Y las gallegas, también

Hollywood le puso nombre al acoso sexual y MeToo y Time's Up sacudieron los cimientos del patriarcado, incluyendo a Galicia; seis mujeres contestan a la pregunta de si algo ha cambiado


Santiago / La Voz

Era algo así como una presa al límite. Incapaz de sostenerse. Solo hacía falta una pequeña grieta. El pesado silencio que las mujeres habían soportado, que siguen soportando, se quebró el 5 de octubre del 2017. El monstruo, por fin, tenía un nombre. Era un productor todopoderoso. Se llamaba Harvey Weinstein. Después, se llamó también Kevin Spacey. Y Jean-Claude Arnaud. Y José Ángel Prenda, Alfonso Jesús Cabezuelo, Ángel Boza, Jesús Escuredo y Antonio Manuel Guerrero. Me too. Yo también. Y miles de mujeres comenzaron a hablar de lo que tanto tiempo habían callado: El monstruo tenía un nombre: abuso, agresión, acoso sexual. Time’s Up. El tiempo se había acabado.

Ese grito de Yo también en boca de millones de mujeres en todo el mundo tambaleó hace un año los cimientos de una cultura que, ahora sí, mostraba su apellido. Sin paliativos. Sin disfraces: patriarcal. Reaccionaron las mujeres. Reaccionaron muchos hombres. Reaccionaron los gobiernos y las instituciones preguntándose qué tipo de leyes contra el abuso estaban vigentes. Estudiando otras posibilidades. El tiempo de la impunidad se ha acabado.

Un año después, hay que hacerse la pregunta: ¿Realmente se ha acabado? «Non creo que lamentablemente sexa algo do que poidamos falar en pasado». Lo dice la primera mujer al frente de un partido político en Galicia. Ana Pontón es la portavoz nacional del BNG. Lo es desde hace dos años. «Que en pleno 2016, por primeira vez en Galicia hai unha muller que dirixe un partido político creo que non é un mérito, é unha acusación directa da discriminación». Esto no va solo de acoso sexual. De abuso, de agresión. De palizas. De asesinatos. De gestionar los fracasos que llegan a los juzgados.

Va mucho más allá. Va, por ejemplo, de tener que soportar ataques políticos sin precedentes por ser una mujer divorciada. Le ocurrió a Nona Inés Vilariño, una de las tres gallegas que se encontraban entre las 21 diputadas que formaban parte de un Congreso de 350 escaños en la legislatura constituyente de 1977. Ella también tuvo que lidiar con experiencias en el ámbito del acoso..

Va de que la familia de Verónica Boquete tuviera que explicarle con cinco años que podía entrenar con su equipo, pero no jugar, porque había un mandato federativo que lo prohibía. Esa niña que se sentaba en el banquillo todos los partidos llegó a ser la capitana de la selección española. Probablemente nunca ganará tanto como Sergio Ramos. «Non se trata de que nos dean por dar. Non, o problema é máis na base: que hai que facer para que as mulleres enchan os estadios, para que haxa máis afección polo deporte feminino e para que dentro duns anos realmente esteamos xerando o mesmo».

Va de que a una diputada la llamen la novia de y otra tenga que soportar que le digan que está necesitada en medio de un debate en la Cámara. «Son consciente de que hai un comportamento as veces paternalista que é bastante cansino e moi ofensivo», dice Ana Pontón.

Va de que no haya una proporción lógica entre las estudiantes universitaria (55 %) y las catedráticas (23 %). «O sistema si que segue sendo máis difícil para unha muller. Todos os baremos, as normativas, son iguais, pero iso penaliza ás mulleres». Lo reconoce la profesora y vicerrectora de la USC Victoria Otero Espinar. Va de que el sistema científico siga castigando el hecho de ser madre y de que la fotografía del inicio del año judicial sea cien por cien masculina a pesar de que las juezas sean el 53 % y dicten más de la mitad de las sentencias. Va de que cinco hombres salgan libres después de haber sido condenados por abusar en grupo de una chica en un portal y de que un magistrado llame bicho a una víctima de violencia machista.

«La Justicia no es más que un engranaje de una sociedad que es patriarcal». Glòria Poyatos, la presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas de España, cita a Catharine Mackinnon: «El derecho ve y trata a las mujeres como los hombres ven y tratan a las mujeres». No todo puede recaer sobre quienes interpretan la ley, dice esta jueza. No puede recaer porque «el derecho no se corresponde con una sociedad compuesta por hombres y mujeres». La jurisprudencia, que dictan el Supremo y el Constitucional, está esculpida por hombres. «Las experiencias femeninas están ausentes de la jurisprudencia española por el simple hecho de que no ha habido y sigue no habiendo mujeres en una representación justa, equilibrada o equitativa» en ambas salas.

Me Too fue la espita. La tuerca una que ha hecho saltar todo por los aires. En España, la oleada llegó apenas unos meses más tarde con una huelga histórica. Cinco millones de mujeres salieron a las calle a gritar que ya basta. Que hicieron suyas las palabras de Clara Campoamor: «Habrá igualdad cuando los hombres encuentren a mujeres por todas partes y no solo allí donde vayan a buscarlas».

«Non foi un sarpullido, realmente foi un cambio social de importancia». Rosario Álvarez es la primera mujer que preside el Consello da Cultura Galega. Es también una profesora que ha visto como en sus años universitarios había muchas mujeres en las aulas, pero eran pocas las que se quedaban. Por sus manos pasan los datos estadísticos de la cultura en Galicia. Las mujeres son más consumidoras, pero su presencia laboralmente es mucho más escasa. Según un estudio sobre el sector de las artes escénicas y audiovisual en el que trabaja el Consello: ellas, para trabajar, tienen que tener más títulos. Con ellas no funciona la enseñanza autodidacta. El 8 de marzo marcó un antes y un después, también en las respuestas que daban las encuestadas. Pero no. Aún no ha habido un cambio en las estructuras. Aunque Álvarez cree que sin embargo, se mueve. Que no ha tocado techo. «A discriminación laboral é a que é tanto en acceso, como en salario como en posibilidades de ascenso é a que viña sendo».

#MeToo: La etiqueta que arrojó luz sobre lo que permanecía oscuro

T. Montero
Una mujer sostiene un móvil con el lema MeToo
Una mujer sostiene un móvil con el lema MeToo

Visibilidad ha sido el principal logro del movimiento

Hasta ahora, quizá incluso ahora en muchos casos, el acoso sexual era un peaje que había que pagar, «algo que se ha silenciado porque ha sido visto como algo que dentro del hecho de ser mujer y por ser mujer había que conformarse con ese tipo de actuación, que siempre ha producido un rechazo claro en todas las mujeres». Glòria Poyatos usa la misma palabra que el resto para definir el gran triunfo de aquella etiqueta que Alyssa Milano lanzó a Twitter un 15 de octubre: #MeToo. Esa palabra es visibilizar. Visibilizar «as agresións sexuais que hai en todos os ámbitos e que vemos que afectan a todas as mulleres con independencia da extracción social, profesión ou nivel adquisitivo». A lo que se refiere Ana Pontón lo resume Verónica Boquete en una frase: «Abrir unha porta a algo que estaba pechado e estaba tapado en todos os sectores». Ayudó, según Victoria Otero, a que la sociedad «tomase conciencia de que hai un problema gordo». Un «revulsivo na sociedade, non só en Galicia, de aí a transcendencia», remacha Rosario Álvarez.

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