Los gatos que adoptan personas

Un café de Cambre encuentra familia a 200 felinos en 14 meses gracias a un sistema original de Japón

Pedro Soto, del Cat Café, en el municipio de Cambre, con los gatos.
Pedro Soto, del Cat Café, en el municipio de Cambre, con los gatos.

a coruña / agencia

Si a cualquier protectora de animales de las que hay por Galicia les dijeran que podrían encontrar una familia de adopción que se llevara una mascota aproximadamente cada dos días, la mayoría preguntarían «¿cómo?». Con un enorme interés. Pedro tiene una fórmula que no se inventó él, pero que ha encajado perfectamente en el lugar donde abrió su . Desde que lo hizo, unos doscientos gatos callejeros de incierto futuro encontraron una familia de adopción con el viejo truco de ponerse en el regazo de alguien y empezar a ronronear.

Dice Pedro Soto que allí no son las personas quienes eligen a los gatos, sino al revés. El «allí» al que se refiere es un espacio acristalado donde uno se imagina que, de ser un gato, sería el sitio perfecto para pasar un buen rato. Un árbol central para trepar y plataformas para ver sin ser visto, calor, comida, agua... También hay sitio para los humanos. Originalmente, en Japón, estos espacios fueron pensados para que los clientes disfrutaran de la compañía felina. La idea es que los gatos caen bien y proporcionan tranquilidad y buen rollo a los clientes que pagan una pequeña cantidad por estar durante un rato rodeado de felinos. Aquí, y en otros lugares similares que hay por todo el mundo, le han dado una vuelta y lo que promocionan es que los clientes no se limiten a estar un rato con los animales, sino que adopten alguno.

¿Tienes «mono» de gato? Aquí puedes acariciarlos En Galicia acaba de abrir el primer cat-café, una tendencia llegada de Japón. Tan pronto te tomas un refresco como acaricias un minino o juegas con él. También tienes la oportunidad de adoptarlo si surge el flechazo...

El sistema parte de la protectora coruñesa La perla, a la que llegan los gatos en primer lugar. Allí los tranquilizan, los sanean, los vacunan y les ponen un microchip. Cuando están a punto y hay sitio, viajan al Cat Café donde, en algún momento, un regazo que les gusta se pone a tiro y el felino se sube de un salto para, posiblemente, cambiar de aires en los próximos días. Así ha ocurrido hasta doscientas veces en los últimos catorce meses.

Llevarse al gato no es automático. Pedro recomienda un período de adaptación; más de una visita, hasta que las dos partes estén de acuerdo con su nueva relación: «En muchas protectoras, los gatos están en jaulas y cuando llegas allí, te da tanta pena, que te llevas al más feo, o al peor, aunque a veces su carácter no sea compatible con el tuyo. Si cuando compramos un coche lo queremos probar, y es una máquina, ¿cómo no vamos a cerciorarnos de que el gato que nos va a acompañar durante 16 años tiene el carácter idóneo?». Aparte de la adaptación, hay que cumplir también con los gastos de saneamiento, vacunación y demás. En total, llevarse al minino sale por unos noventa euros.

Pese al intenso ritmo de maridaje entre gatos callejeros y familias acogedoras que se vive en este singular local, nunca faltan ni de lo uno, ni de lo otro: «Cada día recibo varias llamadas de gente que se ha encontrado un gato en el motor de un coche, o una bolsa con cachorros recién nacidos...». Dice Pedro que alguna vez recibieron un gato de vuelta, pero que eso es algo totalmente extraordinario. Y no todos los que salieron de allí se quedaron por el barrio. Los hay que se han ido bastante lejos. Seguramente, a una vida mejor.

«Yo era alérgica y ahora tengo dos gatos»

Esther tiene 28 años y vive con su marido y da un poco el perfil del adoptante: «Yo era reticente porque era alérgica, pero fui entrando poco a poco y acabamos llevándonos el primer gato», explica esta vecina de Cambre. Le costó algún apurillo acostumbrarse a su mascota pero dice que ahora su cuerpo ya se ha acostumbrado. A la fuerza porque, a estas alturas, la familia ya ha crecido: «Un día que fuimos de nuevo por allí nos encontramos al dueño que llevaba a unos cachorritos que acababan de recibir y...» Claro, se llevaron otro. Pocas cosas más convincentes que la mirada triste de un gato. Esther asegura que la experiencia ha sido muy positiva y se la recomienda a todo el mundo. Ahora tiene a sus dos compañeros siguiéndola por toda la casa y dándole una compañía de la que, aunque antes no añoraba, ahora ya no podría prescindir: «Dicen lo contrario, pero son unos animales muy sociables».

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