Así llegamos a la Luna: El día en el que la humanidad dio el salto

El 20 de julio del año 1969, hace cincuenta años, dos astronautas de la misión Apollo 11, Armstrong y Aldrin, pisaron la Luna


A comienzos de la década de los cincuenta, la comunidad internacional se reunió para declarar que 1957 sería el Año Geofísico Mundial. Los países acordaron investigar la Tierra desde el exterior. En plena Guerra Fría, Estados Unidos usó toda la maquinaria propagandística para promocionar el Vanguard, su programa para crear el primer satélite. Los soviéticos fueron mucho más discretos. Por eso, cuando en octubre de 1957 la URSS puso en órbita el Sputnik, los americanos entraron en pánico. Nadie lo esperaba. Aún tendrían que soportar dos humillaciones más: ver por televisión cómo los soviéticos llevaban al espacio al primer ser vivo, la perra Laika, y a un hombre, Yuri Gagarin, en abril de 1961.

Kennedy preguntó entonces a sus asesores qué podían hacer solo ellos. Le respondieron «ir a la Luna». «Tenía todo el sentido que apuntaran al satélite natural, el cuerpo más grande y que nos ha fascinado desde los albores de la humanidad», confiesa Eva Villaver, autora de Las mil caras de la Luna.

El 16 de julio de 1969, los astronautas del Apolo 11 partieron desde Cabo Kennedy para cumplir con el sueño del presidente asesinado. El destino fijado por Armstrong, Aldrin y Collins era el mar de la Tranquilidad, en la Luna. El viaje duró cuatro días y fue un éxito en cada una de las etapas. También hubo momentos de mucha tensión. «Cuando llegaron a la Luna tuvieron que frenar para evitar entrar en una órbita de retorno y el módulo Eagle terminó desviándose del lugar de aterrizaje previsto», explica Eduardo García, ingeniero de la Nasa que acaba de publicar el libro Apollo 11.

Pero a pesar de las dificultades, Armstrong ejecutó el aterrizaje más suave de todas las misiones, demostrando sus dotes de gran piloto. Una vez apagados los motores, la orden desde Houston era permanecer en el interior y que durmieran, algo que no hicieron. «En las siguientes dos horas dejaron la nave lista para abandonar la superficie y se pusieron los trajes», apunta García. «Armstrong salió el primero por varios motivos: era comandante y civil pero sobre todo por una cuestión técnica. La puerta se abría hacia la derecha y era el único que podía abandonar el módulo sin problema», apunta el ingeniero y divulgador científico Rafael Clemente.

El regreso de la nave a la Tierra también fue accidentado. Una tormenta tropical se estaba formando sobre el Pacífico y obligó a la NASA a modificar el plan de vuelo. «Se vieron obligados a ejecutar una reentrada de rebote, algo parecido a cuando tiras un canto rodado en un lago. Primero bota y después ya se introduce en el interior. Collins era el encargado de la entrada atmosférica. Había sido instruido por si Aldrin y Armstrong fallecían en la Luna,al menos él pudiese regresar. Sin embargo, no tenía experiencia en este tipo de entradas de rebote y realmente tuvo que aprender a realizar la maniobra sobre la marcha», asegura Eduardo. 

¿A qué huele la Luna? Así lo describieron los astronautas

Antes de que Armstrong pusiera un pie en la superficie lunar arrojó una bolsa de basura al suelo

El aterrizaje del Eagle fue tan suave que los amortiguadores no se hundieron del todo. «La escalera quedó a medio metro del suelo y Armstrong tuvo que dar un salto importante», asegura Clemente, autor de Un pequeño paso para (un) hombre. El artículo entre paréntesis matiza algo sobre la frase más famosa de la historia. «En la retransmisión no se aprecia muy bien pero dijo «este es un pequeño para un hombre y un gran salto para la humanidad». La preparó con antelación. Unos meses antes le preguntó a su hermano qué le parecía la cita», sostiene.

Sin embargo, antes incluso de que el comandante dejase su huella en la superficie, un objeto tocó el suelo, la basura. «Durante el descenso Aldrin le pasó a Armstrong una bolsa de desperdicios, que llevaba manuales, plásticos y restos de alimentos. Armstrong la escondió debajo del módulo lunar», comenta Rafael.

El tiempo de actividad extravehicular duró 2 horas 31 minutos y 40 segundos. «Magnífica desolación», dijo Aldrin sobre el paisaje que tenía en frente. A continuación comenzó a realizar uno de los experimentos que tenía previsto, describir la gravedad lunar. «Debía probar las tres maneras de caminar con aquel peso de unos cuarenta kilos a la espalda; paso a paso, balanceándose de lado a lado y saltando con los pies juntos y determinar cuál era la mejor forma para moverse. Al final hacía lo que podía». También instaló el reflector que sigue funcionando a día de hoy y que sirve para medir la distancia entre la Tierra y la Luna. 

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Por su parte, Armstrong lo graba todo. Se encargó también de instalar una placa. «Aquí hombres de la Tierra aterrizaron en la Luna. Venimos en paz en nombre de la humanidad». Y la bandera, lo cual no resultó tan fácil. «Eran incapaces de clavarla. El asta tenía una punta de acero y se caía. Todo esto en directo. Finalmente consiguieron estabilizarla pero cuando el módulo despegó, Aldrin comprobó por la ventana que el arranque de los motores había tirado otra vez la bandera», subraya Eduardo. De regreso al módulo principal Columbia, donde esperaba Collins, percibieron un aroma nuevo. «Lo describieron como algo que no era demasiado intenso y que se parecía a la pólvora, como el que queda después de una exhibición de fuegos artificiales», comenta García. Era el olor de la Luna.

Doce años seducidos por la Luna

ÓSCAR AYERRA

Hace 50 años, el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong dejaba la primera huella en la Luna, coronando así un enfrentamiento entre dos superpotencias surgido tras la Segunda Guerra Mundial

Con la Guerra Fría como tapiz de fondo, la idea de llevar el hombre a la Luna y traerlo de nuevo a casa, profetizado en 1961 por el presidente Kennedy, aceleró una competición que había comenzado cuando el Spuknit 1 ruso llegó al espacio en 1957. Sin embargo esta disputa venía de más atrás. En 1946, la creación del programa de ensayos nucleares americano hizo que la antigua Unión Soviética tomase cartas en el asunto. Así comenzaba una competencia en armamento nuclear como método disuasorio frente al enemigo.

Las bombas americanas en comparación con las rusas resultaban mucho más eficientes y ligeras, cientos de kilos frente a las soviéticas, de varias toneladas de peso. Esta desventaja obligaba a los científicos rusos a desarrollar unos cohetes portadores de bombas de mayor capacidad de elevación y mayor potencia de traslado. Tras la muerte de Stalin, en 1953, los soviéticos se embarcaron en la construcción de un misil intercontinental capaz de transportar una cabeza nuclear de 5 toneladas hasta suelo estadounidense. El proyecto vio la luz con la serie de cohetes Semyorka, más grandes, pesados y potentes que los americanos.

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