Hermano neandertal: eran tan humanos como nosotros

La ciencia ha desterrado en los últimos años el falso mito que se cernía sobre la especie: no eran más atrasados ni primitivos que los sapiens, aunque políticos como Adolfo Suárez aún lo desconozan


La Voz

Fue la primera especie de homínidos en enterrar a sus muertos y de honrarlos incluso con ritos funerarios. Pero también cuidaban a sus hijos y a sus mayores; tenían capacidad para hablar y comunicarse en un lenguaje simbólico; mostraban una capacidad compleja de organización para poder subsistir; desarrollaron sofisticados instrumentos líticos gracias al uso de una tecnología incipiente; utilizaban adornos como collares, lápices y plumas de aves; mantenían hogueras encendidas durante años; se vestían con pieles y, muy probablemente, a ellos se deben las primeras pinturas rupestres de la historia.

Y no, no son nuestros antepasados los sapiens. Son los neandertales, a los que un falso mito los hizo caer en desgracia, pero a los que las investigaciones científicas de los últimos años, impulsadas en buena parte por la genética, han vuelto a situar en el lugar que les corresponde. «Son nuestros hermanos, porque entre los sapiens y los neandertales no existían diferencias culturales o evolutivas», asegura José María Bermúdez de Castro, codirector del yacimiento de Atapuerca. «Son tan humanos como nosotros», constata Antonio Rosas, paleoantropólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) y autor de alguno de los estudios que han contribuido a cambiar la visión de nuestros parientes no tan lejanos.

Hace años que las pruebas se acumulan en beneficio del neandertal, pese a lo cual aún es común que muchas personas se refieran a ellos cuando quieren insultar a otras con el significado de alguien primitivo, tonto o con poco seso. Nada más lejos de la realidad. Pero sorprende aún más el profundo desconocimiento de alguien supuestamente formado como Adolfo Suárez Illana, que recurrió a su supuesto salvajismo para denunciar el aborto. «Los neandertales también lo usaban: esperaban a que nacieran los niños y les cortaban la cabeza», llegó a decir en una radical falsedad. En su época, antes de su extinción hace unos 35.000 años, tenían las mismas capacidades que nuestros abuelos los sapiens. «Estas declaraciones reflejan un desconocimiento general sobre lo que es la evolución humana. Quizás es un toque de atención para nosotros, que nos obligue a hacer un poco más de esfuerzo de divulgación, aunque ya la hacemos, porque este es un ejemplo de que nuestro mensaje no llega a todo el mundo», explica Bermúdez de Castro.

Lo cierto es que la imagen del neandertal nada tiene que ver con el estereotipo que se ofreció a finales del siglo XIX y principios del XX y que se mantuvo en el tiempo. «El mito nos ofrecía los neandertales como la imagen de lo primitivo, de lo tosco, lo burdo, lo atrasado, e incluso de lo moralmente degradado frente a nosotros, los sapiens, que éramos el culmen de la evolución. Pero es un estereotipo trasnochado, decimonónico, que la ciencia ha ido transformando en la imagen de una especie humana muy similar a nosotros, pero con sus peculiaridades, fundamentalmente físicas, reflejadas en su anatomía. Por lo demás, en cuanto a atributos culturales o a esas cualidades que podríamos decir más humanas, se comportaban como nosotros», certifica Antonio Rosas. En lo que sí eran superiores era en su físico, más corpulento y resistente.

«La tecnología que utilizaban para la fabricación de herramientas de piedra era prácticamente idéntica a la que utilizaban los humanos de nuestra especie en la misma época», sostiene José María Bermúdez de Castro, que recuerda que ambas especies humanas, que compartían un antepasado común, se segregaron hace unos 600.000 años. Desde entonces siguieron caminos distintos, hasta que volvieron a juntarse hace unos 90.000 o 100.000 años en el Próximo Oriente, en el denominado Corredor Levantino, la franja de territorio situada entre el mar Mediterráneo y las zonas desérticas de Israel, Jordania y el Líbano. El neandertal estaba asentado en Eurasia y las poblaciones de sapiens iniciaban su salida de África. Cohabitaron en este espacio durante casi 50.000 años. Y mantuvieron relaciones sexuales entre ellos. «Hemos hibridado con ellos y hoy en día aún conservamos genes suyos», apunta el codirector de Atapuerca. 

Es algo que se demostró en el 2010 en un estudio genético liderado por el científico sueco Svante Päävo y en el que participó el investigador del CSIC Carles Lalueza-Fox.  «La genética -dice este último- ha contribuido a desterrar la imagen simplista que se tenía del neandertal, de seres toscos e inferiores, cuando la realidad es que tenían las mismas capacidades que nosotros». Porque, en realidad, atacar a nuestro pariente sería hacerlo a nosotros mismos. «En nuestro genoma actual conservamos entre el 2 % y el 3 % del legado neandertal, aunque en función de las poblaciones aún se cree que este porcentaje es superior». Fueron muchos años de amor y sexo entre especies como para que no dejara huella.

Sobrevimos gracias a los neandertales

En parte también se podría decir que gracias a los genes neandertales hemos conseguido subsistir en buena parte como especie. Su ADN es el que permitió a los sapiens que se dirigían y se expandieron por toda Europa después de abandonar el Corredor Levantino, hace 40.000 años, soportar el frío glaciar, a la falta de luz en invierno y adaptarse a latitudes superiores. El intercambio genético también permitió a nuestros antepasados soportar virus para los que no estaban adaptados.

Pero el legado genético que en su momento fue de gran ayuda para los humanos modernos está asociado hoy en día, fruto de las mutaciones ocurridas a lo largo de los años, con trastornos metabólicos y otro tipo de enfermedades. Hay algunos estudios que relacionan esta asociación con el colesterol elevado, determinadas enfermedades psiquiátricas, inmunológicas y cardíacas. Aún hay que demostrarlo. Pero, aunque así fuera, su herencia fue la que nos ayudó a sobrevivir en peores tiempos.

La endogamia remató a la especie

Si los neandertales eran igual de inteligentes y capacitados que los sapiens, e incluso más robustos físicamente, ¿por qué se extinguieron? La gran pregunta aún sigue sin una respuesta exacta, aunque las últimas evidencias aportadas por la ciencia aportan una explicación bastante certera. Desaparecieron del planeta porque la última glaciación en Europa fue demasiado intensa, lo que provocó la fragmentación de las poblaciones, que vivían en grupos muy aislados entre ellos y con un número de individuos muy escaso. Esta circunstancia provocó una fuerte endogamia entre ellos. Fue su puntilla final. 

«Hemos encontrado individuos que tienen una cuarta parte de su genoma sin ningún tipo de variación genética, lo que indica un grado de consanguinidad muy alto», constata Carles Lalueza-Fox. Es lo que también sugiere un reciente estudio en el que ha participado el paleoantropólogo Antonio Rosas en el que se analizaron los restos óseos pertenecientes a un grupo familiar de trece individuos. «Pensamos que la reproducción entre individuos de las mismas familias acabó con los neandertales», apunta Rosas. Pudieron influir otros factores, pero este probablemente fue el definitivo.

Y en la misma línea se pronuncia José María Bermúdez de Castro. «Cuando los sapiens llegaron a Europa -dice- fue casi como un paseo militar, porque los neandertales ya habían dejado libres muchos lugares de caza. No observamos luchas ni peleas por el territorio, aunque pudo haberlos de forma puntual. Lo único que hicieron los sapiens fue ocupar el territorio»

Así fue como muy probablemente se extinguieron. Aunque sobreviven en nuestro genoma. Incluso en el de Adolfo Suárez Illana.

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