Marisa y Josefa vuelven a saborear el pulpo y... la vida

Pacientes con disfagia salen a comer a un restaurante gracias a recetas del logopeda Jaime Paniagua


redacción / la voz

La mesa está servida. Hay varias bandejas con lo que, a primera vista, pueden parecer unos aperitivos. No lo son. Son recetas gelificadas diseñadas por el logopeda Jaime Paniagua para que pacientes con disfagia aprendan de nuevo a comer y, sobre todo, tengan calidad de vida. Josefa coge una cucharilla que contiene un cuadrado gelatinoso y marrón. La prueba, la saborea y... «¡Es pulpo!», exclama con la cara iluminada por la sensación de poder comer, por fin, algo que «xa había» que no lo comía. Y mientras, Marisa, sentada frente a ella, prueba una espuma blanca con la ayuda de su hija y fisioterapeuta, Paula. «Es queso, le encanta el queso», dice Paula.

Esta cata ciega celebrada el viernes en el restaurante La Grosería, en Culleredo (A Coruña), a la que han ido Josefa y Marisa, pone el broche al curso de Análisis Sensorial del Alimento aplicado al Tratamiento de Personas con Disfagia, un foro organizado por el Colexio Profesional de Logopedas de Galicia y Cefine en el que Jaime Paniagua, especialista en esta alteración que imposibilita manejar los alimentos en la boca, poniendo en riesgo la vida a la hora de comer o beber.

Porque lograr que las personas que después de un ictus, mayores con problemas cognitivos o aquellos que padecen enfermedades degenerativas puedan volver a un restaurante o compartir una comida Es también función de los logopedas. ¿Cómo pueden lograrlo? Actuando cuanto antes sobre el problema. «Lo ideal es empezar a trabajar en las primeras cuatro semanas posteriores a sufrir un ictus, cuando el cerebro todavía tiene capacidad de autorregeneración. Pero la realidad es que los pacientes llegan tarde. Lo que no quiere decir que no haya opciones cuando el tratamiento empieza más tarde, solo que son diferentes», explica Paniagua.

Josefa continúa probando. Marisa también. Ahora les toca una especie de bola partida por la mitad de color marrón. ¿Qué es? «¿Callos?», contesta. No acierta al primer intento, pero está cerca. Son lentejas con chorizo. La textura es mucho más compacta que la del pulpo. Eso no es casual. «Trabajamos con las texturas -dice Jaime- porque eso permite que el paciente ejercite partes de la boca. Con cada alimento ejercitamos músculos diferentes y realizamos distintos movimientos con la lengua». De esa forma, poco a poco, los pacientes logran comer. «En España invertimos presupuesto en salvar cantidad de vidas, pero habría que invertir también en darles calidad y de esa forma se ahorra dinero a la sanidad pública porque evitarías que una persona con disfagia se atragante con un café o sufra una neumonía al no poder deglutir un líquido», dice Jaime.

La cata está llegando a su fin. Después del postre, café. Otra logopeda, Susana González, y Jaime hacen de chefs. Cogen el sifón de cocina y hacen una espuma... de café. La noche acaba bien. Con risas. Eso es calidad de vida.

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