Muere Sydney Brenner, el genio que revolucionó la biología molecular

El nobel sudafricano está considerado como uno de los gigantes de la ciencia del último siglo


redacción | la voz

Recibió el Premio Nobel de Medicina en el 2002 y fue maestro de otros nobeles. Pero lo que en realidad el sudafricano Sydney Brenner fue un gigante de la ciencia. Uno de los tres científicos que más contribuyeron al desarrollo de la biología molecular en el siglo XX. Un genio y un pionero que murió ayer a los 92 años en Singapur.

Sus vitales hallazgos contribuyeron a revolucionar, desde la biología molecular, la forma de entender el funcionamiento de los seres vivos. Lo hizo en buena parte acompañado de un organismo que lo acompañó en toda su carrera. Un pequeño gusano, el Caenorhabditis elegans, que ahora, gracias a sus hallazgos, es utilizado por investigadores de todo el mundo como modelo para estudiar cómo funcionan todos los organismos vivos. De hecho, cuando recibió el Nobel en el 2002, por sus teorías sobre la regulación genética del desarrollo y muerte celular, no se olvidó del minúsculo gusano, de apenas un milímetro de largo y con poco más de 900 células y 300 neuronas. Y tituló así su conferencia de recepción del galardón: El regalo de la naturaleza a la ciencia. Fue lo que le permitió descubrir cómo regulan los genes el desarrollo y la muerte de las células.

Cuando en los años 50 Brenner comenzó a estudiar la composición y el funcionamiento de los genes, la biología aún no había descubierto el origen molecular de todo y muchos de sus colegas creían que el biólogo estaba perdiendo el tiempo. Pero fue todo lo contrario. Colaborador habitual de Francis Crick y James Watson, los codescubridores de la molécula del ADN, de la que Brenner recibió la primicia, el sudafricano realizó contribuciones fundamentales que ayudaron a la comprensión del ADN, la molécula de la vida. Ayudó a establecer el papel desempeñado por el ARN para llevar el código de la vida contenido en la secuencia de ADN para la fabricación de proteínas. O, lo que viene a ser lo mismo, desveló cómo la información contenida en el ADN se traduce para convertirse en lo que somos.

Sidney Brenner, hijo de padres analfabetos, aprendió a leer con los periódicos que se usaban como manteles. Era, como su familia, un emigrante pobre en Sudáfrica. Pero su genio fue precoz. Con tan solo 15 años ganó una beca para estudiar Medicina en la Universidad. Más tarde pasó a estudiar un doctorado en la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, y luego se trasladó a Cambridge para continuar con sus investigaciones. Allí fue donde conoció a Francis Crick, del que fue su discípulo, y a John Watson. Recibió todos los premios, honores y cargos, pero nunca dejó de trabajar. De hecho, su pasión, más que el reconocimiento, era la investigación, a la que se siguió dedicando en Singapur al final de su vida.

«Creo -llegó a decir en su autobiografía- que un científico debe ser juzgado por la calidad de las personas a las que ha ayudado a producir y no por los premios u otros honores otorgados a él. Deja que mis obras hablen por sí mismas». Y los científicos que lo han conocido, como el biólogo gallego José Manuel Castro Tubío, dan fe de su humanidad y pasión por el trabajo. En una charla con Tubío y otros colegas también les desveló su visión sobre el futuro. «Un día entrarás al supermercado, y allí será muy común encontrarse una máquina de ADN. Meterás el dedo en dicha máquina y te extraerá una diminuta muestra de sangre, a partir de la cual obtendrá tu perfil genético en cuestión de segundos. Si en tu ADN hubiera algo novedoso, obtendrías un premio en metálico». Quizás no sea exactamente así. Pero si ocurre algo parecido será gracias a genios como Sydney Brenner.

Sydney Brenner: más que un premio Nobel, fue el padre de la biología molecular

JOSÉ M. CASTRO TUBÍO

Cuando recibió el Nobel, en el 2002, preguntó: «¿Por cuál de todas las cosas que hice me lo han dado»

Corría el año 1953, un joven Sydney Brenner viajaba desde Oxford a Cambridge (Reino Unido), en donde le esperaban James Watson y Francis Crick. A su llegada, se dirigieron a un laboratorio en donde retiraron una sábana blanca que escondía el modelo de la estructura del ADN, por el que años más tarde sus colegas recibirían el Premio Nobel. Sydney fue uno de los primeros afortunados en verlo, un día que nunca olvidaría. Un tiempo más tarde viajaría a Cambridge para quedarse una larga temporada. Allí trabajó codo con codo con Francis Crick, ya que compartieron despacho, y tendría un papel protagonista en el nacimiento y desarrollo de una nueva disciplina: la Biología molecular.

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