Chernóbil, ellos estaban en la zona cero: «Yo arrojaba arena, plomo y dolomita al reactor desde un helicóptero»

La serie de HBO vuelve a dar protagonismo a los héroes salvaron a millones de personas que hace más de tres décadas ; el fotógrafo de La Voz César Toimil ha viajado durante años al área de exclusión para captar sus vivencias e imágenes

Ignatenko, Shcherbina, Akimov, Legasov... Si de algo ha valido la serie de HBO sobre Chernóbil ha sido para poner nombre a algunos de los héroes que hace más de tres décadas salvaron a millones de personas desde un inhóspito rincón de Ucrania. Porque lo que allí ocurrió nos habla de esa doble cara del ser humano. De su capacidad para meter la pata y de ser una heroica víctima de sus propios errores. Saltaban todas las alarmas cuando sonó el nombre de Craig Mazin como autor de la producción. Mazin, responsable de películas como Scary Movie y Resacón en las Vegas, no parecía dar el perfil para tratar un tema tan delicado pero el resultado ha sido soberbio. Relata con bastante fidelidad los acontecimientos y, sobre todo, no se recrea en el sensacionalismo facilón tan recurrente cuando se habla de la tragedia. Nos propone una mirada rigurosa, bien documentada y magistralmente interpretada.

¿Que opinan los verdaderos protagonistas? Igor Pysmenskyi fue uno de los pilotos de helicóptero que sobrevoló el reactor humeante los primeros días del accidente. «Mi trabajo consistía en arrojar arena, plomo y dolomita desde 200 metros de altura al reactor». Hizo esta tarea hasta veintinueve veces y, sin ningún equipo de protección, recibió elevadas dosis de radiación. «Por supuesto que sabía el peligro que estaba corriendo», comenta. «Yo era un oficial, tenía conocimientos sobre la industria nuclear y sus peligros, pero como militar tenía que cumplir órdenes. Gracias a eso se salvaron muchísimas vidas y son las futuras generaciones, por el mero hecho de existir, las que tienen que juzgar nuestro trabajo». Pysmenskyi opina que la serie de HBO «tiene algunos errores, como el humo que salía del reactor era blanco, no negro».

Igor y otros muchos liquidadores son asiduos del National Chernobyl Museum en Kiev. Un lugar que combina actividades científicas, culturales y educativas con un museo y archivo moderno, que documenta, preserva y transmite la historia del desastre nuclear. Inaugurado en 1992, su directora Anna Korolevska tiene el difícil papel de mediadora entre el Gobierno y los numerosos liquidadores que todavía reclaman sus derechos como afectados por la tragedia. Porque ese es el otro Chernóbil. El de las víctimas que siguen sufriendo las terribles consecuencias del accidente y de la manera en que se gestionó por parte de las autoridades soviéticas.

Ucrania es un país empobrecido y con una guerra que, según la ONU, ya se ha cobrado mas de 10.000 muertos. La renta per cápita es comparable a la de Laos o la República del Congo. En ese contexto no es de extrañar que haya personas que quieran hacer de Chernóbil un rentable negocio turístico. A la entrada de la zona de exclusión, situada a 30 kilómetros de la central, hay un puesto de control en donde la policía revisa los pasaportes de los turistas venidos de todo el mundo que han contratado un tour por la zona. Estos tours se contratan a través de las páginas web de las seis agencias que operan allí. Suelen ser recorridos de una jornada de duración con salida desde Kiev y visitas a distintos puntos dentro de la zona de exclusión. El precio incluye comida y alojamiento si se contrata más de un día de visita.

Sergei Ivanchuk es el director de SoloEast, la agencia pionera en ofrecer este tipo de tours desde 1999. Empezó trabajando él mismo como guía y ahora tiene más de 25 empleados y 10 guías trabajando a diario en la zona cero. «Desde la emisión de la serie de HBO hemos aumentado mas de un 40 % el número de reservas. Hay gente que tiene mucho miedo a visitar Chernóbil. Cuando les dices que van a comer allí se ponen un poco ansiosos, pero es un tour 100 % seguro siempre que respetes las normas». De hecho, tanto a la entrada como a la salida hay que pasar un control de radiación. Justo al lado del local destinado para ello se pueden encontrar puestos de souvenirs en recuerdo del viaje. Galletas «radiactivas», camisetas, imanes, helados con el logotipo radiactivo y hasta latas de conserva con «aire enlatado de Chernóbil». «Hay agencias que quieren hacer de esto un circo. Es vergonzoso. Nosotros llevamos 20 años mostrando sobre el terreno al los visitantes lo que pasó. No lo vemos como un tour turístico. Es una oportunidad de conocer de cerca el accidente y sus consecuencias. Siempre con respeto a las víctimas. Es terrible imaginar lo que se le pasa por la cabeza a los antiguos habitantes que vienen aquí una vez al año a ver lo que queda de sus casas o a visitar las tumbas de sus familiares y ven en lo que han convertido algunos empresarios fanáticos y codiciosos la tierra que les vio nacer y de la que han tenido que huir».

Prypiat, la idílica ciudad donde vivían los trabajadores de la central y sus familias, es un lugar saqueado y completamente invadido por la naturaleza. La imagen apocalíptica que nos transmite contrasta con el piar de pájaros, el colorido de árboles y flores en primavera y la presencia de todo tipo de fauna salvaje. La naturaleza reclama su sitio en un lugar en teoría incompatible con la vida. Es un sitio tan contradictorio como las personas que lo provocaron, capaces de mostrar lo peor y lo mejor de la raza humana.

Chernóbil es una lección para no olvidar. Un sitio del que el único souvenir que nos debemos de llevar es el inmenso agradecimiento a los que dejaron su vida y su salud allí. Igor, el valiente piloto de helicóptero, dice que la serie de HBO es «digna y necesaria». Véanla, háganle caso. Sabe de lo que habla.

César Toimil, autor del reportaje, es fotógrafo de La Voz y autor del libro «Prohibida la apertura forzada de la puerta», en la que recoge imágenes e historias del accidente de Chernóbil

«En Chernóbil lavaban las calles con espuma blanca; nadie hablaba, todo era inquietante»

césar toimil

Mihail Bukov vivía a dos kilómetros de la central nuclear, en cuya construcción participó; su relato fue publicado por La Voz el 1 de noviembre del 2017

«Yo vivía en Pripyat, a dos kilómetros de la central de Chernóbil, en una ciudad donde estábamos la mayoría de los trabajadores de la planta. Alrededor de las tres de la mañana me despertó mi camarada Sergei Pospelov. Dijo: ‘‘Qué raro, no había nadie pescando en el río cerca de la planta y hay mucha policía’’. El balcón de mi habitación, en un octavo piso, daba a la estación. Miré hacia fuera y vi una neblina gris, brillante, sin olor, sin sonido y, de alguna manera, se convirtió en ansiedad. Así vivió los primeros instantes del desastre Mihail Bukov (Tula, 1957), que trabajó en la construcción de la central, como muchos jóvenes de toda la Unión Soviética. En abril de 1986, cuando se desató la catástrofe, tenía dos niños pequeños. El más joven, Eugene, de pocos meses entonces, murió a los 19 años de un paro cardíaco repentino.

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