La voz íntima de Rosa Cedrón, con el sonido de un teclado como única compañía, imbuyó de un espíritu mágico ese círculo imperfecto donde Sabucedo revive el rito ancestral de la rapa. Un hechizo especial invadía el curro, se posaba sobre la arena aún sin remover, sobre un cielo grisáceo que permeaba una luz singular sobre las 1.800 personas encasilladas en un puzle multicolor de donde surgieron aplausos y más de algún grito asustado porque la de rapa de ayer dejó un parte de lesiones casi pamplonica, aunque en esta idílica aldea de A Estrada honran a San Lourenzo y no al tal Fermín.

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Rapa das bestas de Sabucedo Los aloitadores demostraron su fortaleza en el segundo curro

La expectación entre el público crecía al ritmo del presentador, dispuesto a cubrir el hueco provocado por O Raio. Un garañón eléctrico, vigoroso, puro músculo y dientes dispuestos a rendir cualquier intento de rebeldía en la manada. Siempre esquivo, por primera vez se logró bajarlo de los montes donde campa a sus anchas todo el año. La besta se hizo de rogar para sacarla de su cierre exclusivo, antes de conducirla con el resto desde Cataroi hasta el curro. Entraron con 25 minutos de retraso entre un silencio sepulcral en las gradas.

Tocaba retirar a los potrillos, con chavales de la aldea sumándose ya a esa herencia repleta de orgullo, que pasa de generación en generación, de amor por los caballos, de respeto fraternal donde solo la fuerza de la mente desequilibra la balanza de poderes entre humano y animal. Salían entonces los aloitadores a la arena, entre aplausos. Y el ojo estaba puesto en O Raio. Hacia él se dirigieron con paso firme, entre relinchos y cachetes en las grupas de quienes estorbaban para saltarle a las crines. Altivo, inteligente, los segundos pasaban con las gradas conteniendo el aliento. Logró zafarse de alguna primera arremetida antes de quedar paralizado en esa coreografía que siempre sorprende, sea la primera o se acumulen decenas de rapas en la mirada. Una tenaza perfecta sobre la testuz, ojos tapados y otro aloitador refrenando al equino por la cola antes de desparasitarlo y cortarle las sedas, recogidas para convertirlas en brochas de afeitar en una suerte de economía circular sostenible.

En perfecta y vívida sincronía estos guerreros en vaqueros viejos y camiseta raída se iban lanzando con valentía sobre las bestas, entre los escarceos encabritados de los garañones. Este año más fuertes, más bravas, complicadas de atrapar en muchos casos. Coces, escorzos, huidas, el muro amenazante, saltos imposibles, otorgaban esa dimensión única al curro. A pesar de la experiencia de mil batallas, hubo aloitadores e incluso algún fotógrafo de los casi doscientos periodistas acreditados que pasaron por la enfermería con contusiones, esguinces o raspones. Ni Michel Touriño, líder entre esa casta especial con ADN Sabucedo, logró salvarse de un topetazo en la cabeza. Rapa en estado puro durante una hora y media henchida de emociones.

Sonaba de nuevo el silencio. Aloitadores y colaboradores formaban un muro humano para conducir a las bestas a la salida del curro. De allí al cierre. A todos les tocaba descansar antes de vivir hoy el último combate.

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El curro de Sabucedo vivió una de las rapas más accidentadas y concurridas