Desahogarse en la caravana del duelo: «Conocí la muerte con 15 años, ¿cómo hago para vivir sabiendo esto?»

La unidad móvil que ofrece asistencia gratuita a personas que se enfrentan a una situación de duelo visitó Galicia


a coruña / la voz

La primera acepción de la Real Academia Española (RAE) para la palabra duelo es la de «combate entre dos». El duelo, cuando nos referimos al dolor por una ausencia, es también una pelea, pero donde solo interviene uno. Valentín Rodil lleva años escuchando dramas. «Al principio, a todos les parece imposible de superar», cuenta el psicólogo que pilota la Unidad Móvil de Escucha en Duelo y Crisis, la caravana de la oenegé madrileña Centro de Humanización de la Salud que estos días incluyó a Galicia en su ruta, con paradas en Pontevedra, Vigo y Betanzos.

El 80 % de los que entran lo hacen por una muerte. Pero hay más tipos de luto, el de una ruptura, por ejemplo. «Se desahogan en un espacio terapéutico. Que no es lo mismo que asistir a una terapia. Solo acompañamos en un pequeño trecho», advierte Rodil, experto en intervenciones de urgencia como accidentes.

 Sin plazos

La primera norma es que no hay reglas. «Eso de deshacernos al momento de los objetos de un ser querido que muere no tiene sentido. Es cierto que tienen el poder de constatación. Si vemos el sofá en el que se sentaba, pensamos en él. Es una mierda, ¡pero no va a cambiar por tirarlo!», exclama. «No hay un procedimiento igual para todos». Tampoco plazos ni un luto peor que otro. «La teoría estipula que el más duro es por la muerte de un hijo. Es como antinatural en occidente. La práctica, sin embargo, no me dice eso. Depende del significado que esa persona tenía para ti y la edad también influye».

 Del dolor a la culpa

«La culpa -aclara Rodil- es un sentimiento con muy mala prensa. No es mala y puede dar dignidad. A veces, esconde vergüenza». ¿Cuándo se puede dar un diagnóstico de superación? «Recuperarse va más allá de estar algo mejor. Lo comparo con una travesía en barco. Se trata de llegar a otro puerto. Siempre hay turbulencias». Hay quien le pregunta si se puede morir de pena. «No conocí a nadie que muriera así. Mi abuelo falleció en el duelo de mi abuela, pero porque sentía que no tenía nada más que hacer aquí. Lo que sí conozco es a mucha gente que quiere morirse... y a algunos que se quitaron la vida», admite.

 Tema tabú

«Sabemos que todos nos vamos a morir. Entonces, ¿por qué cuando ocurre, cuando alguien cercano se va, lo pasamos tan mal?», lanza la pregunta. «Nacemos y nos refugiamos en un mundo que nos hace sentirnos seguros. Cuando uno de esos pilares se va, de pronto, la casa se viene abajo. De forma inconsciente, creamos la idea de una falsa inmortalidad. Es una forma de soportar la vida. Sería muy difícil afrontarla teniendo la muerte presente», responde Rodil. Se acuerda de una de sus pacientes. Su padre murió de cáncer cuando era una adolescente. «Conocí la muerte con 15 años. ¿Cómo hago para vivir sabiendo esto? Que la muerte está ahí al lado», rememora Rodil.

Al principio, la marcha de alguien querido es como «tsunami». Parece que lo destruye todo. Después, las aguas van volviendo a su sitio», hace la analogía. Esto no quiere decir que siempre se supere. «Hay quien se acostumbra a vivir en esta sombra. Además, hay algo que da más miedo que la muerte y es la soledad».

Define la recuperación como el momento en el que puedes «vivir amando a la persona en su ausencia», concluye. Rodil propone otra acepción para la RAE: «El duelo es la otra cara del amor».

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