Melania Trump se enfrentaba a su primer viaje sola. Y el destino no era precisamente fácil. La primera dama de Estados Unidos llegaba a un continente en el que su marido no goza de una gran estima. Y los oriundos tenían sus razones. Porque el pasado mes de enero, el mandatario americano, y su habitual verso suelto, se refería sin tapujos a algunos de los países del continente como «agujeros de mierda».

A pesar del desaire, Melania Trump completó su gira de cinco días por Ghana, Malaui, Kenia y Egipto sin mucho problema y contando en todo momento con la atención y los buenos gestos por parte de autoridades y lugareños. Pero no todo fue un camino de rosas. Melania Trump se convirtió en foco de un buen puñado de críticas a causa de sus atuendos, que muchos expertos tacharon de poco adecuados para el contexto que rodeaba a la visita.

No tuvo que esperar mucho para recibir las primeras reprobaciones. Su visita a Ghana daba el pistoletazo de salida de la gira de cinco días. Y solo hicieron falta unos pocos minutos, lo que tardó en bajar las escaleras del avión y pisar suelo africano, para convertirse en blanco de todos los dardos. Melania Trump posaba sus pies en una alfombra roja en el aeropuerto calzando unos zapatos de aguja de la lujosa marca Manolo Blahnkik con estampado de leopardo. «Melania Trump viene a sacarse selfis con niños y animales en tacones de aguja de leopardo mientras que su marido está recortando fondos a la USAID [la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] y reduciendo las restricciones a los trofeos de caza», comentaban en Twitter algunas de las lenguas más afiladas.

Una vez asentada en el país, Melania Trump, intentó mejorar su imagen mostrarnos otra cara de su vestidor. Nos sorprendió. Dejó los tacones de dos ceros y se calzó dos mocasines de Zara de menos de 50 euros. 

Las críticas de su primer aterrizaje hicieron cambiar de idea a la primera dama. Mensaje captado. Y en su llegada a Malawi optó por otro atuendo totalmente diferente al primero. Pantalones, camiseta sin grandes marcas en la etiqueta (al menos perceptibles para los ojos menos duchos en la materia) y unas simples Converse en los pies.

No había que despertar críticas, pero tampoco se trataba de pasar desapercibida. Y Melania Trump echó mano de las imágenes más icónicas del imaginario cinematográfico para captar todas las miradas. Para su visita por El Cairo, la primera dama escogió un pantalón blanco y blazer de lino color crema, que acompañó con unas bailarinas y un borsalino de la casa Chanel. La imagen recordaba, y mucho, a uno de los personajes que más alegrías le han dado al director Woody Allen: Annie Hall.

Tampoco comprendieron los africanos, ni el resto del mundo, la decisión de Melania de subirse a unas calurosas botas de caña mientras la gente a su alrededor dejaba respirar sus pies con sandalias u otro tipo de zapatillas. Una vez más, Melania tiraba de tópico para construir la imagen de la típica visitante de safari blanca.

Pero la gran garrafada, la que empañará toda la gira, la que lastrará la imagen del gusto de Melania Trump para planificar sus maletas; la protagonizó un simple sombrero. Todo un desacierto. La mujer del presidente estadounidense optó, durante su visita a Kenia, por lucir un sombrero blanco salacot, el mismo que llevaban los colonizadores al llegar al continente . El gesto no gustó nada a la comunidad africana, que ha visto el detalle como todo un desaire.

El sombrero salacot se convirtió en todo un símbolo del colonialismo blanco y era utilizado en su momento por la insólita creencia de que el sol africano afectaba más al cerebro blanco que al negro, porque era más fino.

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El colonial armario de Melania Trump, protagonista de su viaje por África