Un paseo por o Camiño da Auga, en el parque de Corrubedo

Te ofrecemos una guía para visitar los puntos más destacados de esta espectacular ruta


El parque natural de Corrubedo ofrece varias rutas. Todas, fáciles. Y algunas, de poco más de un kilómetro. La llamada Camiño da Auga es algo más larga y va a ocupar un par de horas escasas, tiempo que se puede prolongar lo que uno quiera porque motivos para ello sobran.

El inicio se fija casi al fondo del aparcamiento con restaurante que se extiende a un centenar de metros del centro de recepción de visitantes (por cierto, excelentes profesionales dando muy abundante información). Un panel (1) anima a comenzar la marcha por un sendero que rápidamente se va a ensanchar.

La ruta está balizada. En algún punto falta el número de la baliza, pero en general la pérdida no es fácil porque han colocado otros indicadores con flechas que indican la dirección a seguir. Cierto es que en un par de lugares surge la duda, pero sin más trascendencia. Para animar aún más, la ruta comienza en suave y prolongado descenso.

Por supuesto, presume de limpieza excepto cuando se llega al desagüe de la laguna de Vixán -bosque de juncos maravilloso- (2), ya que el mar arrastra variados objetos que los humanos arrojaron previa a impunemente a un Atlántico que no, no puede con todo.

Vegetación y calor

La vegetación, baja y adaptada al aire siempre salino que inunda ese paisaje formado hace unos 15.000 años, ignora lo que es la sombra, de manera que no resulta recomendable ir en días de mucho calor (aunque apuntar esto en el actual verano entra en el terreno de la involuntaria ironía).

Una vez que se llega al mencionado canal de desagüe procede dar marcha atrás… salvo que el viajero, en vez de conformarse con ir hacia los juncos y en las charcas admirarse al ver cientos de ranas (4), decida cruzar ese canal ahora seco y buscar en la otra orilla un sendero que le conducirá a una elevación (3). No es natural, sino que se trata de una doble muralla. En efecto, eso es un castro, excavado a finales del siglo XX en un trozo muy pequeño precisamente de la muralla. El nombre del enclave: castro de Porto de Baixo.

Olvídese de ir al observatorio de aves, porque es complicado (se accede desde una carretera asfaltada). Al regreso, al ganar la baliza 8 (5), hay que ir pegados a un muro de los que ya no se levantan, una muestra de la arquitectura tradicional. Ahí espera una subida que remata en una pista de deporte (6). Tómese a la derecha para descender hasta dos molinos restaurados, los de Amendo (7).

De vuelta a la mencionada pista, en todo momento hay que dejarla a la izquierda. Una baliza invita a coger a la mano contraria por un sendero bastante invadido por la vegetación -claramente, necesita un corte-. Unos minutos después el caminante está de nuevo en el aparcamiento del que había partido.

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