Cuando Meryl Streep aceptó protagonizar la segunda temporada de Big Little Lies lo hizo movida por la admiración. La primera parte había sido para la megastrella lo mejor que se había hecho en televisión, así que se embarcó en el personaje de suegra odiosa y entrometida que afronta el drama de perder a un hijo. Tal vez hoy no siga pensando lo mismo acerca de la serie que se había convertido en uno de los ganchos más atractivos de HBO y ahora parece despeñarse como las mentiras de sus protagonistas. Ella, sus gestos y su duelo interpretativo con Nicole Kidman en torno a la maternidad y los malos tratos constituyen lo mejor de los nuevos episodios, casi lo único que los separa de un telefilme de frialdad convencional con pretensiones narrativas, actrices supremas y casas de lujo. El personaje de Streep, que va por la vida repartiendo mandobles, solo se aleja de un maniqueísmo casi cómico por un giro que le confiere aristas que apenas asoman en muchos de los personajes. El drama marital de Madeline no logra despertar empatía y los poderes sobrenaturales de Bonnie alcanzan el delirio. Solo la ambiciosa Renata, asolada por una bancarrota económica y personal, conserva algún diálogo memorable como ese en el que sentencia: «¡No pienso no ser rica!». El espíritu de las cinco de Monterrey necesita enderezarse para tener futuro.

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«Big Little Lies», así no