Los infartos de personas que viven en concellos pobres son el doble de graves

Una tesis apunta a causas económicas en la letalidad de los ataques al corazón en las dos provincias del sur de Galicia


Vigo / la voz

La gravedad de un infarto no es solo una cuestión clínica. También influye la economía. La cardióloga Mari Carmen Basalo ha demostrado en su tesis doctoral que las personas que viven en ayuntamientos con menor PIB sufren infartos más graves y mueren más, y estos datos no están condicionados ni por la edad ni por los antecedentes médicos.

En Galicia, los hospitales de Vigo, Santiago y A Coruña se reparten la atención urgente a la mayoría de los infartos. Basalo estudió todos los que llegaron a Vigo en los años 2012 y 2013, en los que ella era residente en el Chuvi. Fueron 750 casos procedentes de las provincias de Pontevedra y Ourense a los que se les hizo una angioplastia: una intervención por catéter. Estudió dónde vivía cada paciente e hizo dos clasificaciones de los municipios. Una tenía en cuenta aspectos demográficos, como la edad media del concello o el índice de envejecimiento, además de la cercanía o lejanía del hospital de referencia. La otra clasificación era puramente económica: el PIB per cápita de cada ayuntamiento.

Estableció tres zonas con la clasificación demográfica. Entre ellas no había diferencias significativas en cuanto a gravedad del infarto o la mortalidad. Tampoco en cuanto a antecedentes.

Estableció otras tres zonas con el índice económico. Y aquí se encontró que mientras los concellos pertenecientes a los dos grupos más ricos tenían resultados similares, los pacientes procedentes de algún municipio incluido en el grupo más desfavorecido sufrían infartos con el doble de gravedad y morían el doble.

Para medir la gravedad se utilizan diferentes parámetros. Uno se llama fracción de eyección del ventrículo izquierdo (FEVI), que mide la fuerza que tiene el corazón para bombear la sangre que tiene dentro. Si el ventrículo izquierdo expulsa más del 55 % de la sangre se considera normal. Si está por debajo del 30 % se considera gravemente deprimido. En el grupo de ayuntamientos más ricos, solo un 7,9 % de los enfermos que llegaron al hospital tenían una FEVI gravemente deprimida. En el grupo de municipios más pobres, era del 16,5 %. Más del doble. Solo es atribuible a cuestiones económicas.

Hay otro parámetro para la gravedad, que es la llamada clasificación de Killip. Son cuatro grados. A partir del II ya se considera moderado. El 75 % de los infartos son Killip I, que se consideran no complicados. Cuando se analizan los concellos de procedencia de los pacientes se ve que en las áreas más ricas los infartos con Killip II, III o IV son un 22 %. En el área más pobre son el 31 %. De nuevo, más pobreza, ataques al corazón más graves.

En la mortalidad ocurre lo mismo. La doctora Basalo hizo un seguimiento de los pacientes a cuatro años. Desde el punto de vista demográfico, había variaciones mínimas. Sin embargo, al analizar la situación económica detectó que en las dos áreas más favorecidas habían muerto el 14 % de los enfermos antes de cuatro años; en la más pobre, el 28 %. De nuevo, el doble.

Hipótesis

¿Por qué ocurre todo esto? Solo hay hipótesis. «Hay estudios en otros lugares que apuntan a que los pacientes tienen enfermedades coronarias peores, con las arterias coronarias más degeneradas», apunta la médica. Esto no se sabe hasta que sufren el infarto. «Otra opción es que en los lugares más desfavorecidos se lleven hábitos de vida menos saludables. Yo no los encontré [en las historias clínicas], pero igual no estaban diagnosticados». «Otra hipótesis es que los peores indicadores socioeconómicos se asocian con peor adherencia al tratamiento [la gente no sigue la medicación], que pueden ser por el coste de los fármacos».

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Más de un millón de españoles que han sufrido un infarto están tomando medicamentos de por vida que probablemente no necesiten. Son los fármacos betabloqueantes, que se prescriben de manera casi universal una vez que los pacientes han sido dado de altas. Desde que surgieron hace alrededor de cuarenta años han contribuido a salvar miles de vida y reducido la mortalidad de forma notable, pero hoy en día su utilidad se ha puesto en duda con la introducción de nuevas prácticas clínicas que reducen de forma significativa el daño en el corazón.

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El hecho de que la clasificación demográfica de los ayuntamientos no sea tan determinante como la económica a la hora de medir la gravedad de los infartos no quiere decir que su estudio no aporte valor. Todo lo contrario. La cardióloga resalta un dato: aquellas personas que viven en zonas con peores datos demográficos tardan en consultar más que el resto. Y cuando lo hacen, contactan menos con el sistema sanitario a través del 061. Más bien, suelen acudir al médico por sus propios medios, a pesar de que en Galicia existe desde el año 2005 el programa Progaliam para la atención rápida del infarto, el primero que se implantó en España en una comunidad con más de una provincia. El tiempo de isquemia, o sea, con el riego sanguíneo cortado, se puede acortar hasta un 30 % siguiendo el contacto con el 061.

«Esto permite detectar en qué municipios sería más rentable y tendría más impacto hacer una intervención en salud en la población explicándoles autocuidados, cuáles son los síntomas del infarto agudo de miocardio y cómo contactar de forma efectiva con los servicios de emergencia», dice Basalo. Su tesis fue presentada en la Universidad de Santiago y dirigida por el profesor José Ramón Fernández Lorenzo. «Lo que más vidas ha salvado a lo largo de la historia es la medicina preventiva», subraya la cardióloga, que ahora trabaja en el Hospital Povisa.

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