Pisadas en la arena


Hay espectadores que se sienten frente al televisor como Robinson Crusoe. Náufragos entre millones de personas que engrosan la cuota de otras islas desiertas. Hasta que un día ven pisadas en la arena y los encuentran allí. El gris oficinista C.C. Baxter. La chica del ascensor. Una emisión insólita en blanco en negro, sin efectos especiales, sin brocha gorda. Solo dos personas frágiles y unos diálogos magistrales. El drama y la comedia cosidos por el hilo de un maestro que teje una sátira social agridulce. Y la desgana ante la pantalla desaparece.

Por una noche el cine clásico se convirtió esta semana en uno de los temas estrella de las redes sociales y, cosa rara, era para hablar bien de alguien. De Billy Wilder. Ni el mejor de los tuits podría eclipsar las frases geniales que creó para «El apartamento» y que puso en boca de ese afligido empleado, incapaz de decir que no a sus pegajosos jefes cuando le piden la llave de su pisito para sus citas clandestinas. Nadie como él puede hilvanar la risa y la congoja en una misma mueca. De propina, en la introducción el propio Wilder te cuenta el truco que utilizó para meter una oficina infinita de 5.000 escritorios dentro de un estudio de la Metro. Una joya a la deriva en el oleaje de la programación. En los días de zozobra, «Días de cine clásico» es un salvavidas.

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