«El Halley fue un hito a nivel científico»

La aparición del cometa entre 1985 y 1986 fue clave, ya que permitió enviar cinco misiones espaciales, pero su observación a simple vista fue complicada


Santiago / La Voz

Recuerde el nombre de un cometa. Probablemente en el imaginario popular haya solo uno, el Halley. Fue mediático desde su cuna. Primero porque por primera vez no recibió el nombre de su descubridor, sino de la persona que calculó su órbita, Edmund Halley, en el siglo XVIII. Y estableció que aparecería cada 75 o 76 años. Su paso en 1910 añadió leyenda. Son cuerpos celestes ligados históricamente a predicciones catastróficas y, recuerda Josefina Ling, profesora de Astronomía y Astrofísica de la USC y miembro del Observatorio Astronómico Ramón María Aller, antes de su llegada a principios del siglo XX se descubrieron partículas de ácido cianhídrico y los medios de comunicación alertaron de lo peor, «pero no pasó nada», dijo.

Había otro motivo por el que la llegada de Halley generó mucha expectación entre la población y la comunidad científica. Por primera vez se enviaron cinco misiones espaciales para comprobar in situ cómo funcionaba esta parte del sistema solar. Y llegó. Las primeras observaciones pudieron hacerse en noviembre del 1985, hace 33 años, y así lo recogía La Voz de Galicia. Eso sí, con prismáticos potentes. Porque su observación a simple vista fue muy escasa. «Ni yo recuerdo verlo», dice Josefina Ling, quien realizó un trabajo en el Observatorio recogiendo las condiciones de observación, la posición y la magnitud del cometa desde octubre de 1985 a septiembre de 1986

Las condiciones no fueron buenas en ninguna parte por varios motivos. Primero, porque las posiciones relativas del Sol, la Tierra y el cometa eran desfavorables. Segundo, porque la mejor semana para verlo a simple vista, del 10 al 18 de marzo del 86, llovió y estuvo cubierto en Galicia. Tercero, porque la mejor hora, entre las seis y las siete de la mañana, no era la más idónea. Y cuarto, porque su situación respecto al horizonte era baja, por lo que un simple edificio o algún obstáculo visual impedía su contemplación.

«Al final pasó lo que tenía que pasar a nivel de observación, pero fue importantísimo porque se enviaron cinco misiones espaciales. Todo un hito», recuerda Ling. Además, quedaba la reminiscencia de su paso en 1910, en donde sí se había visto en todo su esplendor. Para entender su escaso brillo es preciso hablar de la magnitud, el brillo aparente. El mayor grado es el 1, y la estrella polar, por ejemplo, tiene un nivel 2. El ojo humano solo llega a ver hasta 6, y el Halley en su aparición durante estos meses llegó únicamente a la magnitud 4,5 en su mejor momento. Cuando los coruñeses se acercaron al dique Barrié de la Maza el 16 de noviembre del 85 vieron un cometa de brillo 7,4, no en vano tuvieron que armarse de telescopios y potentes prismáticos para divisar «una nubecilla difusa», relatan las crónicas.

El observatorio de la USC Ramón María Aller tuvo otro protagonismo durante el avistamiento del Halley. Y es que en septiembre del 85, cuando aún no se veía salvo con medios instrumentales, Ling se desplazó al observatorio de Yebes, en Guadalajara, para obtener una placa fotográfica a través de un astrógrafo. Con tan buena suerte que en la misma placa se consiguió sacar a dos cometas. ¿Y cuándo volverá a verse? Si las condiciones lo permiten, en el 2061. Seguro que volverá a generar expectación, «el Halley tiene ese sabor de tradición, fue el primero en el que se calculó la órbita, se descubrió que eran periódicos y, además, la gente siempre se ha sentido interesada por la astronomía», admite Ling.

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