«Os ferreiros somos turismo»

Agustín Iglesias es hijo y nieto de ferreiros, un oficio que en Riotorto conoció un gran arraigo en siglos pasados y que él conserva sin renunciar a transformaciones acordes con los nuevos tiempos


En Riotorto, en la Galicia oriental cercana al Eo, los ferreiros encontraron un territorio en el que se asentaron y crecieron hasta ser casi el símbolo por antonomasia de esa comarca. Hoy, en cambio, Agustín Iglesias representa la continuidad de un oficio que lucha por adaptarse a los tiempos actuales, en los que los cambios socioeconómicos han puesto en claro retroceso trabajos en los que una hoz bien afiliada era imprescindible.

Él constituye un ejemplo de ferreiro vocacional: cuando hacía el servicio militar, en A Coruña, volvía los fines de semana a casa, situada en la parroquia de Ferreiravella, para ayudar a su padre en el trabajo. «É un oficio bonito», dice. Reconoce que el trabajo tiene su parte de dureza, aunque él destaca un punto favorable: «Hai unha vantaxe que non ten moita xente: non dependes de ninguén», subraya.

Dar forma a las barras

Lo que sí hace es repartir la faena por días. Dedica los lunes a espalmar, que significa dar forma a las barras de acero; en los días siguientes, en la forja hay tareas como templar (dar al acero dureza para que corte) , crabuñar (eliminar impurezas), mangar (colocar los mangos) o barnizar. La hoces son la principal mercancía, aunque también fabrica cuchillos y alguna navaja.

Para las distintas tareas utiliza carbón mineral, que llega de Asturias en sacos, y carbón vegetal, que se elabora con uz y que procede de municipios como Baralla o A Fonsagrada, en la zona oriental de Lugo. Sus hoces llevan mango de chopo o de álamo; sus cuchillos, de boj o de cerezo; y sus navajas, de boj. Vende sus piezas en ferias de localidades cercanas de A Mariña -As San Lucas en Mondoñedo o el mercado anual de primavera en Ferreira do Valadouro, por ejemplo-, aunque visita también clientes de Castilla y León. Por mayo, cuenta, se desplaza a Zamora con unas 200 o 300 hoces que se usan en la temporada de siega.

Aunque él aprendió el oficio casi desde la cuna, no cree tenerlo todo ya dominado. «Un ferreiro que saiba facer de todo non o hai», comenta. Tampoco hay tantos como hace décadas, por lo que cree que la actividad debería tener algo más de apoyo oficial. «Os ferreiros -explica- somos turismo. Miras por Galicia adiante e en calquera feira ponse artesanía. Pero se non hai quen a faga...».

Clientela fiel

Él puede presumir de tener clientela fiel. «É unha cousa xa de relación persoal. Aínda que non che compren, fálanche polo trato que teñen», dice. Incluso asegura que, si en una feria de artesanía hay un ferreiro, alrededor de su puesto se monta una tertulia como antaño, dice, se hacía en la forja. A su taller, sobre todo en verano o en algunos puentes, no le faltan visitantes, que ven de cerca cómo se fabrican piezas de calidad. «O que gasta fouciño toda a vida quere un fouciño bo, de ferreiro», recalca.

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