Los satélites apagan el brillo de las estrellas

Los científicos también alertan de que los ingenios orbitales amenazan la observación de los telescopios terrestres


redacción / la voz

Al astrofísico Borja Tosar siempre le apasionó mirar al cielo. Un día, a principios de los años 90, vio algo que lo dejó estupefacto: una estrella que se movía. Intrigado, envió una carta a una revista de astronomía para que le resolvieran el misterio. Y así lo hizo el astrónomo Ángel Roldán: no era un astro celeste, era un satélite. Una anécdota, algo excepcional por aquel entonces. Pero el propio Roldán le lanzó una profecía: llegará el día en que sea una curiosidad ver una estrella entre satélites.

No se equivocaba. Si ahora hay en torno a 2.000 dispositivos operativos en el espacio, dentro de no mucho, si nadie lo frena, habrá que añadir otros 26.000 objetos situados en órbita baja. Al tren de estrellas de Space X, la compañía de Elon Musk, que ya ha lanzado las doce primeras unidades de un megaproyecto de 12.000 satélites para llevar Internet ultrarrápido a todos los puntos de la tierra, se sumarán las iniciativas de otras empresas como Amazon (3.263), Samsung (6.400), Boeing (3.000), Astrome (600) y Commsat (800).

Llegará un momento, dentro de no mucho, en el que los satélites serán más visibles que las estrellas. Es la alerta que emitió la Unión Astronómica Internacional. «A pesar de sus buenas intenciones -denunció en un comunicado- estas constelaciones de satélites pueden amenazar el principio de un cielo oscuro y silencioso». Pero, ¿cuál es el problema de esta saturación orbital? En realidad son tres: interfiere la actividad de observación de los telescopios, lo que dificulta e incluso imposibilita la ciencia astronómica desde la tierra; provoca una enorme cantidad de residuos en el espacio, con los problemas que ocasiona; y genera contaminación lumínica que, que entorpece la visión del firmamento en las noches oscuras.

«Es una barbaridad», destaca Marcos Pérez, director del Planetario de A Coruña, que reclama un debate social. «La pregunta es si podemos seguir así -dice- y yo creo que no. La gente tiene derecho a decidir qué tipo de avances tecnológicos se deben aprobar, porque ya no estamos en la época de la revolución industrial en la que en aras de un mal entendido progreso podíamos destrozarlo todo». Cree vital regular y ordenar la explotación espacial, estableciendo una planificación, porque de lo contrario «nos encontraremos con que esto se convertirá en el Far West espacial, en el que el primero que llegue, el que tenga dinero, se quede con él».

En una línea semejante se pronuncia Miquel Serra-Ricart, del Instituto Astrofísico de Canarias, que resume el problema en una frase: «Progreso y nuevas tecnologías sí, pero con sumo respecto al medio ambiente».

A su juicio, la cuestión de fondo «no es situar satélites en órbita, sino que no deben emitir o reflejar luz». «La solución -continúa- deben ofrecerla las mismas empresas tecnológicas que coordinan los proyectos y debemos animar a las grandes agencias espaciales a que formulen una normativa clara sobre la emisión de luz en el espacio por parte de los satélites».

La complejidad del fenómeno, sin embargo, es mayor. Lo sabe bien Josep María Trigo-Durán, investigador del CSIC en el Instituto de Ciencias del Espacio de Cataluña que se dedica, entre otras actividades, al seguimiento de asteroides potencialmente peligrosos para la Tierra. Para ello es vital la observación, y los dispositivos artificiales son algo más que un contratiempo. «El problema -dice- se multiplicará mucho más ahora, con estas iniciativas de satélites en línea. Cuando tomamos secuencias de imágenes para realizar la medida astrométrica de asteroides nos encontramos con el inconveniente añadido de estos trazos que entorpecen las labores de medida, si no la impiden». Las cámaras CCD que registran la actividad en el cielo se encuentran, en ocasiones, con un ir y venir de satélites. Si esto ocurre ya ahora, en el futuro será dramático. «Si no se toman medidas, en pocos años podríamos estar asistiendo a la puntilla de la astronomía observacional desde la superficie terrestre», advierte.

Impacto en la astronomía

Igual de crítico se muestra José María Madiedo, astrofísico en la Universidad de Huelva y director de la Red de Bólidos y Meteoros del Suroeste de Europa. «El impacto que el proyecto de Elon Musk tendrá en la astronomía -asegura- será muy grande y afectará a investigadores de todo el mundo. Y, en particular, tendrá especial repercusión para la radioastronomía». Proyectos basados en la detección de ondas de radio como el SETI -que busca vida inteligente en otros planetas- o el que permitió por primera vez tomar imágenes de un agujero negro se encontrarán en grandes dificultades. Sin obviar que el lanzamiento de 12.000 satélites, como los previstos por Space X, «va a suponer una interferencia notable en las observaciones que se realizan mediante telescopios ubicados en nuestro planeta, hasta tal punto que hay quien se plantea que determinados proyectos tendrán que desarrollarse mediante sistemas ubicados en órbita, y esto no está al alcance de todos los astrofísicos», precisa Madiedo. Reducir el reflejo de los satélites, como propuso Elon Musk ante la polémica suscitada, tampoco es la solución. «Sería solo un parche», dice.

Pero para quien ha crecido mirando el cielo la pregunta es otra. ¿Qué cabe esperar de 26.000 satélites en órbita baja? Es la que se formula el propio Borja Tosar. Y el mismo responde: «son una potencial amenaza para las noches estrelladas». Los ingenios artificiales acabarán robándonos la visión del firmamento. Solo un dato: en una noche oscura y estrellada solo se ven como máximo 6.000 estrellas. Con la saturación satelital será una utopía poder observarlas.

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