Pedro, dolor y gloria


Redacción

Cuánto nos equivocamos hace años con Pedro Sánchez. Lo matamos, lo rematamos, lo dimos por muerto mil veces y mil veces pensamos que no podría resucitar. Y ahí está, como diría el otro Pedro, Almodóvar, mostrando su dolor y su gloria. No estaba muerto, no, no. Sánchez tiene esa capacidad extraña de la gente que no es empática, que no acaba de gustar del todo, que no es natural, que no deslumbra, que no saca el sobresaliente, que no tiene punch, pero sabe jugar el partido hasta vencer. Su dolor es su gloria, es lo que lo ha hecho forjarse como el político fajador que ha subido peldaño a peldaño. Al que le dieron por todos lados, dentro y fuera de su casa, que se cayó del precipicio, pero supo levantarse con convencimiento. Esa valentía interior le dio el primer empujón y su primera victoria con su militancia, después vio la rendija para derribar al contrario cuando nadie lo esperaba y, ahora, cuando los demás se fogueaban en el ruido de las balas para intentar herirlo, esas balas les han venido de vuelta. Sánchez no ganó ningún debate, pero tampoco lo perdió; no peleó colérico, no respondió con claridad y sin embargo ha llegado a la victoria sin desgastarse en el discurso porque es el mismo que volvió de la muerte sin despeinarse. Pedro ya se ha comido al lobo y ha perdido el miedo. Hoy el cuento es otro.

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