«Venimos al cementerio a ver a nuestro hijo todos los días, hasta comemos aquí»

Alberto murió atropellado en agosto del 2010. Tenía 46 años. Iba en bicicleta a trabajar cuando un camión se lo llevó por delante. El conductor, que se dio a la fuga, fue localizado y condenado a dos años por homicidio imprudente

María Luisa y Alberto acuden cada día al cementerio de San Mauro a visitar la tumba de su hijo, que falleció atropellado el 6 de agosto del 2010
María Luisa y Alberto acuden cada día al cementerio de San Mauro a visitar la tumba de su hijo, que falleció atropellado el 6 de agosto del 2010

pontevedra / la voz

Hoy es prácticamente el único día del año en el que María Luisa Vázquez y Alberto Ríos no pisarán el cementerio de San Mauro, en Pontevedra. No soportan el «ambiente festivo» del día de Todos los Santos. Para ellos, desde el 2010, el camposanto es otra cosa. Ese año enterraron ahí a su hijo mayor, Alberto Ríos Vázquez, que falleció cuando iba en bici a trabajar. Le arrolló un camión cuyo conductor se dio a la fuga. Alberto dejó de vivir un 6 de agosto a los 46 años. Las vidas de sus padres, aunque en teoría siguen, también se pararon en ese día del calendario. Lloran al hijo muerto cada día. Y lo hacen ante una tumba que, ocho años después, siguen visitando a diario.

Alberto y Luisa llegan hasta el mismo nicho en coche. Les dieron un permiso especial para hacerlo dada su asiduidad al cementerio y sus achaques de salud. Se bajan y besan la tumba de su hijo. El padre se quita la boina y la va pasando, despacito, por una pequeña placa plateada en la que pone «nunca olvidarás la cara de una madre que acaba de perder un hijo». Dice que lo escribieron los técnicos de la ambulancia que acompañaron a Luisa en aquellas trágicas horas. «A nuestro hijo nos lo mataron en el nudo de O Pino, a 50 metros de su trabajo, y el que lo hizo se fugó. Lo pillaron, pero dio igual, la condena fue muy poca cosa -lo condenaron a dos años de cárcel en octubre del año 2012 por homicidio imprudente-. Desde entonces yo solo quiero llorar y venir aquí a estar con él. Le lloro cada día de mi vida», señala Alberto.

Luisa asiente con la cabeza. Cuenta que desde el principio empezaron a pasar sus días en el camposanto, de la mañana a la noche. «Nos traíamos los bocatas muchas veces y los comíamos aquí, en el coche mismo», dice. Ellos ya no son unos niños y su salud se empezó a resentir: «Reconozco que yo me abandoné, no quise saber nada ni de médicos ni de nada. No hice bien, pero creía que era mejor irme con él», confiesa. Les aconsejaron reducir el tiempo de visita al cementerio y eso fueron haciendo. Ahora procuran no pasar en la necrópolis más de un par de horas al día. Siempre les cuesta marcharse. «Yo aquí me siento más cerca de él, siento que le puedo hablar», indica Luisa.  

Un sinfín de arreglos

Son tantas las horas y los días que pasan en el cementerio que todo el mundo les conoce. Es más, hay quien les pide que le rieguen las flores o le retiren hojas en mal estado, y ellos encantados de ayudar. Francisco, sepulturero y buen conocedor de su historia, hasta bromea con ellos: «Hoy casi os pongo falta», les decía este miércoles al ver que se retrasaron un poco con respecto a su horario habitual. Entonces Luisa le contaba que tuvo que ir al hospital y que está en espera para operarse del corazón. Y Francisco no dejaba esperar el consejo: «Tiene que cuidarse». Luisa debe estar acostumbrada a esa riña cariñosa. Hasta parece que empieza a interiorizar el consejo. Sin dejar de pasar la mano por la tumba, de acariciar ese muro de lamentos, señala que le quedan otros dos hijos y que tiene unos nietos estupendos. «Hay uno, hijo de Alberto, que es igual al padre. Son chiquillos buenos», dice. Habla así, sonríe y en sus ojos, además de lágrimas, aún hay brillo.

La Xunta multa a tanatorios de Lugo por no controlar los humos de los crematorios

La Xunta tiene abiertos varios expedientes sancionadores a funerarias de la provincia de Lugo por presuntas infracciones graves a la normativa sobre la calidad del aire y la protección de la atmósfera. Los expedientes fueron abiertos como consecuencia de inspecciones realizadas a los hornos crematorios que, supuestamente, no cumplían todos los requisitos exigibles en cuanto a la emisión de humos provenientes de las cremaciones de cadáveres.

Las empresas a las que les fueron abiertos expedientes se enfrentan a una sanción superior a los 20.001 euros, que es la mínima cuantía para infracciones de carácter grave que es como están calificadas las que fueron detectadas. La sanción máxima contemplada se eleva hasta los 200.000 euros.

Los controles fueron realizados por técnicos de Calidade e Avaliación Ambiental y en los mismos estuvieron presentes representantes de las empresas afectadas. Supuestamente serían desatendidos por parte de los responsables de las funerarias los requisitos de control de emisiones por considerarse potencialmente contaminadoras de la atmósfera.

Los inspectores detectaron que en algunas de los tanatorios analizados no pudieron aportar datos sobre esos controles ni tampoco otras cuestiones relacionados con los humos que genera la combustión de los cadáveres que se efectúa, por lo general, en hornos que llegan a los 900 grados de temperatura.

Al menos en uno de los casos, los técnicos de la Xunta apreciaron que el tanatorio no tenía las autorizaciones necesarias que otorga el Laboratorio de Medio Ambiente de Galicia.

Las incineraciones en Galicia crecen y ya alcanzan el 30%

El 38,43 % de los españoles optan por la incineración, un porcentaje que se estima que aumente hasta el 60 % en el 2025, según los datos de la última Radiografía del sector funerario, elaborada por la asociación nacional que representa a las empresas que operan en el sector de los servicios funerarios, Panasef. En Galicia, no obstante, la cifra va un poco por debajo, y se sitúa en torno al 30 %.

Las razones por las que cada vez más gente elige la cremación son variadas. Según José Luis Varela -representante de AGESEF, un colectivo que agrupa a más de 40 empresas del sector en Galicia-, hay razones culturales y económicas. En la actualidad, según un estudio de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), el coste de los servicios funerarios oscila entre los 3.300 y 4.200 euros. Según Varela, la diferencia entre la incineración y el sistema tradicional es parecido, aunque varía si en el municipio del fallecido no hay horno crematorio.

La evolución, según este experto, es una realidad. Hay cierto sector de edad más reticente a la incineración, pero ya se aprecia un cambio de mentalidad que está empezando por las ciudades. Además de este avance en la sociedad, otras razones apoyan la tendencia. «Por una parte -asegura José Luis Varela-, hoy la gente joven no dispone de nicho. Este es un punto muy importante, porque hay que pagarlo. Además, en la sociedad en la que vivimos la gente se mueve mucho. Nacemos en un sitio, trabajamos en otro, nos vamos moviendo. Por eso es mucho más fácil trasladar después las cenizas de un lado a otro. Hoy hay gente que vino de países latinoamericanos no son dados ala incineración pero saben que después cuando vuelvan a su país a los que fallecen tienen que trasladarlos, y esos costes serían prohibitivos». Hay, pues, un tema económico de fondo, muy importante. Por otra parte, Varela aclara las informaciones que dicen que en Galicia en el sector hay más oferta que demanda. «No es realmente así -explica-, porque las defunciones no tienen el mismo ritmo todo el año. En los meses de noviembre a marzo la demanda incluso puede llegar a superar la oferta, aunque en verano los hornos estén más parados. Y a esas situaciones hay que darles respuesta».

En España, tres de cada cuatro fallecidos contaban con un seguro de decesos, a pesar de que la OCU en su estudio asegura que este producto «puede suponer hasta dos o tres veces más de lo que costaría un funeral abonado al contado». Además, el 63 % de la población tiene claro cómo quiere que sus familiares actúen «cuando llegue el momento».

«Para ser sepulturero hace falta echarle un poco de valor; yo enterré a mis padres»

pablo penedo

Juan habla con naturalidad de los rigores de su oficio tras once años en una funeraria y nueve de funcionario 24 horas

Juan José Expósito Chantada (Vilagarcía, 5/VI/1957) es desde el 1 de octubre del 2007 el sepulturero de los cementerios municipales de Vilagarcía, en Rubiáns y Carril. Sepulturero, remarca, es la ocupación que figura en su plaza de funcionario local, que hasta hace tres años desempeñó bajo la coordinación de José Francisco Dasi, enterrador durante 34 años pese a haber opositado, y ganado, un puesto de operario de servicios en la plantilla del Concello. La de Expósito es hoy una figura única en la banda sur de la ría de Arousa. Con tres trabajadores en su equipo, nos habla de las características y los rigores de su singular oficio mientras ultima la puesta a punto de los cementerios a su cargo para Todos Los Santos.

Seguir leyendo

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
39 votos
Comentarios

«Venimos al cementerio a ver a nuestro hijo todos los días, hasta comemos aquí»