños del vuelo «Torre de Hércules», 25 años después

Pablo Varela / Raquel Pérez / C.R.
Amar Basic Ratkusic
Amar Basic Ratkusic

Amar Basic y Sabrina Djogo aterrizaron con sus familias en Lavacolla para dejar atrás la guerra de Yugoslavia

«No saben ni dónde se encuentran», resumía la esposa de Vlado Gudelj. Era el 1 de diciembre de 1992, y en Lavacolla, varios deportistas de la antigua Yugoslavia con hogar en Galicia abrían las puertas a 159 refugiados bosnios que huyeron de la guerra tras coger un vuelo desde el aeropuerto de Skopje. De ese segundo grupo que llegaba a tierras españolas desde el inicio del conflicto, el 60 % de los integrantes eran niños. Porque ese fue uno de los baremos que establecieron las autoridades receptoras: dar prioridad a las familias con hijos.

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