Menos mal


redacción / la voz

Empezó hace casi veinte años. Eran solo un grupo de personas conviviendo. Un experimento sociológico, decían. Y sin darnos cuenta, estábamos viviendo en Elm Street. Inmersos en una auténtica pesadilla de la que ya no pudimos escapar. Un sueño continuo y perturbador en el que se mezclan maestros de la cocina, niños prodigio y costureros prodigiosos, señores y señoras que se ven la próxima Beyoncé, la reencarnación de Frank Sinatra. Un batiburrillo de matrimonios que leen sus votos sin conocerse, de hijos tróspidos a los que hay que buscarles una esposa y granjeros estereotipados. De educación, o más bien ausencia de ella. De racismo disfrazado de docurrealidad y de famosos desesperados por un puñado de billetes desesperándose en una isla desierta. O desesperándose en una casa vacía. Por parejas. En un hotel. En un programa de cocina. Hasta en su propia casa. De hombres y mujeres sentados a una mesa. O viceversa. Despellejándose, sacándose las entrañas. Enseñando sus miserias. De cambios de familia, de cambios de pareja. Dejando escapar ante la audiencia las últimas briznas de dignidad que les quedan. Una oda a la ignorancia en la costa de Gandía. Y los vecinos, a toda esta pesadilla no llegan. Menos mal que nos queda Portugal, en la que los realities lo que cosechan son, sobre todo, quejas. Menos mal que todavía podemos cruzar la raia seca.

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